El hombre y la máquina

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Pascal Beltrán del Río 17/03/2014 01:04
El hombre y la máquina

Nos han hecho creer que la tecnología es infalible, pero hechos como la identificación errónea de presuntos delincuentes o víctimas del delito; desastres ecológicos como el de la plataforma petrolera Deepwater Horizon y, ahora, la desaparición de un jet Boeing 777, con 239 personas a bordo, son evidencias de que la tecnología tiene serias limitaciones.

El criminalista Simon Cole, de la Universidad de California, ha calculado, con base en muestreos, que en Estados Unidos todos los años hay unas mil personas erróneamente señaladas como responsables de la comisión de delitos luego de que sus huellas digitales fueron confundidas con las de alguien más en una base de datos.

La investigación sobre la desaparición de la niña británica Madeleine McCann, hace siete años, ha mostrado que la identificación mediante el análisis del ADN —una técnica desarrollada en la Universidad de Leicester, por el genetista Alec Jeffreys y exportada al mundo— puede ser una pesadilla.

Y si no, ¿cómo explicar que información genética de la niña haya aparecido en un auto rentado por sus padres casi un mes después de que éstos dieran a conocer que su hija había sido secuestrada en un hotel del sur de Portugal?

Otro caso es el de Deepwater Horizon, la plataforma petrolera semisumergible de posicionamiento dinámico, que era considerada de quinta generación. Fabricada en Corea del Sur y arrendada a British Petroleum, contaba con tecnología para monitorear y controlar presiones erráticas y flujos descontrolados en pozos petroleros.

Y, sin embargo, la plataforma fue destruida cuando un géiser de agua marina, seguido por una erupción de lodo y gas metano, produjo una enorme explosión que la incendió y hundió en abril de 2010.

El accidente mató a 11 trabajadores y ocasionó el peor derrame petrolero de la historia. El desastre ecológico en las aguas y costas del Golfo de México fue motivo de multas mutimillonarias.

Finalmente, desde hace diez días nos enfrentamos con la información desconcertante de que un avión comercial con 239 personas puede desaparecer en la época del GPS.

Estamos cada vez más acostumbrados a saber todo el tiempo la localización de personas y vehículos.

Los mapas de papel han sido desplazados. Cuando vamos a una dirección con la que no estamos familiarizados, introducimos la información en un teléfono inteligente o un aparato de localización y dejamos que la tecnología nos guíe a nuestro destino.

En este periódico recientemente usamos un dispositivo GPS para hacer un reportaje sobre la entrega de ayuda con motivo de los desastres provocados por el huracán Manuel, en septiembre del año pasado. Tras de haber colocado el chip en una caja de cereal entregada a un centro de acopio, pudimos saber a dónde llegó la ayuda —aunque era un lugar muy remoto—, quién la recibió y el tiempo que demoró el traslado.

Sin embargo, desde que desapareció el vuelo 370 de la aerolínea Malasia, nos enteramos que un avión Boeing 777-200 —de 250 toneladas de peso, 64 metros de largo y 18 metros de alto, una extensión de alas de 61 metros y un costo de 260 millones de dólares— puede simplemente esfumarse de los radares casi sin dejar rastro.

El sábado pasado, el primer ministro malayo Najib Razak dio a conocer que la desaparición súbita del jet no se produjo por un accidente —como una despresurización explosiva de la cabina— sino porque muy probablemente alguien desconectó dos sistemas de localización de la nave: el traspondedor, que responde a los centros de control aéreo, y el ACARS, que envía señales a la base de mantenimiento o al fabricante sobre el estado de los principales equipos del avión.

De acuerdo con los investigadores, el primero fue desconectado a la 1:22 de la mañana (hora local), cuando el avión abandonaba el espacio aéreo malayo, 42 minutos después del despegue de Kuala Lumpur, minutos o segundos después del último contacto con la torre de control de Subang, en la costa este de la península de Malaca.

Antes, a la 1:07, alguien había desconectado el ACARS. Tanto éste como el transpondedor pueden ser desconectados manualmente en la cabina por alguien con conocimientos básicos sobre el funcionamiento del avión, me dijo el viernes el piloto Guillermo Galván en Excélsior Televisión.

Casi siete horas después de la última comunicación desde el avión, un satélite británico Inmarsat posicionado sobre el océano Índico detectó una señal del avión, pero sin poder precisar su localización. Esto se logró gracias a un tercer sistema, instalado de fábrica, que envía señales vía satélite sobre el funcionamiento de la aeronave, pero que requiere de un contrato —que Malaysia Airlines no pagó— para funcionar plenamente.

En resumen, hemos puesto muchos aspectos de nuestra vida en manos de la tecnología, pensando que ésta va a pensar por nosotros y resolver casi todos los problemas cotidianos.

Sin duda, la tecnología facilita muchas cosas y ha servido para salvar vidas, pero siempre debe ser más importante el hombre que la máquina.

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