Entre la piel y el deseo amoroso

No hay gran libro, aun en los policiacos, que no encierre una historia de pareja.

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René Avilés Fabila 09/02/2014 00:40
Entre la piel y el deseo amoroso

El amor ha poblado novelas, cuentos, dramas y poemas. Es el gran tema universal, resulta inagotable, todos los escritores, de una u otra manera llegan al amor y a los sentimientos y pasiones que desata: desamor, celos, odio, ternura, masoquismo, sadismo. Los problemas de la pareja son múltiples y variados, complejos. En la literatura, unos los describen con pasión, otros por necesidad expresiva, pero no hay gran libro, aun en los de aventuras, ciencia-ficción o los policiacos, que no encierre una historia de pareja.

Dentro de la literatura amorosa existen cumbres: D. H. Lawrence, El amante de lady Chatterley; Scott Fitzgerald, El gran Gatsby; León Tolstoi, Anna Karenina; Gustave Flaubert, Madame Bovary; Henry Miller, Trópicos; Raymond Radiguet, El diablo en el cuerpo; Anaïs Nin, Pájaros de fuego, por tan sólo citar un puñado. En estas páginas memorables las descripciones eróticas juegan un papel importante. Son los momentos en que el lector presta una mayor atención.

Lo curioso del fenómeno es que nadie suele considerar las dificultades del escritor, quien estuvo ante un tema que tiene siglos y cuyas palabras descriptivas se han gastado a fuerza de repeticiones. Homero trató en sus obras el amor. La Biblia, tan plagada a partir del Nuevo Testamento, de amenazas y castigos, no logra sustraerse al amor, allí está el muy sensual Cantar de los cantares y Las mil y una noches posee una fuerte carga erótica.

¿Tendríamos que citar el Kama Sutra o al inevitable Marqués de Sade? El primero es un dulce y distinguido catálogo sexual, con la elegancia oriental, donde los baños y las sedosas telas, la gastronomía y la lujuria se mezclan para invitar a la pareja a sostener un eterno diálogo lúbrico. El segundo es un grandioso intento por encontrar la libertad a través de los mayores placeres eróticos, donde la violencia carnal le descubre al individuo la posibilidad de una vida nueva y más amplia.

El amor es, en esencia, algo fundamental para el arte, están íntimamente ligados, abrazados, podría decirse. El amor es visual, pero con frecuencia comienza cuando la piel es rozada por una mano, en el momento en que los dedos recorren un brazo, un seno, las piernas. Durante ese primer contacto, la excitación arranca con fuerza y la pareja se sumerge en la pasión y al final en la ternura. Pero si la piel es parte distinguida del sexo, la lencería y las telas finas en general suponen un avanzado grado de sofisticación.

Uno de los libros más perseguidos por la censura fue sin duda El amante de lady Chatterley. Se trata de una obra clásica que ha sido llevada varias veces al cine. El propio Lawrence —quien por cierto vivió un tiempo en México y aquí escribió una novela fascinante, La serpiente emplumada— tuvo que defenderse de las persecuciones que en Europa recibió su afamado libro. Sus defensas, hoy, son tan atractivas como la novela.

En las páginas de la discutida novela, Lawrence escribe, refiriéndose a uno de los primeros encuentros entre lady Chatterley y el guardabosque Clifford, que se convierte en su amante:

“Depositó cuidadosamente las mantas, y dobló una para la cabeza de ella. Luego se sentó un momento en el taburete, y la atrajo hacia él, abrazándola estrechamente con un brazo y tocándole el cuerpo con la otra. Ella notó su entrecortada respiración, su sorpresa de hallarla completamente desnuda, bajo la delgada falda.

“—Ah, qué delicia es tocarte— dijo él acariciándole la delicada, cálida y secreta piel de la cintura y las caderas. Acercó la cara y le frotó la mejilla contra su vientre y sus caderas una y otra vez.

“De nuevo le extrañó un poco aquella especie de arrobamiento de él. No comprendía la belleza que él hallaba en ella, ni el éxtasis que sentía. Es necesaria la pasión para comprenderlo.”

Poco después, el guardabosque y la hermosa lady Chatterley se entregan al amor. Es obvio, a juzgar por la delicada descripción de ese inicial encuentro, que la pasión amorosa arranca con el toque de la piel. Allí está el punto clave, el que con frecuencia en el arte y en la vida real, desata el furioso ardor amatorio. Recuerdo que algún siquiatra norteamericano advertía con algún sentido del humor: mucho cuidado, la excitación y las inevitables relaciones sexuales comienzan por un simple roce de epidermis. Otro más señaló que el beso, ese cautivante frotar de labios prodigioso, es el canapé inicial del banquete.

 

www.reneavilesfabila.com.mx

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