El dictador como tema literario

Esas novelas son de sobra conocidas o en su tiempo fueron muy leídas.

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René Avilés Fabila 19/01/2014 00:32
El dictador como tema literario

Cariñosamente para Aurora Ocampo y su Diccionario de Escritores Mexicanos

Si el dictador daña a las naciones que lo padecen, a la literatura la enriquece. De lo contrario, Shakespeare jamás hubiera escrito Julio César, trágico proyecto de perpetuación en el poder antes de caer acribillado a puñaladas. Asesinado, dice Bruto, no por quienes no lo amaban, sino por aquellos que amaban más la libertad de Roma.

América Latina es todo un caso. Algunos de sus más significativos narradores han recurrido al dictador para hacer obras de arte. El español Ramón del Valle-Inclán fue pionero en 1926 con Tirano Banderas. Otros partieron directamente de nuestro continente. Rafael F. Muñoz, con Santa Anna, el dictador resplandeciente (1938), inicia una saga de libros sobre el mayor villano que México ha padecido. Más adelante aparecerían El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; El recurso del método, de Alejo Carpentier; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos; Oficio de difuntos, de Arturo Uslar Pietri; y La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. La lista no es exhaustiva. Cito las cumbres del tema.

Habrá que precisar que el 68 es una tragedia que mueve más a periodistas que a literatos y algo más: Díaz Ordaz no era un dictador rotundo, como lo fueron quienes inspiraron las obras citadas. La tiranía estaba en el sistema que, en mi novela, El gran solitario de Palacio, es una suerte de personaje fantástico: cada seis años cambia de físico y personalidad, nombre y proyectos políticos. Es el despótico sistema político mexicano. Un gatopardismo perfecto: todo sufría una metamorfosis para quedar exactamente igual. 

Imposible comparar las novelas de dictadores entre sí, sólo las une el rechazo a la falta de democracia, la necesidad de libertad y la posibilidad de contribuir a la crítica del poder absoluto. En cuanto a la forma, son muy diferentes, cada uno de los narradores mencionados buscaron su propia estructura y se dejaron llevar por el estilo adquirido. Esas novelas son de sobra conocidas o en su tiempo fueron muy leídas y comentadas.

Dentro de dichas novelas, me gustaría rescatar la del venozolano Arturo Uslar Pietri: Oficio de difuntos, Seix-Barral, 1977. Narra la vida de Aparicio Peláez, un hombre que busca la primera magistratura. Obtenida, sólo se la arrebatará la muerte. La novela comienza por el final. Con la muerte del general Peláez que ha gobernado por 30 años. Hay duelo colectivo. El país está incierto, como estuvo la Unión Soviética al morir Stalin. Ha comenzado la lucha por la sucesión. Los cambios se avecinan. “Los que habían tenido el poder se iban a convertir súbitamente en débiles y perseguidos, los ricos iban a huir a esconder su riqueza, las casas de los poderosos iban a quedar vacías y gentes inesperadas iban a surgir con duras caras de justicieros a cobrar, a reclamar, a vengarse de tantos años, de tantas esperanzas fallidas”.

El padre Solana, cura blasfemo, poeta afrancesado, conspirador y enamorado, lee a Bossuet buscando un golpe de inspiración para pronunciar la oración fúnebre en el entierro del opresor. En ese momento todo ha concluido, una etapa se ha cerrado, en medio del caos, comienza la historia de Peláez.

Nos enteramos de los complicados mecanismos que mueven al autócrata: apreciamos su ambición por el poder, su brillantez de estratega natural, la facilidad para conocer a sus semejantes, sus pasiones y manipular multitudes.  Junto con la vida del general Peláez vemos la radiografía de cualquier país latinoamericano. Estamos en los orígenes de naciones magníficas que buscaron su identidad a través de caudillos militares y tiranos civiles de toda laya. Los tiranuelos fabricaron proclamas y promesas de orden, libertad y democracia.

Uslar Pietri arrancó a los 25 años de edad con una novela estupenda: Las lanzas coloradas. En México, el Fondo de Cultura Económica editó una colección de sus ensayos, En busca del nuevo mundo. Nació venezolano y llegó a ocupar altos cargos diplomáticos y políticos.

La novela de Uslar Pietri está basada en la vida del general Juan Vicente Gómez, quien gobernó a Venezuela desde 1908 hasta 1935, año en que falleció rodeado de aduladores. Durante algunos periodos, no ocupó la Presidencia (como en México Santa-Anna), pero ejerció el control completo del ejército, factor que garantizaba la subordinación del país. Los autócratas dañaron la salud de las sociedades. Pero no los desdeñemos, engrandecieron el arte.

 

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