Estar en Paz

El poeta propone a la experiencia erótica y a la experiencia mística como afines.

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Oscar Benassini 03/04/2014 00:00
Estar en Paz

Para Bárbara.

 

Esta semana se escribe de Octavio Paz. Nacional sacrilegio cualquier otro tema para cualquier otro texto. La primera persona que consiguió enseñarme algo de letras fue un jesuita que se llamaba Mauricio Brehm, y que por esos años se dedicaba al estudio de la obra de Octavio Paz. El camino que siguió Brehm era más que claro: nadie puede ni debe evadir nunca la poesía, a la que debe considerarse siempre una necesidad básica. Los versos de Paz en Piedra de Sol y mi adolescencia romántica hicieron el resto. Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de un hombre que durante el siglo pasado asumió el oficio de poeta, con todas las responsabilidades —saber y poder decir siempre lo que resulte más inteligente, lo más grave—, y con todos sus inconvenientes —la imposibilidad de hacer dinero de algo así de importante, el que a todos nos puede parecer el más complicado de entender y vivir—.  Ingrato el oficio, indispensable sin embargo. No podríamos ser ni entender si no existieran de cuando en cuando estos personajes que nos explican cuál es el sentido —el rumbo, las razones últimas si se quiere— de nuestra vida. Uno llega a querer de verdad al poeta, porque a diferencia del filósofo, no propone sino que afirma, asevera clarísimo siempre, arriesgándose sin mezquindad alguna para decir de la manera más bella, más clara y más absolutamente cierta. Mi personal deuda con Paz habrá de ser del mismo tamaño —impagable, por supuesto— que la de cada uno de sus lectores que haya encontrado respuestas en sus versos y textos. Chocante el cliché del poeta como experto en romances, nadie puede negar que tiene mucho de cierto. Por eso escojo anotar aquí la propuesta de Paz para el amor romántico, La llama doble, su manual eterno e inmejorable, que para 1993 en que fue publicado, sintetizaba 79 años de vida y experiencia de quien había recibido ya el Premio Nobel, para que el propio Octavio se preguntara en la introducción si “¿no era un poco ridículo, al final de mis días, escribir un libro sobre el amor?”. El texto que Paz se lanzaría a escribir sin más contradice su supuesto a partir de los pudores de la edad, y corrobora su propuesta del poema maravilloso que había logrado antes: Carta de creencia: cada uno llevamos con nosotros una carta para ser creída por algún desconocido, y esto, el amor a fin de cuentas, sólo es posible si nuestra carta consigue explicar con claridad nuestras creencias; son ellas las que habrán de establecer el vínculo. Arrancando de ahí, Octavio Paz consigue un libro cuya ausencia en el personalísimo altero de los esenciales de cada quien tendría que considerarse un error garrafal; si hemos amado, amamos o creemos que podemos amar, tenemos que hacernos del libro. Consigo sin más algunas sentencias sueltas que tienen que hacernos el mayor de los sentidos: “Hay una pregunta que se hacen todos los enamorados, y en ella se condensa el misterio erótico: ¿quién eres? Pregunta sin respuesta”. “La relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética verbal y la segunda una erótica verbal”. “El amor es elección, el erotismo aceptación”. “El sentimiento amoroso es una excepción dentro de esa gran excepción que es el erotismo”. “El amor filial, el fraternal, el paternal y el maternal no son amor: son piedad. La experiencia mística va más allá de la piedad. Se han intentado varias maneras de explicar esta enigmática afinidad entre mística y erotismo”. Paz propone a la experiencia erótica y a la experiencia mística como afines, en tanto ambas se dan en un solo instante, implican la fusión de los opuestos y conducen al abandono absoluto. ¿La diferencia?: “En el amor el objeto es una criatura mortal, en la mística un ser intemporal”. “Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir; en todos los amores, aún en los más trágicos hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es”. El libro —¡claro!— da para mil columnas; deberán leerlo quienes hayan entendido hasta aquí. Quienes no, padecen del hedonismo hueco y estúpido del siglo XXI; ese no lo cura ni siquiera el poeta.

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