Intimidad

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Pascal Beltrán del Río 03/09/2014 01:26
Intimidad

Suena paradójico, pero lo cierto es que en el debate de los asuntos públicos es necesario un abordaje más profundo a escala global del derecho a la privacidad.

No creo exagerar en este punto. El mundo debiera poner la defensa de la intimidad como una prioridad —igual que el combate a la pobreza y la desigualdad, o los efectos del cambio climático—, sobre todo en el contexto de un desarrollo tecnológico tan acelerado y frente al que no hemos tenido la suficiente capacidad para prevenir o enfrentar sus dinámicas perversas.

El progreso en la industria de la computación y sus derivados ha traído, sin duda, beneficios indiscutibles como instrumento de cambio social y político. Cada vez más personas de todos los estratos socioeconómicos tienen acceso a dispositivos móviles con acceso a internet que facilitan su vida cotidiana y que, en forma paralela, les brindan la oportunidad de expresar su sentir y tener una presencia pública por medio de las redes sociales, que ya sobradamente han demostrado su eficacia como medio de control social sobre los gobernantes.

Sin embargo, esta democratización cibernética también es aprovechada por quienes buscan sacar provecho de sus semejantes, sea por delinquir, por el placer que les provoca infligir daño o por cualquier otra oscura motivación que cruce la mente de quienes se escudan detrás de una computadora para agredir y vulnerar.

Esta especie de terroristas virtuales aprovecha que hoy en día buena parte de nuestra vida transcurre en el ciberespacio. El buzón de correo electrónico almacena las bitácoras de nuestras jornadas laborales y las experiencias cotidianas que compartimos con nuestros seres más cercanos.

Redes como Facebook y Twitter son a la vez el diario y el álbum de fotografías que hacemos públicos, aun cuando elijamos quiénes deseamos que los vean. Los servicios de mensajería instantánea, como WhatsApp, lleva y trae diálogos triviales o delicados, pero que en cualquier circunstancia son personalísimos.

La facilidad con la que utilizamos estas aplicaciones nos impide reflexionar que toda esta información ya no es exclusivamente nuestra, sino que forma parte también de lo que los expertos en electrónica llaman “la nube”.

Este espacio virtual, que podría describirse como el equivalente a un inmenso disco de capacidad prácticamente infinita, es el depositario de buena parte de nuestras vidas. Esto en sí no es malo, si se le ve como el precio a pagar por las facilidades que nos brinda el internet. Pero se necesita estar consciente de que, como muchas otras tecnologías en desarrollo, las nubes no son perfectas, están expuestas a muchas fallas de seguridad y son blanco constante de hackers que buscan vulnerarlas con propósitos no siempre claros.

Se trata de una discusión compleja con múltiples aristas. Las revelaciones del monitoreo casi omnipresente de la NSA puso sobre la mesa la responsabilidad de los gobiernos de salvaguardar el derecho a la privacidad de los ciudadanos. Pero es claro que mucho hay que hacer cosas a escala microsocial, en el ámbito familiar y escolar, en los que aún no se ha dado una discusión exhaustiva sobre el rol protagónico de la tecnología en nuestras vidas y sus riesgos.

Esa responsabilidad pasa también porque cada persona sea el mejor vigía de su propia intimidad, al tomar consciencia de lo que implica transmitir fotografías con contenido erótico por medios electrónicos, y sabiendo con quién comparte los passwords de sus archivos en la nube. Se necesita, pues, una nueva materia de educación básica, habida cuenta de que nuestros niños ya nacen casi sabiendo manejar tablets.

Y justo en lo que tiene que ver con los menores, una parte de este debate se dará próximamente en el ámbito legislativo mexicano con el envío de la iniciativa preferente de Ley General para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, que entre otros puntos relevantes incluye el respeto a su intimidad personal y familiar.

Más allá de ver cómo evoluciona el proceso legislativo, sería saludable que de esta discusión no sólo emergiera un catálogo de castigos y sanciones (necesarios, sí, por la magnitud del enemigo) sino el fomento de una cultura que necesariamente pasa por platicar con nuestros hijos en casa, de preferencia dejando el celular a un lado.

Apuntes al margen

Ayer, en el mensaje de su Segundo Informe de Gobierno, el presidente Enrique Peña Nieto anunció acciones, realizadas y por realizar, para el Distrito Federal: nuevo aeropuerto, ampliación de cuatro líneas del Metro, segundo piso conectado con la autopista a Cuernavaca… incluso el regreso de la Fórmula 1 a la capital. No dejó mucho para que informe el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, el próximo 17 de septiembre.

Foto histórica, la del Presidente flanqueado por dos perredistas, Silvano Aureoles y Luis Miguel Barbosa, presidentes de la Cámara de Diputados y el Senado, respectivamente. Sin duda, una muestra de civilidad democrática. Sin embargo, sería mejor que el Ejecutivo fuera a San Lázaro, donde reside la Soberanía, a rendir cuentas. Así sucedía hasta 2006, cuando un grupo de legisladores decidió tirar el agua sucia con todo y niño.

Pésimo espectáculo, el del Zócalo convertido en estacionamiento de muchos asistentes al acto de ayer en Palacio Nacional. El problema es que algunos tienen doble vara para criticar: cuando la emblemática plaza estuvo ocupada durante semanas por maestros que defendían prebendas —no la libre expresión—, no se escucharon, de parte de aquellos críticos, cuestionamientos semejantes.

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