Fuentes epistolar

Especial interés han despertado las cajas no. 305 y 306, selladas hace 19 años.

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Oscar Benassini 22/05/2014 00:00
Fuentes epistolar

Ciento setenta y siete cajas repletas de documentos constituyen el Acervo Carlos Fuentes (Carlos Fuentes Papers) de la Universidad de Princeton, New Jersey, adquirido por la institución a partir de 1995. Especial interés han despertado las cajas no. 305 y 306, selladas hace 19 años a solicitud del propio Fuentes, quien dispuso entonces que fueran abiertas precisamente dos años después de su muerte, el 15 de mayo de este año. Las cajas contienen la correspondencia personal del escritor con los grandes de las letras en el mundo durante sus años de éxito literario, el que le hacía ese espacio para la comunicación con autores como Octavio Paz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, José Donoso, Philip Roth, Norman Mailler o Jean Seberg. Claro que resulta absolutamente fascinante conocer a detalle todo lo que Fuentes tenía que decir a sus colegas del arte y la fama, por lo mucho que dice de los personajes y de su época, pero tengo que consignar aquí el morbo particular que habían despertado las cartas que Carlos Fuentes recibió de Octavio Paz (setenta), y las que a su vez le escribió al Nobel mexicano (sesenta). El retorcido interés ha descansado en la larga amistad que existió entre los escritores, a pesar de la diferencia de edades, considerable cuando se trata de amigos, en las coincidencias frecuentes entre ambos en su modo de entender y juzgar los acontecimientos de sus años, en la tutela que Paz enseña cuando Carlos Fuentes arranca su carrera de letras, y sobre todo en la que tantos han considerado una traición: la publicación en 1988 de un texto conteniendo duras críticas a Fuentes, de la autoría de Enrique Krauze, en la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz y fundada en sustitución de Plural. Fuentes y Paz fueron tachados ambos de defensores del régimen político priista, por parte de esa izquierda mexicana que no habrá dado desde entonces sino para vergüenzas; Carlos Fuentes por su adhesión al gobierno de Luis Echeverría y por la promoción que hizo de su política, Octavio Paz por lo que la pretendida intelectualada zurda consideró apoyo abierto a posteriores gobiernos priistas. Las críticas, por supuesto, pasaban por alto los méritos literarios de los dos. El caso es que con la apertura de las cajas aún selladas se esperaban cartas que alimentaran el histórico pleito y documentaran una abierta diferencia entre dos grandes de las letras mexicanas. Revisa uno el excelente reportaje de Virginia Bautista (Excélsior, 19/05/2014), y como tantos esperábamos no hay en los documentos recién revelados ni una pizca de amargura. ¿Quién era Carlos Fuentes? Ni más ni menos el mexicano generoso antes que nada, devoto de las letras y sus artífices, a toda prueba. Discusiones de gran altura alrededor de las obras de los amigos, de los grandes temas latinoamericanos, de la hispanidad, de política cultural, y sobre todo, disposición para escuchar los problemas personales de sus amigos, participando con mucha frecuencia en su solución. Echeverrista o no, por ejemplo, Fuentes se ofrece a llevar a cabo cuanta gestión haga falta para que el Nobel Pablo Neruda pudiera ser exiliado de Chile durante el golpe de estado de Pinochet en 1973, igual que invita a Cortázar a Yucatán o ríe en una y otra carta con García Márquez, y sobre todo, ofrece ayuda personal a Octavio Paz, a solicitud de éste, cuando el poeta decide renunciar al  cargo de embajador mexicano en India, con motivo de la matanza de Tlatelolco perpetrada por Gustavo Díaz Ordaz. Fuentes lo recibe en Barcelona y hace gestiones para que se le conceda un cargo en la Universidad de Vincennes. Con la misma congruencia renuncia a su cargo de embajador mexicano en Francia cuando López Portillo decide nombrar a Díaz Ordaz embajador en España (1977). Las cartas nos regalan a un Carlos Fuentes de lealtades absolutas, amistoso siempre, humorista, más que afectuoso, invariablemente dando muestras del más absoluto respeto y de esa congruencia con la que vivió, pensó y escribió, y que los mexicanos de hoy le reconocemos de nuevo al conocer las cartas. De atizar un pleito a gusto del ocio culturológico o del morbo de los intelectuales de credo y profesión, sencillamente nada. La 305 y la 306 nos regalan un personaje que hasta hoy conseguimos redondear, porque esa fue su voluntad. Seguramente nunca se pensó en necesidad de demostrar nada más que lo que de él supimos. Claro que los libros ahí están, y además se queda conmigo la satisfacción de ser mexicano como Fuentes.

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