Hace 20 años

México sigue teniendo hambre y sed de justicia. Continúa agraviado por muchas autoridades que distorsionan la ley en lugar de cumplirla.

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Raúl Contreras Bustamante 22/03/2014 01:54
Hace 20 años

El día de mañana —23 de marzo— se cumplirán 20 años del cobarde asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Conocí a Luis Donaldo en 1985 cuando fue diputado federal en la LIII Legislatura al Congreso de la Unión. Era un político joven y carismático, delegado de la CNOP en el estado de Sinaloa.

Fui testigo de su ascenso vertiginoso, fruto de sus aciertos y de circunstancias que le favorecieron. Candidato a senador por su querida Sonora, coordinador general de la campaña a la Presidencia de Carlos Salinas, presidente del PRI, secretario de Desarrollo Social y candidato a la Presidencia.

Además de rememorar a Colosio —en quien muchos depositábamos la esperanza de que fuera un gran Presidente— a la distancia temporal de ese doloroso día, conviene reflexionar respecto de lo que su magnicidio significó a México.

Su sacrificio puso fin a una temporada larga en la que México había resuelto la transmisión del poder político en términos pacíficos. Transcurrieron 66 años, desde 1928 —cuando cayó asesinado otro sonorense, Álvaro Obregón— en que la violencia no había alcanzado a un candidato a la Presidencia.

La inestabilidad pública que el suceso causó —junto con otros que tuvieron verificativo en ese mismo año catastrófico— degeneró en una crisis económica tremenda, devaluación, desempleo y Fobaproa.

Muchos de los compromisos de Donaldo están aún pendientes. De su famoso discurso, pronunciado unos días antes de su muerte en el Monumento a la Revolución, destaco algunos.

Su ofrecimiento de “cambio con rumbo y responsabilidad con paz, con tranquilidad”, fue cegado por las balas asesinas.

“Reformar el poder” para acabar con la excesiva concentración del mismo, a fin de frenar tantas decisiones equivocadas, el monopolio de las iniciativas, abusos y excesos, sin duda, sigue siendo una asignatura pendiente.

Su visión de un México lleno de indígenas exigiendo justicia, dignidad y progreso; de campesinos empobrecidos y endeudados; de trabajadores sin empleos ni salarios justos; de jóvenes sin oportunidades, orillados a la drogadicción y la delincuencia; de mujeres sin oportunidades plenas; de empresarios medianos y pequeños, desalentados por el burocratismo y la discrecionalidad de autoridades; a 20 años sigue esperando que se resuelva.

México sigue teniendo hambre y sed de justicia. Continúa agraviado por muchas autoridades que distorsionan la ley en lugar de cumplirla. Los ciudadanos permanecemos angustiados por la falta de seguridad, por servicios públicos deficientes, la corrupción y la desigualdad.

Todavía no ha llegado la hora de que la estabilidad económica se convierta en mejores ingresos para el campesino, el ganadero, el comerciante, el empleado, el oficinista, el artesano, el profesionista, el intelectual y los maestros como ofreció hacerlo Colosio.

Cuando uno revisa su ideario y observa la situación actual del país, el enojo y la frustración por haber perdido la oportunidad de que asumiera la Presidencia, duelen más.

Luis Donaldo era sensible. Presumía de ser producto de la cultura del esfuerzo y no del privilegio. Gustaba de hacer amigos con ideologías diversas a la suya; de acercarse sin miedo a los intelectuales; de la buena música, la amistad y la bohemia, no temía al cambio.

Mucho se ha dicho y escrito de su campaña y sus últimos días. Además de la preocupación por el levantamiento zapatista en Chiapas, la soberbia de Manuel Camacho, las limitaciones económicas para sus actividades proselitistas; Colosio sufría por la enfermedad de su esposa Diana Laura y de que casi nunca podía estar y disfrutar de su pequeña hija Mariana —de corta edad— al igual que de su hijo.

México perdió a un líder prometedor. Vaya un recuerdo emotivo a la memoria del hombre, del ser humano y el amigo para rehuir del hecho de que siga siendo objeto de frías estatuas, calles y conmemoraciones.

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