La libertad, un arcaísmo

Ahora podemos ver que no basta el dominio de la naturaleza. Ella misma está sujeta a la peor esclavitud.

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René Avilés Fabila 09/03/2014 00:00
La libertad, un arcaísmo

En el siglo XVIII, los revolucionarios descubrieron que el hombre nacía libre y que enseguida lo sujetaban con cadenas. Jean-Jacques Rousseau lo dijo y todos lo aceptaron. La libertad, en consecuencia, es un hecho social, para conseguirla basta eliminar las cadenas. Ello sería el resultado de códigos inteligentes. Pareciera poca cosa, pero la empresa es gigantesca. Cada palabra del código y de la religión nos limita. La poca libertad que tenemos, explica Georges Henein, es por omisión, porque en Estados Unidos, Francia, Rusia o Cuba, las autoridades olvidaron nuestro número de registro. Si alguien dispone de cierta libertad, no es más que a causa de un descuido, simple negligencia. Lo interesante sería ver cómo desaparecen las omisiones legales y religiosas, no tenemos una ruta a la mano. El hombre más afortunado, el multimillonario, es un descuido de la policía y vive angustiado en espera de que (parafraseo a Trotski) le cambien el esmoquin por un traje a rayas de presidiario. En mis años escolares, un maestro de economía precisaba: “Sí, hay libertad de empresa y uno, si tiene mil millones de dólares, puede poner el negocio que quiera”. El intelectual y el artista, a su vez, se imaginan libres, dicen que las ideas no pueden ser objeto de persecución. Están en su ingenuo derecho de creerlo, pero su pensamiento ha sido secuestrado por decisiones ajenas a su voluntad y se limitan a repetir conceptos e ideas, valores que otro les puso en la cabeza como si fueran chips en computadoras.

¿Regresar, pues, a la naturaleza? Aunque es una constante que cada tanto aparece en mentes simplistas, como las de los hippies, no es la solución. La ciencia y la modernidad nos han colocado cadenas mucho más pesadas y creado nuevas dependencias. Marx insistía en que era necesario adueñarnos de la naturaleza para ser libres, nos evitaría ser esclavos de la ciega necesidad. Ahora, podemos ver que no basta el dominio de la naturaleza. Ella misma está sujeta a la peor esclavitud: al dominio de la mano del hombre, que es capaz de modificar a gran escala ecosistemas, destruir bosques, enfangar lagos y desaparecer ríos. Quien encuentre fuera del materialismo dialéctico esperanzas libertarias, fallará sin remedio o al menos chocará con las tesis de pensadores como Marx.

Para Marx, vivir en una sociedad comunista era la posibilidad de ser libre por entero, libre para seleccionar su actividad favorita (sin regirse por reglas de mercado) o para ir de una a otra y, finalmente, dedicarse al arte, a la creación. Ésa es una hermosa parte de la utopía marxista. La realidad es otra: uno trabaja donde puede, no donde lo desea. Se imparten clases en una universidad capitalina porque resulta imposible dictarlas en Harvard o si consigue una plaza en otra, fue al precio de entregar parte de su bagaje cultural o aceptar las condiciones impuestas por mentes conservadoras, es decir, reducir su campo de libertad ideológica.

Madame de Staël hurgó más profundamente en el espíritu humano para escribir lo siguiente: “La libertad es incompatible con el amor. Un amante es siempre un esclavo”, idea que comparto a plenitud. Para ser por completo libre, según Madame de Stäel, uno tendría que dejar de amar y ello no es posible. Mucho más lejos que la aguda Madame de Stäel, el insumiso Marqués de Sade nos propuso alcanzar la plena libertad a través del más desaforado erotismo. La propuesta asustó aun a los más radicales revolucionarios de su tiempo: siempre hay una infausta moral que nos limita e impide que la libertad sexual aparezca proporcionándonos segundos o minutos de intensa sensación de libertad. Como castigo a tal osadía, Sade fue prisionero de asilos y cárceles y pasó tras las rejas más tiempo que fuera de ellas. 

La libertad es una utopía, un sueño hermoso que se ha convertido en pesadilla. No existe: la sociedad, apoyada poderosamente por las religiones, se ha encargado de eliminarla al someternos a toda clase de reglas. Ni siquiera nos queda la propuesta de Sade. Mucho menos cuando tenemos oculto a nuestras espaldas a un Big Brother inquisidor o un voyerista ensimismado impidiéndonos la realización del acto liberador.

A modo de moraleja, pongo una frase exitosa del 68 francés: Prohibido prohibir.

 

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