De la comicidad trágica

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Oscar Benassini 21/08/2014 00:00
De la comicidad trágica

…hacen reír como el actor suicida, Sin encontrar para su mal remedio!

Juan de Dios Peza

 

La voz de Joaquín López Dóriga promocionando su noticiero de ese día: “Robin Williams se ahorcó”, evocaba desazón inmediata. Eso sucedió, claro, pero tener que decirlo de modo tan amarillo, tan irreverente, para vender un noticiero, parece hoy día una triste premisa para nuestro muy lamentable periodismo por televisión. Nadie lo hubiera creído —¡uno de los artistas dramáticos consentidos de Hollywood se había suicidado!— salvo quizás uno que otro morboso avezado en el campo de los desórdenes mentales y las paradójicas tragedias que tantas veces provocan. Juan de Dios Peza (1851-1910), político y dramaturgo mexicano de la segunda mitad del siglo XIX será eternamente famoso por sus versos Reír llorando, inspirados en la tragedia del dramaturgo y actor inglés David Garrick (1717–1779). Todos conocen los versos con los que Garrick, el maestro de la risa describe y lamenta su mal, y aun así vienen al caso: “¡Tanto he viajado...tanto he leído... si soy amado... noble he nacido... tengo riquezas!, ¡yo les llamo a los muertos mis amigos, yo les llamo a los vivos mis verdugos!”. Brinca al instante Juan Clasemedia con su existencial cuestionamiento: ¡cómo podría querer morir alguien que lo tiene  todo! Conocí a Williams actor en una de sus primeras películas: El mundo según Garp (1982), que hasta hoy me parece la mejor de todas, y como todos lo seguí los siguientes treinta y tantos años a través de sus más de 70 films, si contamos los muchos en los que ofreció su voz absolutamente versátil, uno de sus más claros atributos dramáticos. Su personaje de “El mundo…” parecía ponernos sobre aviso, con tanto que tiene de trágico y de cómico. No puedo olvidar, además, One Hour Photo, con su caracterización del empleado de supermercado que revela fotografías para cumplir con su afán justiciero de castigar la infidelidad conyugal; magnífica interpretación por parte de un Williams absolutamente trágico, deprimido, hubiera diagnosticado yo. No hay familia ni infancia que parezcan explicar su eterna vulnerabilidad depresiva, a pesar de lo cual es posible seguir su franca tendencia a sufrir la enfermedad a lo largo de su vida. Su primer matrimonio (1978) termina en divorcio debido a que se le sorprende en situación de infidelidad conyugal (1988), ¿para explicarnos su curioso rol en One Hour..? Deja claro entonces que no consigue estar solo, para volver a casarse apenas unos meses después (1989) con la niñera de su hijo Zac. Tras casi 20 años y un hijo más (2008), su segunda esposa exige el divorcio alegando “diferencias irreconciliables”, con un Robin que parece ser dependiente y demandante en todo y para todo. Importantísimos marcadores de su proclividad a la depresión son sus problemas de adicción a la cocaína, durante la segunda mitad de los años setenta y la primera de los ochenta, y al alcohol, problema que motivó internamiento en una clínica especializada (2006). La discreción con la que pudo manejarse a pesar de la fama impide conocer si utilizó el alcohol o la droga durante casi dos décadas. Padecía estenosis aórtica congénita, de la que finalmente fue operado con éxito en 2009, y apenas se le había diagnosticado Enfermedad de Parkinson unos meses antes de que se quitara la vida. Más allá de mi breve historia clínica, Williams habrá sido este hombre con esa vocación por la comicidad que esconde siempre al fantasma de la depresión, faceta del humorismo por lo visto poco conocida pero casi una regla en sicopatología, esfuerzo extremo, desesperado, abrumador en su paradójica pena, de ahuyentar a “los perros negros”, como llamaba Winston Churchill —humorista también— a la grave depresión que sufrió siempre. “Sentido del humor”, le dicen a esa actitud defensiva que en tantos y tantas veces advertimos para no conseguir interpretarla como debiéramos. Y yo no digo que emprendamos una campaña preventiva de la depresión para cómicos, que habrá de sonarme todo menos descabellada. Quizá mis líneas busquen fomentar la empatía con la enfermedad mental y con los que padecen depresión en silencio porque no han conseguido comprenderla y en vista de ello no esperan comprensión por parte de los demás. El siglo en curso exige familiarizarnos con la depresión y su alarmante crecimiento, su asociación con la mayoría de los suicidios, y las poquísimas veces en que es considerada, diagnosticada y tratada, como lo merecieran todos los que la padecen. En nuestra cerrazón de brutos preferimos enredarnos en alegatos baratísimos: que si Williams no se suicidó porque días y horas antes hacía planes para el futuro, que si hubiera elegido cualquier otro método, que si estaba un poco triste y nada más. Robin Williams sufrió depresión durante toda su vida, se suicidó, y debiera merecernos esa conmiseración consciente de que todos estamos mucho más que expuestos a padecerla. “…lanza a la faz la tempestad del alma un relámpago triste, la sonrisa”. Juan de Dios Peza lo supo antes del siglo XX.

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