La abdicación del trono

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Raúl Contreras Bustamante 07/06/2014 03:43
La abdicación del trono

El pasado 2 de junio, el rey de España, Juan Carlos I de Borbón, en el Palacio de la Zarzuela, redactó una escueta carta membretada que textualmente dice: “A los efectos constitucionales procedentes, adjunto el escrito que leo, firmo y entrego al señor Presidente de gobierno en este acto, mediante el cual le comunico mi decisión de abdicar la Corona de España”.

Abdicación, en términos generales, significa cesión o renuncia de un derecho y de manera particular, el trono o corona en una monarquía.

Es un término que no aplica en una república —como la nuestra—, pero que en la historia patria no es del todo ajeno. El 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide abdicó a su efímero imperio y más tarde, Maximiliano de Habsburgo hizo lo propio, en Querétaro el 29 de marzo de 1867, días antes de ser fusilado, con lo que terminó la segunda aventura imperial.

En el continente americano la forma de gobierno monárquica tiene presencia en Canadá, que forma parte del Common Law británico y reconoce como cabeza del Estado a la reina de Inglaterra. Las monarquías no han desaparecido dentro de la comunidad internacional. Existen 44 países —desde muy ricos hasta pobres— que se gobiernan mediante monarquías, con distintos matices.

Cuesta trabajo a las conciencias republicanas entender y aceptar que en nuestros tiempos aún subsistan gobiernos vitalicios y hereditarios. Que se justifican en una supuesta designación sagrada, que les concede el acceso al poder público como derecho divino, a detentarlo, así como a trasmitirlo por vía sucesora.

Pero estudiando la situación desde el punto de vista objetivo, la monarquía subsiste por varios aspectos: el mantenimiento de una tradición milenaria, como atractivo turístico y publicitario, así como debido a que la figura del rey es una institución política que equilibra y unifica.

En nuestros tiempos los reyes reinan, pero no gobiernan. Como su acceso al poder no requiere de elecciones, no tienen que definirse en pos de ninguna ideología ni afiliarse a partido político alguno. Además, no toman decisiones de gobierno y por lo tanto, su figura no sufre el desgaste natural que el gobernar afecta.

Los reyes son los jefes de Estado. Tienen a su cargo la representación de su país ante la comunidad internacional y en la mayoría de los casos son los jefes del Ejército.

Las reglas constitucionales de muchas naciones le conceden al monarca el derecho de disolver al Parlamento y convocar a nuevas elecciones cuando las fuerzas políticas no se ponen de acuerdo, se confrontan en demasía o cuando los equilibrios partidarios dejan de ser convenientes para los intereses nacionales. En otras palabras, son un árbitro político para resolver crisis gubernativas extremas.

El rey de España gozó durante años de un gran prestigio por el papel que protagonizó durante la transición democrática y cuando se opuso —en 1981— al intento de golpe militar del teniente coronel Antonio Tejero. A partir del 22 de noviembre de 1975 en que subió al trono hasta hace algunos años, Juan Carlos fue un símbolo de unidad española.

Sin embargo, los escándalos financieros de su yerno, las noticias de sus desenfrenos causados por amoríos, la filtración de su cacería de elefantes en medio de la tremenda crisis económica española y las secuelas de sus lesiones ocasionadas por sus imprudencias, propiciaron que de cada diez españoles, menos de cuatro calificara de manera positiva a la Casa Real.

La tarea que hereda al príncipe Felipe no será sencilla ni propia de un cuento de hadas. Miles de manifestantes se han pronunciado por la realización de un referéndum para decidir respecto de la subsistencia de la monarquía y dar un giro hacia una forma de gobierno republicana.

Ojalá que la transmisión del poder contribuya a que España supere los difíciles tiempos que ha venido enfrentando.

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