A sangre fría

No existe premeditación, hay un propósito irreflexivo por parte de los asesinos.

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Oscar Benassini 15/05/2014 00:00
A sangre fría

Yo tendría entonces 12 años, no más. Como tantos bajo el brazo de mi papá, el libro llegó a mi casa una noche cualquiera, y como siempre sucedía esperé la doméstica distracción y me fui sobre la portada, para ceder una vez más a esa curiosidad invariablemente arrepentida. Se llamaba A sangre fría,  todavía alcancé a leer que hacía referencia a un crimen, y que —ese fue el componente redundante en mi conciencia— se trataba de una historia real. Lo que siguió fue debatirme entre lo bueno: dejar el libro por la paz, lejos como estaba lo que narraba de mi edad y sus dilemas éticos bobos, y lo malo: esperar a cualquier tarde para curiosear con detenimiento. No hace falta escribir que la segunda posibilidad se fue dando en las siguientes semanas. El escritor se llamaba Truman Capote (Louisiana, 1924—Los Ángeles, 1984) y en su obra narraba cómo la familia Clutter, de Holcomb, Kansas, había sido asesinada por Dick Hickock y Perry Smith, dos exconvictos que habían entrado a su granja una noche de noviembre de 1959. El acontecimiento fascinó al escritor, que inició entonces una larga y extraña relación de intimidad intermitente con los criminales, particularmente con Dick, para que le contaran a detalle lo sucedido. El resultado fue el nacimiento oficial de un género narrativo, la non-fiction novel, reconocido como tal por la crítica y el propio Capote. Truman, alcohólico y más que excéntrico, se confesaría marcado para siempre por el suceso y la novela que había provocado. Es posible que haya sido así, porque la historia narra un crimen mezcla de salvajismo absurdo y estupidez casi completa. No existe premeditación, hay un propósito absolutamente irreflexivo por parte de los asesinos: robar la granja guiándose por el rumor de que la familia Clutter guarda ahí mil dólares, y dos adultos y dos menores pierden la vida en vista del manejo absolutamente improvisado por parte de Hickock y Smith de las eventualidades que van apareciendo; ambos huyen finalmente con 64 dólares. Claro que no leí el libro completo hasta muchos años después, pero en aquellas semanas iba eligiendo páginas y párrafos que contaran lo que estaba seguro de que no debía saber, para arrepentirme sin falta tras de cada incursión. Los crímenes se hicieron pesadillas de noche y pensamientos frecuentes de día, imágenes indeseables pero inevitables que provocaron la primigenia conciencia de que mi interés por el libro, morbo al fin, sólo ponía de manifiesto mi propia proclividad criminal. No era que fuera yo a matar a nadie, más bien me bastaba con saberme territorio de esa aversión-afinidad que en alguna forma me responsabilizaba sin que pudiera eludirlo. No puedo saber si mi conciencia habría caminado en esa misma dirección de no haber habido libro ni lectura clandestina, pero suelo pensar que sí, como suelo creer que en cada crimen hay una parte de responsabilidad de cada persona, y que las afinidades morbosas sirven para ponerla de manifiesto. Claro que a todos nos gusta ubicarnos en el extremo opuesto de lo malvado, siempre y cuando hayamos agotado nuestra curiosidad. De todas estas cosas me he acordado desde el crimen del profesor Alejandro Chao y su esposa, Sara Rebolledo. Previsible la respuesta social: todos queremos saber para luego indignarnos y clamar justicia, todos queremos ubicar los sucesos en el contexto de lo político y lo social, cada quien a su conveniencia, y a fin de cuentas nos enteramos de que también fue un asesinato perpetrado por tres imbéciles que pretendían robar y que jamás hubieran podido lidiar con las eventualidades que los llevaron a matar a la pareja de modo absurdamente trivial. Las imágenes de uno de los asesinos narrando a la televisión cómo había ocurrido el doble crimen son una non-fiction novel del México 2014, de sus moradores, del morbo que para ahuyentarse tiene que convertirse en indignación, y de nuestra incapacidad para entender que los de los hechos de sangre son siempre nuestros muertos, porque después de todo hablan de nuestros alcances, y porque esas cosas nos suceden a todos siempre aunque la anécdota recaiga de modo azaroso en las víctimas de hecho. A sangre fría —habrá sido ese el propósito último de Capote— me borró para siempre el clamor justiciero, sustituyéndomelo por una enorme vergüenza de nuestra condición ética. Sólo así, tras un prolongado debate personal acerca de mi condición humana, consigo explicarme los crímenes. Ah, y hace mucho dejé de creer en la justicia.

Twitter: @obenassinif

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