Curioso incidente

El éxito de esta obra en nuestra ciudad tiene pocos precedentes recientes.

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Oscar Benassini 08/05/2014 00:00
Curioso incidente

Eternos quejosos del teatro que se ofrece en la Ciudad de México, a fin de cuentas representativo del teatro mexicano, de cuánto hemos perdido en espacios, productores dispuestos a arriesgar y, sobre todo, un público a la medida de lo mucho que tuvimos, no siempre estamos para las puestas importadas con alguna certeza de su éxito comercial. De todos modos, al teatro hay que ir a ver lo que hay porque de eso se va casi todo lo que se hace en México, para los espectáculos culturales y para tantas cosas más.

Lo primero que hay que anotar acerca de El Curioso incidente del perro a medianoche es que no se trata de una obra originalmente escrita para el género teatral y que a Simon Stephens sencillamente le gustó la novela del británico Mark Haddon (Curioso incidente, 2003), multipremiada, sin que deba concedérsele demasiado crédito a los reconocimientos que haya merecido, y sin más la adaptó para su representación escénica.

La que puede verse hoy en México corresponde exactamente a la representación que funcionó previamente en el país donde se originó y en Broadway, Nueva York. También tengo que consignar que su éxito en nuestra ciudad tiene pocos precedentes recientes, para que se represente con taquilla completamente vendida desde hace más de medio año.

El relato original de Haddon se refiere a ciertos acontecimientos en la vida de un adolescente que padece una condición siquiátrica llamada “Síndrome de Asperger”, enfermedad que ocasiona serias limitaciones para percibir versiones integrales de la realidad, para conseguir conectarse de modo empático con los sucesos y las personas que en ellos intervienen, y para establecer y mantener la comunicación. A pesar de la gravedad de las limitaciones que caracterizan al Asperger, se le considera una forma leve, limitada en su seriedad y profundidad si se le compara con su forma más grave, el autismo, condición en la que la afección de las mismas funciones en quienes padecen la variante mitigada, resulta casi absoluta, comprometiendo de modo definitivo el desarrollo, las aptitudes básicas y la independencia de las personas enfermas.

El tono de la obra de Haddon parece muy claro, en tanto pretende difundir la existencia de la enfermedad, los daños que ocasiona a quienes la sufren y a sus familias; así como la necesidad de una respuesta social que busque paciencia, tolerancia y alternativas de funcionamiento a los autistas. ¿Es este noble propósito el que justifica semejante respuesta del público? Habrá quien diga que sí y que afortunadamente estamos cada vez mejor preparados para entender las enfermedades mentales y la respuesta que nos requieren. Ojalá.

Yo, como siempre, a mi personal deformación profesional. Me arriesgo a emitir un juicio injusto y ofrezco disculpas de antemano si así resulta, pero me pareció que la obra funciona tan bien en cartelera porque ofrece a un actor joven que ha trabajado en una reciente comedia cinematográfica absolutamente trivial que a muchos divirtió. Hoy día parecemos entender teatro y comedia como sinónimos, así que si el “mirrey” funcionó en Nosotros, los nobles, habrá que ir al teatro a que nos siga haciendo reír, de tal modo que si la obra presenta de modo más bien dramático las dificultades familiares y sociales de Christopher, el enfermo protagonista, el público parece siempre a la espera de lo que se pueda considerar chistoso para justificar la risa.

También habrá quien piense que Curioso incidente ha funcionado en vista de que impulsa la construcción de esa empatía con lo diverso, tan de moda para muchas otras condiciones. Yo creo que seguimos mucho, pero mucho más cerca de la hipocresía que nos hace gustar de una versión empática de nosotros, y que en nada modifica la manera en que percibimos las necesidades de los enfermos mentales.

Otra cosa habrá de suceder en la tierra de Haddon y Stephens, quizá porque la flema y el sentido práctico de su gente se prestan poco a la pretensión, a diferencia de nuestro zalamero fingimiento que lo mismo da para pretendernos en situación de comprender la homosexualidad que a rechazar la violencia “de género”, el abuso sexual de niños o la anglicista pretensión de moda, el bullying. Muy verdes para tamaño grado de conciencia, apenas alcanzamos a buscar comedias que justifiquen la risa, así, trivial. Me veo en responsabilidad de consignar que la escenografía es novedosa, y que el trabajo de Alfonso Dosal es más que decoroso para un rol de verdad extenuante: el de Christopher el autista.

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