Gabriel fue siempre lo de menos

Apenas nos ponen en frente una muerte, ya la estamos volviendo despojos.

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Oscar Benassini 24/04/2014 00:00
Gabriel fue siempre lo de menos

Buenos como somos siempre para trivializar, apenas nos ponen en frente una muerte ya la estamos volviendo despojos, en ánimo y disposición de encarnar lo kitsch y nada más, porque, ¿culto quién? Injusta mi apreciación, digamos, que me expliquen entonces dónde está la tragedia en que muera un hombre que vivió muchos más años de los que vivirán la mayoría, que desempeñó y gozó a plenitud los oficios de periodista y escritor, y que recibió por su trabajo los más grandes reconocimientos —merecerlos o no es lo de menos, con todo lo que tiene de circunstancial y casual la gloria terrenal— con tantísimos afectos como conllevaron. Qué importa el hombre con su vida colmada de bienestar y satisfacciones sin que pueda uno omitir una sola, si  todos nacimos para morir y contamos apenas con un breve lapso para justificar haber estado. Y venga la avalancha de condolencias, de Estados y gobiernos empeñados en justificar su papel de administradores del arte y la cultura, de infalibles intelectuales que siempre nos contarán el cuándo, el dónde y el cómo conocieron al maestro y lo mucho que se gozaron en el excelso encuentro, y finalmente de Juan Pueblo que siempre comenta —y postea, para andar de acuerdo con los dictados de la red social— lo que nunca supo, lo que jamás entendió, para que cientos, miles, recuerden con veneración absoluta lo que dijo el Gabo aunque nunca lo haya dicho. Ya sé que así no consigo sino descomponer la columna, pero a mí García Márquez me importaba un carajo, me era del todo ajeno, estoy seguro, y él mismo no hubiera querido ser nunca esa especie de patrimonio público, de indispensable gurú que se muere para alimentar el espíritu de tantas aspiracionales conciencias. Es más, a mí nadie se me murió porque mi absoluta afinidad estética por sus textos se encuentra donde mismo, para que cada novela siga exactamente donde apareció, para hacerme corroborar que la obra nunca cambia con la muerte del artista. Entiendo así que para los macondeños de ocasión pueda sonar sacrílego  declararme eternamente enamorado de Sierva María de todos los Ángeles, sietemesina hija del marqués de Casalduero y Dueñas, objeto de la crianza de María Mandinga, mulata de Cartagena habitante eterna del Convento de Santa Clara, pelirrojos sus rizos de 22 metros y 11 centímetros, lo bastante diabólica —que habrá de ser mucho— para seducir a su exorcista Cayetano Alcino del Espíritu Santo Delaura y Escudero. Se murió Gabriel. Con todo y eso su libro, preciso, sigue contando el comienzo del enredo del sacerdote. “Delaura no había perdido el hilo. ‘Con mis respetos, padre mío’, dijo, ‘no creo que esa criatura esté poseída’. Esta vez el obispo se alarmó de veras. ‘¿Por qué lo dices?’ ‘Creo que sólo está aterrorizada’, dijo Delaura”. Pasa lo mismo con el instante en que se prenda de la criatura: “Cayetano corrió al convento con el corazón desmandado, pero no encontró a Sierva María en su celda. Estaba en la sala de actos, cubierta de joyas legítimas y con la cabellera extendida a sus pies, posando con su exquisita dignidad de negra para un célebre retratista del séquito del virrey. Tan admirable como su belleza era el juicio con que obedecía al artista. Cayetano cayó en éxtasis. Sentado en la sombra y viéndola a ella sin ser visto, le sobró el tiempo para borrar cualquier duda del corazón”. O con el dolor de perderla: “Sierva María no entendió nunca qué fue de Cayetano Delaura, por qué no volvió con su cesta de primores de los portales y sus noches insaciables”. Termina la historia y no tengo duda alguna de que la muerte de la mulatita se nos quedó para siempre: “El 29 de mayo, sin alientos para más, volvió a soñar con la ventana de un campo nevado, donde Cayetano Delaura no estaba ni volvería a estar nunca. Tenía en el regazo un racimo de uvas doradas que volvían a retoñar tan pronto como se las comía. Pero esta vez no las arrancaba una por una, sino de dos en dos, sin respirar apenas por las ansias de ganarle al racimo hasta la última uva. La guardiana que entró a prepararla para la sexta sesión de exorcismos la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida. Los troncos de los cabellos le brotaban como burbujas en el cráneo rapado, y se les veía crecer”. No sé más que entender que quien pudo escribir estos textos lo habrá hecho en esencia para no morirse nunca, que no debiera doler que se muera García Márquez porque sus relatos son para siempre.

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