Venezuela: un SOS en oídos sordos

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Pascal Beltrán del Río 06/03/2014 01:35
Venezuela: un SOS en oídos sordos

SAN ANTONIO DEL TÁCHIRA, Venezuela.— Es triste ver la peregrinación constante de los habitantes de esta ciudad fronteriza con Colombia hacia el otro lado del río para conseguir productos de primera necesidad.

Vuelven con pequeñas bolsas de arroz, harina, jabón, detergente y papel de baño, cosas que no se pueden conseguir hoy en Venezuela.

Las pagan a un precio exorbitante, considerando sus ingresos. Pero, como me dicen ellos mismos, ¿qué opción hay?

En realidad, los habitantes de la frontera son los privilegiados en la crisis que vive Venezuela. En el interior del país, no hay alternativa. Allá hay que aguantar y parar la oreja a fin de actuar de inmediato ante el primer rumor de la llegada de mercancía a algún almacén. Luego, formarse una, dos o hasta tres horas, para salir con un kilo de harina o de arroz en las manos.

Imagine las perspectivas para un enfermo en Venezuela. El sector salud del país está devastado. En las clínicas de esta ciudad faltan incluso las gasas.

A la desesperación que provoca el desabasto en el pueblo, el gobierno del presidente Nicolás Maduro le llama golpismo de extrema derecha.

Claro, los regímenes autoritarios siempre recurren a las teorías de la conspiración para justificar abusos e ineficiencia. Y suelen pensar que los fuegos internos se apagan provocando incendios afuera.

Por eso, Caracas ha emprendido una campaña de señalamiento de enemigos externos. Por ejemplo, ha acusado a México y a Colombia de albergar en su territorio a “terroristas”. Obvio, sin prueba alguna. El gobierno venezolano sabe que aún tiene muchos aliados ideológicos en el continente y más allá dispuestos a creer lo que diga.

Ante el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el canciller venezolano Elías Jaua acaba de argumentar que las manifestaciones masivas que ha vivido el país desde el mes pasado obedecen a motivaciones políticas, no sociales.

Pero las evidencias de la inseguridad y la carestía, que puede ver cualquiera que venga a Venezuela, así como los datos duros sobre la inflación y la depreciación del bolívar, desmienten el discurso oficial.

Venezuela se sume en un torbellino generado por la escasez de alimentos, la ausencia de divisas, la destrucción acelerada del poder adquisitivo y el empobrecimiento de su población.

Lo trágico es que ningún gobierno extranjero se conmueva por esta situación.

Los países latinoamericanos parecen haber quedado adormecidos luego de la cumbre de la CELAC, en La Habana, como si a sus mandatarios les hubieran echado un somnífero en el mojito.

El presidente colombiano Juan Manuel Santos no da la impresión de tener muchos incentivos para alzar la voz. Se sabe que buscará la reelección el año entrante y su principal bandera de campaña será el probable acuerdo de paz con las FARC.

El mexicano Enrique Peña Nieto parece estar pagando las culpas de los pleitos de Vicente Fox con Hugo Chávez, y su gobierno ha optado por ser discreto en la relación con Caracas. Sea por esa razón o por otra, los señalamientos de intervencionismo mexicano en Venezuela tuvieron que ser desmentidos ¡por el embajador venezolano en México!

Estados Unidos y la Unión Europea están demasiado ocupados en Ucrania, jugando una partida de ajedrez geopolítico con Rusia.

Y la propia Rusia y China han aparecido convenencieramente en apoyo del gobierno venezolano, al menos si nos atenemos a las declaraciones del presidente Maduro, quien el martes pasado dijo haber llegado a acuerdos con Moscú y Pekín en materia petrolera.

Queda, por supuesto, la Organización de Estados Americanos. Pero ¿usted cree que la OEA va a despertar de su letargo para denunciar las penurias del pueblo venezolano? Yo espero, cuando mucho, que en los próximos días escuchemos al secretario general del organismo, el chileno José Miguel Insulza, repitiendo los lugares comunes de que “los problemas de Venezuela se resuelven con diálogo”.

Que le pregunten al alcalde de Táriba, Ricardo Hernández, sobre la forma en que dialoga el régimen de Maduro. Ese político opositor, a quien entrevisté el martes, era de los moderados que creían en el acercamiento con el gobierno venezolano, para resolver los problemas de abasto e inseguridad en su localidad. Tan es así que, en diciembre pasado, habló en un acto en el que estuvo Maduro con alcaldes opositores recién elegidos.

Pues el lunes de esta semana fue perseguido por un grupo civil armado al servicio del chavismo, cuando fue a atestiguar la destrucción que ese mismo grupo, apoyado por la Guardia Nacional Bolivariana, causó en un conjunto residencial donde se refugiaban manifestantes antigubernamentales. Hoy el alcalde está amenazado de muerte, protegido por apenas un puñado de policías municipales. Y ya no cree en Maduro.

Los venezolanos han enviado un SOS al mundo. Lamentablemente, pocos parecen estarlo escuchando.

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