Ganamos

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Oscar Benassini 26/06/2014 00:00
Ganamos

Cuenta La Eneida, el larguísimo poema que Virgilio concibió para celebrar el reinado de Augusto, que Eneas y sus seguidores, hombres casi todos, venían de Cartago, donde el héroe había despreciado nada menos que a la reina Dido, provocando así su despechado y público suicidio. Llegaron los troyanos a la península itálica con la consigna de fundar una nueva Troya que sustituyera a la recién destruida por los griegos, y ahí se encontraron con un pueblo local, los Sabinos, con los que en principio convivieron en paz. Como les faltaban mujeres, urdieron una trampa memorable: organizaron una justa deportiva entre troyanos y sabinos; durante el desarrollo de las competencias, los de Eneas raptaron a las sabinas, las embarazaron y las hicieron sus mujeres. Si los sabinos perdieron de esa manera ante la tentación de una competencia atlética, puedo con el placer culpable del futbol, esencial durante los últimos 50 años de mi vida, y puedo también con que a nadie nos importe nada más que el Mundial, con todo y “complós” atribuidos al efecto distractor del espectáculo. Quietos todos, que juegan México y Croacia, vámonos al Zócalo mismo, ni más ni menos. Inmejorable el escenario desde la terraza del Gran Hotel: la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional, y la pantalla enorme para proyectar el juego. Nada personal con los croatas, como pasa siempre con el verdadero deporte, aunque el bendito efecto del juego nos haga terminar mentándoles la madre. Más bien pequeña república balcánica, Croacia es considerada una economía emergente, miembro de la Unión Europea y poblada por unos cinco millones de nacionales. Futbolera desde siempre, eso sí, con mucho la heredera de la tradición yugoslava, añeja y de indiscutible calidad, así que no puede decirse que fueran rival menor. Lo demás fue una fiesta: buen juego, si a fin de cuentas se trata de eso y sólo de eso, leña en cantidad suficiente para los que nos gustan los partidos así, duelo durísimo por la media cancha y la recuperación de balones, que los nacionales terminan ganando los últimos 30 minutos del segundo tiempo, para anotar nomás tres golecitos. ¡Ganamos! Estoy seguro de que gané yo como aficionado, porque mis 13 mundiales previos casi siempre como espectador frustrado me convierten en una suerte de “senior citizen pambolero”; merecedor sí me siento, pues. Comparto con los tres intelectuales lectores, que sospecho voy a perder al final de mi texto, que por ocho horas de mi existencia no hubo más que futbol. Tal vez habré percibido una lucecita pequeña en alguna zona de mi conciencia que le daba la razón a mi estimado Alfredo Espinosa mientras reconocía: “¡Chin, ya me enajenaron los complotistas!”. Ya sabía que el futbol se ve mejor en el Zócalo, a lo que tuve que adicionar el extraño placer que éste partido ofrecía: desgañitarse vociferando “¡puto!”, no faltaba más y con todo y Míster Joseph en campaña quién sabe exactamente contra qué. Todo un show previo la manera absolutamente ordenada en que se fue poblando la plaza mayor, hasta quedar casi completamente cubierta de afición. Nada de porristas vándalos, nada de disfraces grotescos, no alcancé a distinguir pleito o escándalo alguno, y los connacionales ataviados con la verde se quedaron quietecitos, lluvia y todo, hay que decirlo, ejemplares, para que el juego los premiara con los goles y el gane. ¿Inusitado?, en el mismo orden con que llegaron y se acomodaron, desalojaron la plaza en menos de media hora. Supongo que otra cosa habrá sido el Ángel, zona de concentración de borrachos escandalosos de ocasión a los que el futbol les da lo mismo, pero estos de aquí veníamos al partido y nada más. Los balcánico caídos con la frente en alto, Miguel Herrera y sus jugadores instalados en la moderación y apenas enseñándoles los dientes a los holandeses, yo decreto que la cultura se espere tantito para figurar en  éstas, sus Expresiones. Igual nos ganan Robben y sus secuaces, para ponerle fin al patrioterismo de ocasión,  inofensivo, estoy convencido. Ah, y para los fines de Blatter, la FIFA y cualquier otro censor de absurdos, he gritado y voy a gritar “¡puto!” con la seguridad absoluta de que el castellano, como todas las lenguas, se va poblando con los siglos de vocablos híbridos que al final se nos quedan; cultura, eso sí.

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