Expresiones; un agravio tras otro

Se alborota la memoria para hacernos ver que las burradas no son aisladas.

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Oscar Benassini 01/05/2014 00:00
Expresiones; un agravio tras otro

“…de este nuevo siglo, me mata la estupidez”.

Víctor Manuel (Yo también nací en el 53).

 

Arrojar la primera piedra es privilegio evangélico de quienes se hallen libres de culpa, del mismo modo que no es de personas decentes hacer leña del árbol caído. Sabias virtudes, habría considerado Renato Leduc, pero roñoso como está mi ánimo decido exceptuarme de su práctica por tratarse de mi sección, Expresiones, y de la muy lamentable consistencia en los atropellos cometidos en contra de una consigna tan esencial como lastimada. Y es que con cada pifia no sólo se acrecientan la frustración y la ira de tantos que se dedican de tiempo completo a como debiera pensarse, decirse y escribirse todo lo que uno quiera; también se alborota la memoria traicionera para hacernos ver que las burradas no son eventos aislados, sino que forman parte de una sospechosa trayectoria característica del siglo XXI. Hortencia Zúñiga Torres, diputada local (¡plurinominal!) por el PRD en el Congreso del Estado de Chiapas nada más no consigue quedarse callada con esa discreción que caracterizaba a la ignorancia en el siglo pasado, y suelta sin más que ha leído a Gabriel García Márquez, y que del escritor han influido en su vida tres libros: Juventud en éxtasis, Volar sobre el pantano y otro más que “le encanta” pero no recuerda su nombre aunque nos advierte que “es de política”. El éxtasis en el que la dejó el más conocido de los libros de su colega ingeniero industrial Carlos Cuauhtémoc Sánchez parece haberla impedido para volar con fortuna sobre el pantano de la ignorancia, y no es eso lo que ofende sino la absoluta soltura que exhibe para su pifia, el desenfado con el que sin más arremete contra la enseñanza básica. Y de una vez su colega (diputada, no ingeniero/a) del PRI, Alma Rosa Simán Estefa, considera que Cien años de soledad trae muchas anécdotas que valen la pena para la reflexión (reflexión realista mágica y macondeña, aporta la mala leche del columnista, con razón se piran nuestros congresistas); hablar o morir de tiricia, parece la consigna de ambas legisladoras. La misma que habrá animado en sus años al ignorante químicamente puro Vicente Fox, quien tantísimas veces se tiró a matar, citando nada menos que frente a Juan Carlos Rey de España al escritor argentino José Luis Borgues, o al “colombiano” Mario Vargas Llosa al “disertar” sobre democracia en América Latina. Sea clavo o sea caño todo es fierro, lo mismo Colombia que Perú que lo que sea menos otorgar con el silencio humilde del que asume ser presa de patética estulticia. Sí, me habré ido hasta el panista expresidente, porque un elemento perverso de mi explicación del fenómeno de exhibirse bruto antes que callar pretende que el personaje inauguró la impudicia para expresar tonterías sin más. A ello agrega mi mortificación personal que se trata de un —uno de tantos, lamentablemente— personaje público al que se adjudique el juicio de exitoso, que lo convierta en modelo. Esa responsabilidad parece ser la que no entienden nuestros lamentables políticos cuando se trata de articular absurdos en vez de resignarse a pasar desapercibidos. “Es que me preguntaron”, dirían nuestras diputadas. ¿Qué más? Desazón sin remedio ante la pretensión de Ernesto Cordero, así, sin freno alguno, de ser presidente del PRI, o nuestro jefe Miguel Mancera refiriéndose a “Iztapalacra”. Noqueado el ánimo, descalificado cualquier esfuerzo en defensa de la inteligencia, la semana nos sorprende con el siempre atribulado gobernador amarillo de Oaxaca, que una vez más debe destituir al esta vez recién nombrado titular de los servicios educativos de su estado, porque lo pillaron manejando fotos pornográficas en las redes sociales. “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor”. Eso sí lo dijo García Márquez, en un momento en el que no creyó necesario considerar lo doloroso de morir de vergüenza por la inagotable cantidad de estupideces que en su nombre se han dicho y escrito desde que se fue. Legiones de émulos de don Vicente parecen no cejar en su firme voluntad de ostentar cuánto no saben, en nombre del colombiano eterno. Una sola vergüenza. 

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