Personajes celebérrimos que oscurecen a sus creadores

Es recurrente que la creación supere en fama al inventor.

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René Avilés Fabila 12/01/2014 00:00
Personajes celebérrimos que oscurecen a sus creadores

La literatura tiene sentido del humor y una de sus mejores bromas es permitir que el personaje de una obra literaria se haga más famoso que el autor. Salta a la vista Don Quijote, quien ha superado con creces a Cervantes. Los artistas plásticos pintan al segundo con el rostro del primero. Shakespeare suele ser un nombre menos conocido que los de Hamlet y Otelo. Estos simbolizan enormes tragedias, el de William no tanto. Es recurrente que la creación supere en fama al inventor.

En donde viviera Charles Dickens, no lejos del Museo Británico, es posible ver entre sus pertenencias literarias un libro que sólo tiene en la cubierta el título Moby Dick, sin el nombre del autor: la temible ballena blanca es célebre, no tanto Herman Melville. El propio Dickens padece tal problema: lo opaca el inquieto Oliver Twist.

Gracias a la cinematografía norteamericana, Peter Pan es un huérfano tan prestigiado como el ramplón Santa Claus; sin embargo, tiene un creador invisible: J. M. Barrie. Y ya que estamos en el Reino Unido, que a veces no lo es tanto, escuchamos más el  nombre de Dorian Gray, con retrato incluido, que el de Oscar Wilde. Conocemos al bello monstruo, tanto o más que al bipolar, diríamos hoy, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y apenas sabemos de la existencia del novelista que le dio la oportunidad de ayudar a cineastas y siquiatras: Robert Louis Stevenson. Y Robinson Crusoe, ¿no es más famoso que su padre Daniel Defoe?

Existen, en ese fascinante reino, casos dramáticos, excesivos, como lo es el de la muy talentosa Mary Shelley: mientras que el planeta conoce a su creatura, Frankenstein, a ella no muchos logran asociarla con la aberración. Algo semejante le ocurre a Bram Stoker. Todo mundo conoce a Drácula, le temen incluso, pero no son muchos los que saben del imaginativo literato. Los lectores y, desde luego, los aficionados al cine, conocen al bebe sangre inmortal, hay una larga y fastidiosa manía por el vampirismo alentada por la cinematografía y la TV, no obstante, ambos gremios son incapaces de repetir su nombre y brindarnos datos sobre el escritor británico. El colmo está en esa isla magnífica, en donde los nativos dejaron huellas prodigiosas en Stonehenge y el impetuoso paso romano las abandonó en media isla. A Sir Arthur Conan Doyle apenas le rinden culto; los lectores de novela policial se concentran a raudales en su personaje, Sherlock Holmes, quien tiene en Baker Street un museo al que los turistas visitan por miles y miles a conocerlo sin preguntar, una sola vez, por el creador del detective y Watson. La apostura, su enigmática fortuna y la desconcertante fidelidad amorosa a una mujer frívola han hecho de Gatsby un personaje relevante que ha superado en fama a Fitzgerald y eso que Scott tuvo una vida igualmente dramática.

Quizás el caso más grave sea Madame Bovary: ha opacado por completo a su creador, al hombre que como pocos utilizó le mot juste. Gustave Flaubert, quien declaró, ante la abrumadora correspondencia de admiradores de la atormentada mujer, que él mismo era Emma. Semejante es León Tolstoi al ser menos famoso que Ana Karenina, una amorosa suicida.

Los franceses Alejandro Dumas, padre y su hijo del mismo nombre, escribieron al menos un par de libros cuyos personajes los han opacado: el padre, por Los tres mosqueteros, principalmente D’Artagnan. Dumas hijo fue arrumbado por La dama de las camelias, de donde han salido óperas y filmes memorables, trágicos y llorosos.

Werther borró a Goethe. En el siglo XIX el nombre del personaje sirvió para denominar al suicidio y hasta hoy, entre el primero y el segundo, me parece que resulta más identificable el suicida.

Los niños del mundo aman a El Principito, pero desconocen el nombre de Antoine de Saint-Exupéry, a pesar de lo mucho que se ha escritor sobre este último con motivo del aniversario del pequeño y agudo noble.

En México pareciera que sólo Pedro Páramo ha superado el prestigio de su creador: Juan Rulfo.

En cambio, a Jorge Luis Borges todo el orbe lo reconoce, ha escuchado su nombre como un asombroso escritor. Lo difícil para quienes lo admiran o identifican es citar más de dos de sus fascinantes libros. Su peso individual, su fina ironía y su sabiduría enciclopédica han hecho de sus geniales obras una multitud de piezas maestras de la literatura, ninguno de sus personajes supera al genial porteño.

               

                                                               www.reneavilesfabila.com.mx

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