El temible Lars y su ninfómana

Consigue un relato exento de cualquier juicio relativo a su condición moral.

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Oscar Benassini 05/06/2014 00:00
El temible Lars y su ninfómana

Pegajosísimo el tema: la melodía simple, más que cadenciosa, brota del teclado mientras la pandereta, la tarola, el contratiempo y el tambor bajo le dan entrada a las voces de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, que van entre cantando y musitando Je te’aime, moi non plus, éxito musical absoluto en 1970, vanguardista en tanto la canción incluye lo que le va saliendo a la pareja mientras hacen el amor. Jane y Serge son los padres de Charlotte Gainsbourg, la estrella (indiscutible, pongo yo aquí) del film (por excelencia) de la autoría de Lars Von Trier, que recién se exhibe en México: Ninfomanía: primera parte. Y puse retorno porque de las múltiples cualidades narrativas del cineasta danés la que más me atrae es seguramente la redundancia; Lars es definitivamente obsesivo.

El artífice de las trilogías más audaces del cine contemporáneo dice haber completado la cuarta tras haber dejado inconclusa la tercera; a Dogville y Manderlay debió seguir Washington, para completar su propuesta acerca del territorio, y los modos gringos de ser y hacer (Tierra de oportunidades). Ninfomanía (2013) concluye las tres películas que Von Trier dedica a la mujer: a la temible (¡de verdad!) Anticristo (2009) siguió Melancolía (2011), con Kirsten Dunst amparada en Tristán e Isolda, y ahora irrumpe tanto en las pantallas como en la conciencia moral y la sexualidad de nosotros pobres espectadores, una mujer enferma de adicción al sexo que comparece frente a la cámara por espacio de casi cuatro horas para narrar su historia. “Joe”, padeciendo ya las consecuencias brutales de su adicción, le cuenta 50 años de su vida a quien la auxilia y la lleva a su casa: Seligman, un hombre más que maduro que presume de ser un asexuado casto encarnado en bienhechor.

Si el danés pretendía innovar por las vías de escandalizar y asustar no pudo obtener para ello mejor producto, y más allá de todo lo que su película despierta en los que la hemos visto, resulta imposible negar que se trata de un modo único de proponer algo que en principio pareciera tan absolutamente sórdido, tanto por lo que se refiere al guión como por el modo de filmar. Para cualquier aprendiz de crítico el camino parece claro: sencillamente declararse incompetente, para de ahí proponer que Ninfomanía refleja, en primer lugar, la absoluta confusión del autor con respecto de la mujer, a pesar de su primigenio propósito de retratar la esencia del género.

No tengo forma de demostrarlo, pero estoy seguro de que “Joe” representa la rendición de Lars y su pretendida búsqueda a través de la naturaleza pervertida de su heroína; la fuerza del personaje apabulla a todos y todo. En segundo lugar apunto esa imposibilidad del cineasta de lidiar con la hipocresía. Imposible semejante actitud en su propuesta, en el relato y su recreación estética. Del todo promiscua, perversa Joe, Von Trier consigue un relato exento de cualquier juicio relativo a su condición moral, para que por terrible que resulte todo lo que presentan cuatro horas de película, quede claro siempre que de nada es culpable la ninfómana.

Vaya a saberse si es intuición de artista o si la imposibilidad de juzgar se explique a partir de la historia personal de su artífice, su Pigmalión inmunda, Joe, vive como puede y no hay un solo instante en la película en el que no asuma su naturaleza tan enferma como inevitable. Semejante modo de proponer la patología mental debiera fascinar a cualquier siquiatra. Von Trier es un cineasta de finales temidos que lo mismo utiliza a una banda de gangsters para exterminar a todo un pueblo de hipócritas, que hace chocar a la Tierra con un planeta justiciero para acabar con la humanidad. Es simple y terrible como todo el relato: Seligman el bienhechor asexuado reclama la cuota para su buena obra, de modo que si Joe ha pasado la vida ofreciendo satisfacción sexual, ¿qué más da un favor más? Su reclamo resulta el clímax de la historia, y no merece sino un tratamiento: Seligman es asesinado; él, y no Joe, debe morir por su absurda pretensión moral. No tengo cómo discutir cada crítica que haya despertado la película, y nadie en mi lugar podría decir “me gustó” y ya. Me espantó, me escandalizó, me horrorizó a veces, pero estoy seguro de que se trata de una película única, histórica, justamente a la altura de la trayectoria y la patología de su autor, y finalmente de una obra de arte de principio a fin. Excelsa, escribiría yo como cualquier crítico incauto, pasando por alto mi propia sanidad.

Twitter: @obenassinif

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