Milton y el espíritu perdido

John Milton le daba especial importancia a su Tratado de doctrina cristiana.

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René Avilés Fabila 16/03/2014 00:02
Milton y el espíritu perdido

John Milton se hizo célebre por El Paraíso perdido, sin embargo, él le daba especial importancia a otro trabajo suyo: Tratado de doctrina cristiana, cuyo objetivo era exponer un sistema teológico derivado directamente de la Biblia (ese desordenado y desmesurado conjunto de fantasías y mitos). En tal libro están las contradicciones entre el pensador racional y el dogmático religioso. Pensaba que, ontológicamente hay, en efecto, un espíritu infinito, creador del universo y de todo lo que hay en éste. Pero cosmológicamente, su sistema es materialista panteísta, pues concibe al universo como algo formado por diversas modificaciones de una materia prima que es emanación de la sustancia divina. Basado en tales conjeturas, supuso que no hay distinción entre materia y espíritu. En consecuencia, el alma no puede separarse del cuerpo. Al morir este último, el alma se extingue. Lo que no pareció quedar claro fue el sitio donde habita el alma. ¿En el corazón, en la mente, en las manos del pianista o en el vientre, donde con cada padecimiento espiritual hay un sobresalto?

De cualquier forma, sus ideas resultaban demasiado avanzadas para la época (1608-1674). Si la magnífica obra El Paraíso perdido estaba basada en el Génesis (Adán y Eva), era evidente que Milton consideraba a la Biblia como revelación divina. No podía, en otros libros, contradecir sus principios. De tal suerte, con algún oportunismo filosófico, acomodó mejor sus ideas: la inmortalidad sí existe, luego de la muerte, que es un sueño, viene la resurrección. Muerto el cuerpo, y luego de un tiempo no precisado, el alma se recupera y se dirige hacia su último destino: el paraíso, el infierno o bien el purgatorio.

Por ello, las siguientes generaciones han puesto toda su atención en su inmenso poema El Paraíso perdido, dejando de lado sus disquisiciones místicas.

Oscar Wilde,
el conversador luminoso, el cuentista oral

Para muchos, el mejor Oscar Wilde era el oral; por relatos de quienes lo conocieron, sabemos que su conversación era brillante, aguda e imaginativa. Cuentan que solía deslumbrar a sus escuchas. Entre nosotros, habrá que recordar a Juan José Arreola y antes a Salvador Novo. Wilde gustaba de exponer historias, fábulas y cuentos, con frecuencia variaciones de temas conocidos y de relatos que transformaba o invertía. André Gide, en un libro memorable, Oscar Wilde, cuya traducción al castellano y prólogo se deben al poeta Marco Antonio Campos, relata algunas de sus conversaciones, las que, con rigor, eran monólogos donde el escritor irlandés iluminaba a sus amigos y admiradores. Con algo de esfuerzo, se podrían recuperar algunos de estos “textos” y de tal forma aumentar su bibliografía. Quedaría, sin embargo, la duda de algo fundamental: ¿Qué tanto los herederos de aquellas conversaciones prodigiosas nos darían la esencia del Wilde oral? “Wilde, dice el novelista francés luego de conocerlo en París, no conversaba: contaba. Durante casi toda la cena, no paró de contar. Contaba dulce, lentamente; su voz era maravillosa”. Hubiera sido magnífico tener una grabadora y conservar su voz educada y sus portentosas historias. Por lo pronto, a reserva de alguna vez volver al tema con mayor intensidad, me permito transcribir una de esas historias (El discípulo) conservada por la memoria de Gide en la versión de Campos.

“Terminada la cena, salimos. Al ver que mis dos amigos caminaban juntos, Wilde me llevó aparte:

“—Usted escucha con los ojos —dijo de pronto—; por eso le voy a contar una historia.

“Cuando Narciso murió, las flores de los campos estaban desoladas y pidieron al río unas gotas de agua para llorar. —¡Oh!, respondió el río, aun si todas mis gotas de agua fueran lágrimas, no tendría suficientes para llorar a Narciso. Cómo lo amaba. —¡Oh!, retomaron las flores de los campos, ¿cómo no podrías haberlo amado? Era hermoso. —¿Hermoso?, preguntó el río. —¿Y quién mejor que tú lo sabes?, dijeron las flores. Cada vez que se inclinaba en la orilla, miraba en tus aguas su belleza...

“Wilde se detuvo un instante.

“—Si yo lo amaba, respondió el río, era porque cuando se inclinaba sobre mis aguas veía el reflejo de mis aguas en sus ojos.”   

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