Funcionarios ciudadanos

Como consecuencia de las elecciones de 1988, cuando toda la oposición hizo un frente común para protestar contra los resultados, se crearon diversas instituciones y procesos para tratar de garantizar la transparencia e imparcialidad.

COMPARTIR 
Raúl Contreras Bustamante 26/04/2014 00:46
Funcionarios ciudadanos

El presidencialismo fue una forma de gobierno distintivo de México, que se fue configurando a lo largo de décadas del siglo pasado. Se acumularon facultades legales —y extralegales— al Presidente de la República, para convertirlo en el eje de todo el sistema político nacional, con predominio sobre los otros dos Poderes y respecto a los demás niveles de gobierno de carácter local.

Llegó a acumular tantas potestades, que fue objeto de estudio y crítica dentro y fuera de la nación. Sus efectos negativos se hicieron evidentes en la elección presidencial de 1976, cuando José López Portillo fue el abanderado del PRI al mismo tiempo, que de los partidos Popular Socialista y Auténtico de la Revolución Mexicana; convirtiéndose en candidato único, ya que el PAN no presentó contendiente alguno.

Al llegar a la Presidencia, encomendó a su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, organizar una Reforma Política, que dio origen al surgimiento de nuevos Partidos y a la representación proporcional, haciendo posible que en todos los Congresos y ayuntamientos del país hubiera ciudadanos de oposición.

Desde entonces, la labor de desmantelamiento y adelgazamiento de la institución presidencial ha sido constante y sistemática.

Como consecuencia de las elecciones de 1988, cuando toda la oposición hizo un frente común para protestar contra los resultados, se crearon diversas instituciones y procesos para tratar de garantizar la transparencia e imparcialidad del manejo de los comicios.

Uno de los principales logros fue la creación —del recién desaparecido— Instituto Federal Electoral. Para su organización se concibió la idea de elegir a “consejeros ciudadanos”; con el requisito expreso de no haber militado en ningún partido. Obvio, en aquella época, quien no había participado en un instituto político, casi seguro era alguien no priista.

El tiempo demostró que aquellos consejeros no eran tan ciudadanos, pues en su mayoría después fueron candidatos partidistas y funcionarios en los gobiernos surgidos de los comicios en que fueron árbitros.

En esta época, en que se pretende “parlamentarizar” a nuestra República, mediante las reformas constitucionales recientes, se ha establecido la moda de crear órganos autónomos, con facultades importantes y que no sean dependientes directos del Presidente, como el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, el IFAI, el INEGI o la Comisión Federal de Competencia Económica, conservándose la idea de que lleguen a esos puestos de dirección, ciudadanos técnicos y apartidistas.

Las Cámaras del Congreso, convocan a cientos de aspirantes, los entrevistan y seleccionan, supuestamente con base en su trayectoria, experiencia y méritos. La verdad, es que siempre salen a relucir quienes fueron propuestos por un partido y los demás, por otros.

En una partidocracia como la que vivimos, no puede ser de otra manera.

Conviene analizar una serie de elementos. ¿Por qué se considera buena la idea de llevar a un puesto administrativo y político a gente sin experiencia? ¿Sólo para cumplir con la simulación del apartidismo?

Segundo: la experiencia ya demostró que personajes como Lujambio, Molinar, Zebadúa, Creel y otros más, accedieron bajo la premisa de ser simples ciudadanos y luego evidenciaron sus filiaciones.

Y, por último, ¿no resultaría más sano permitir que accedieran a los cargos públicos personas que se hayan dedicado con éxito a la actividad política, administrativa o gubernativa, que además, reconozcan y hagan evidente su afinidad política?

De esta manera, la opinión pública los conocería, podría vigilar sus actos y evaluar sus decisiones; evitando la simulación y la insinceridad.

Si lo que se busca es acotar al poder presidencial, el camino correcto es encargar las tareas públicas a hombres experimentados, que fortalezcan a las instituciones, en lugar de ponerlas en riesgo, como ya ha sucedido.

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red