Tramposos

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Pascal Beltrán del Río 06/06/2014 01:20
Tramposos

¿Qué imagen dan los maestros que recurren a acordeones y robo o compra de exámenes para enfrentar una prueba sobre sus conocimientos? ¿Cómo podemos esperar que esos mismos profesores impidan que sus alumnos copien en sus propias evaluaciones?

Cuando creíamos que habíamos encontrado en la Reforma Educativa una de las claves para abatir el rezago en el aprendizaje —asegurar, mediante pruebas, que quien estuviera frente a un aula tuviera la preparación suficiente—, nos topamos con que algunos profesores ya descubrieron el antídoto: si nos van a evaluar, compramos el examen o lo robamos.

Las trampas de las que ha dado cuenta Excélsior en torno de los exámenes de la carrera magisterial —que no forman parte de la Reforma Educativa, pero, como sucederá en ésta, evalúan conocimientos para dar lugar a promociones— son una deprimente evidencia de qué tan lejos hemos dejado que avance en México la ausencia del honor y la cultura de que quien no transa, no avanza.

Qué lejos estamos de los días en los que uno volteaba a ver al maestro como ejemplo de sabiduría, entrega y respetabilidad. En esos valores descansaba su autoridad sobre los alumnos.

Lo digo consciente de que siempre ha habido personas tramposas y de que, sin duda, hoy hay muchos maestros que aman su profesión y deploran lo que otros están haciendo al gremio.

Sin embargo, cuando vemos cómo muchos países nos han rebasado en materia de conocimientos, y sobreponemos ese dato a las nóminas manipuladas y los eternos paros magisteriales, surge la desesperanza.

Enterarnos que, además, muchos hacen trampa en los exámenes para subir de categoría salarial —¡precisamente ellos, que tendrían que ser un dique contra la deshonestidad en el salón de clases!— resulta francamente irritante.

¿A quién puede extrañarle la moda de que los alumnos evalúen a los maestros y que éstos sean impotentes ante casos de violencia en la escuela?

Pero no son sólo ellos. Ya hemos ido muy lejos en este país en la promoción de conductas tramposas que causan un detrimento a la sociedad.

Acabamos de conmemorar el centenario del natalicio de Octavio Paz, el intelectual que criticó el instinto muy mexicano de procurar chingarse a alguien para evitar que lo chinguen a uno, pero al mismo tiempo nos volvimos insensibles ante el creciente deterioro del honor.

¿Hubo una era dorada de la honestidad en este país? Probablemente no. Desde la Conquista, y quién sabe si desde antes, quienes han transado han avanzado. Pero sí había antes un mayor temor de los tramposos a la condena social.

¿Es un tema sólo mexicano? No. El individualismo exacerbado, que busca la libertad absoluta de la persona tanto de la sociedad como del Estado, es un fenómeno mundial. Pero éste es nuestro entorno y donde debemos actuar.

¿Qué hacer? De entrada, rechazar las excusas victimistas de los tramposos y repetirnos que cumplir con las reglas no es algo que sólo deban hacer los demás.

Y entender que incluso pequeñas actitudes, como estacionarse en doble fila o meterse en la cola, provocan un daño al cuerpo social que tarde o temprano terminamos por lamentar todos.

Apuntes al margen

El próximo jueves, un millar de diputados estatales de todo el país se encontrarán en Cancún para la cuarta asamblea nacional plenaria de la Conferencia Permanente de Congresos Locales (Copecol). Dos temas serán los fundamentales: la atrasadísima puesta en marcha de la reforma al sistema de justicia penal y la adecuación de las leyes locales a la reforma político-electoral. Ésta última, que tiene atorada nuevamente la Reforma Energética, será abordada en Cancún por el consejero presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova, quien seguramente les dirá algo que a lo mejor no todos ellos querrán escuchar: los reglamentos internos del INE ya son más importantes que las Constituciones de los estados.

Hablando del INE, éste sin duda sorprenderá a muchos escépticos cuando el lunes presente a Hacienda la propuesta de ampliación presupuestal que le autoriza la reciente reforma. Será de 225 millones de pesos —algo así como 3% de su presupuesto, casi un ajuste inflacionario—, para las tareas que no tenía el desaparecido IFE, entre ellas la vinculación con los órganos electorales locales, que será coordinada por una comisión integrada por los consejeros Marco Baños, Adriana Favela, Ciro Murayama y Arturo Sánchez. Sin duda, 225 millones de pesos no es una cifra despreciable, pero si se le compara con los 650 millones de pesos que costó la adecuación del IFE a la reforma político-electoral de 2007, parece haber moderación por parte de los consejeros. También, si se les compara con los magistrados del TEPJF y su haber de retiro.

De cuando chocan la infraestructura y las elecciones. Desde su creación, en 1990, el desaparecido Instituto Federal Electoral fue ubicado en el entronque de dos vías rápidas: Periférico Sur y Viaducto Tlalpan. La leyenda urbana asegura que el lugar fue escogido para evitar las manifestaciones. El año que entra, cuando coincidan elecciones federales y locales en 17 entidades, el peor dolor de cabeza del INE podrían no ser los manifestantes sino las obras de construcción del segundo piso que enlazará la Autopista Urbana Sur con la carretera de cuota México-Cuernavaca. Dicen que, para conciliar el sueño, el consejero presidente Lorenzo Córdova no cuenta ovejas sino ballenas.

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