No era penal

Un árbitro es un personaje que nunca pudo jugar futbol

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Oscar Benassini 10/07/2014 00:00
No era penal

Albert Camus (1913-1960) tiene que ser el emblemático personaje a cuyo metafísico amparo me atenga para volver a escribir de futbol. El francés nacido en Argelia falleció de manera prematura en un absurdo accidente automovilístico; para entonces había recibido ya el Premio Nobel de Literatura. Consigno aquí que fue notable futbolista, delantero de arrojo y portero casi imbatible durante sus años de bachillerato y universidad. En esta última etapa pudo jugar a nivel semiprofesional en la segunda división del país africano, pero contrajo la tuberculosis y hasta ahí le llegó la carrera deportiva. Además de El extranjero y El mito de Sísifo, indispensables, le debo el que haya dicho: “Tras muchos años en los que el mundo me ha brindado innumerables espectáculos, lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”. El cerebro humano se encarga, en esencia, de recopilar y procesar información del entorno, misma que emplea para emitir aptitudes, habilidades que con cierta injusta selectividad llamamos talentos. No tengo problema para equiparar los talentos artísticos con los deportivos, sin considerar unos u otros como de mayor o menor mérito, y esto lo digo porque de pronto es notable cómo se parecen las reglas para desplegarlos. Un juego de futbol apasiona del mismo modo que la ejecución de algún ballet, un concierto, un relato o una obra plástica. Destreza que tiene sentido por si sola; esa que lo hace a uno presenciar. Más allá del talento, arte y deporte padecen esa región de la naturaleza humana  abusiva, explotadora, acumulativa. Pintar o esculpir es una cosa, tener que convivir con curadores y galeristas otra lamentablemente distinta por injusta. Lo mismo pasa con el talento literario, que obliga a padecer a los editores y distribuidores, o con la danza y el teatro que padecen a los administradores y promotores de los espacios para la representación. Esta apreciación me ha venido acompañando durante todo el Mundial de Brasil: fuerzas ajenas al deporte puro, al jugar por jugar, se apropiaron hace mucho del derecho a decidir y conducir. ¿De qué sirve el modo prodigioso de jugar de muchos de los jugadores ante la tragedia del arbitraje? Un árbitro es un personaje que nunca pudo jugar futbol, al igual que tantos editores, jamás podrán escribir o muchos curadores nunca harán plástica, pero en estas semanas como nunca antes los señores árbitros han echado a perder juego tras juego hasta modificar el resultado final del certamen sin que los organizadores consideren que esto resulta un problema para quienes vemos (y por ende financiamos) los partidos. Lo mismo puede decirse de la FIFA, que de organismo integrado por representantes de los países afiliados, encargado de regular la competencia concediéndole decoro y seriedad, se ha convertido en gigantesca empresa de enorme voracidad que lo mismo acapara y revende las entradas a los estadios, que promueve y administra viajes y hospedajes en las ciudades sede o se encarga de modo absolutamente exclusivo de distribuir y vender souvenirs. Ensuciar el talento deportivo, como con el arte, parece ser la consigna. Que gane el que convenga a las necesidades de orden político y económico del país sede aunque haya que manosear, contener, mediatizar y hasta reprimir el talento futbolístico. No basta, pues, con la aptitud, la destreza, la creatividad, porque los centavos mandan en una librería, un teatro, un cine, un museo o un estadio de futbol. No imaginábamos el carioca escándalo si el país sede no se coronaba, y resulta que van a tener que lidiar con él. Mientras tanto, vergüenza eterna para el árbitro español del juego Brasil vs. Colombia. La FIFA contradice y deshonra a Camus, que se sepa.

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