El Cipote de Archidona

El poblado se hizo célebre por un relato de Camilo José Cela sobre un suceso real acaecido en los años 70.

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Raymundo Canales de la Fuente 29/12/2013 00:00
El Cipote de Archidona

Pasé recientemente por un pequeño pueblo andaluz llamado Archidona, en la provincia de Málaga, al sur de España, y me enteré, por voz de un buen amigo, de un suceso que hizo famosa aquella población. A principios de los 70, todavía bajo el régimen franquista, ocurre el hecho en el cine local, durante la exhibición de un espectáculo flamenco y que Alfonso Canales, en correspondencia con Camilo José Cela, narra aproximadamente de esta manera: “La cosa ha acaecido en Archidona, muy cerca de la célebre Peña de los Enamorados. Una pareja—no consta que fueran novios formales— se encontraba en el cine, deleitándose con la contemplación de un filme musical. La música o las imágenes debían ser un tanto excitantes, porque a ella, según tiene declarado, le dio —no sabe cómo— el volunto de asirle a él la parte más sensible de su físico. El cateto debía ser consentidor, pues nada opuso a los vehementes deseos de su prójima. Dejóla hacer complacido, sin previsión de las consecuencias que habría de tener su regalada conducta. Según parece, el manipulado, hombre robusto por demás, era tan virgen como López Rodó o, al menos, llevaba mucho tiempo domeñando sus instintos. El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza que más parecía botella de champán, si no géiser de Islandia. Los espectadores de la fila trasera, y aun de la más posterior, viéronse sorprendidos con una lluvia jupiterina, no precisamente de oro. Aquel maná caía en pautados chaparrones, sin que pareciera que fuese a escampar nunca. Alguien llamó airadamente, identificando el producto e increpando con soeces epítetos al que lo producía en cantidades tan industriales. Se hizo la luz. El cateto pensó que la tierra, en eso de tragarse a los humanos, obra con una censurable falta de oportunidad. Doblemente corrido, trataba en vano de retornar a su nido la implacable regadera. Su colaboradora ponía cara de santa Teresita de Lisieux, aunque con más arrebol en las mejillas. Ambos fueron detenidos y conducidos a la presencia judicial, lo que ocasionó que se incoara el oportuno sumario por escándalo público, a falta de otra tipificación más especificadora. El juez hizo el ofrecimiento de acciones a los poluidos, quienes no sólo quedaron enterados, sino que presentaron justificantes de los daños y perjuicios. Un prestigioso industrial incorporó a los autos la factura del sastre que había confeccionado su terno, que devino inservible. Y una señora, de lo más granado de la sociedad archidonense, presentó la cuenta de la peluquería donde, al siguiente día, hubo de hacerse lavar el cabello (el Fiscal no acaba de explicarse cómo pudo pasar la noche sin un lavado casero de urgencia). Como primera providencia, puesto que así lo imponen las reglas de la moral, los intérpretes del raro suceso han contraído honesto matrimonio. La causa está ahora en trámite de calificación. Cuando se dicte la sentencia, te proporcionaré una copia. Será un documento acreditativo de las reservas, no meramente espirituales, de nuestra recia estirpe. Un fuerte abrazo”. Camilo José Cela, con base en múltiples comentarios, terminó publicando un libro con ese título, pero basta mencionar que hubo un juicio en el que, con base en reglas morales, se condenó a la pareja, por supuesto bajo un régimen totalitario; en vez de reírse.

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