El cumpleaños de José Luis Cuevas

Sus hijas destaparon el grave conflicto entre ellas y la segunda esposa.

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Oscar Benassini 20/03/2014 00:00
El cumpleaños de José Luis Cuevas

Hace cosa de 20 años me invitaron a una conferencia que ofrecía el maestro José Luis Cuevas. La patrocinaba un periódico y las cosas se dieron de modo ameno y absolutamente coloquial. Se me quedó en la memoria un Cuevas todavía muy fuerte, con una excelente presencia de ánimo, bien parecido, como siempre, y sobre todo en aptitud y disposición para comunicar cosas de sí, las que como todos sabemos —rasgo acendrado de artista que yo siempre le he perdonado— habrán sido su afán primordial. Platicaba entonces, como tantas veces, de su obsesión por envejecer y morir, de la foto diaria, de cómo y dónde las iba montando para estar al tanto de sus cambios físicos día con día, de su esposa de entonces y de cómo esta relación quedó enredada con la que había tenido con su madre, para que su mujer fuera en buena medida esta madre sustituta que lo guiaba, cuidaba de él, y lo perdonaba cuando se le venía lo mujeriego. Remató aquella vez con un llanto emocionado al referirse a Dios, al redescubrimiento de su fe y al modo en que ésta le devolvía sentido a su existencia al permitirle evadir la muerte tan temida. Así lo recuerdo y supongo que no hay documento ni testimonio que pruebe lo que cuento. Confesaba entonces 60 años. Hace un año debía cumplir 79, cuando se destapó la crisis familiar que lo tenía y lo tiene atrapado. Su hermano, médico sicoanalista, reveló que había mentido siempre acerca de su edad y que cumplía entonces 82 años. Sus hijas destaparon el grave conflicto entre ellas y la segunda esposa del maestro, que había enviudado en 2001. En aquel momento el conflicto partió de su mala salud, atribuida por los Cuevas a la falta de cuidado de su mujer. Él negó esto públicamente apenas unos días más tarde, y anunció su rompimiento con las hijas. En febrero debía celebrar su 80 aniversario, que en realidad fue el 83, y para tal fin se montó una exposición conmemorativa, a cuya inauguración no estuvo Cuevas en posibilidad de asistir. Vaya a saberse quién tiene razón, porque en los conflictos de familia siempre se cruzan y contradicen versiones y modos de entender los acontecimientos, lo que de verdad conmueve es la forma en que se deterioran la fuerza y la imagen de un hombre, que nos gustara o no su arte, impresionaba siempre en ese gozo de todo y por todo. Su personal pleito con el muralismo mexicano, que según yo en nada comprometía los méritos históricos del movimiento, mero recurso para defender y destacar la plástica de Cuevas, y aun si de repente se habrá pasado un poco con Rufino Tamayo, mal haría yo en negar que me divertía; sus temas originales, figuras de los personajes esos sórdidos pero para mí absolutamente estéticos, surgidos de modelos del Manicomio de La Castañeda; sus Cuevario y Cuevas por Cuevas; sus andares por la Zona Rosa; su más que supuesta filiación política con todo y candidatura, me lo hicieron siempre un personaje esencial. En esta desazón de saber a Cuevas en medio de la sinrazón y el deterioro, me detuve un rato en la foto de cuatro interlocutores con restos de vino en las copas y un ánimo discutidor absolutamente envidiable. Ni más ni menos Carlos Fuentes, Fernando Benítez, Monsiváis —el otro Carlos grandioso— y por supuesto Cuevas con copete a la Cuevas y un traje cruzado a rayas con solapa anchísima. Esa tiene que haber sido la conversación en perfecto equilibrio. ¿Exhibición de narcisos? ¡Sin duda!, pero fueron personajes de esos los que le hicieron una cultura al México de entonces, en el que la plástica corrió a cargo de José Luis. Desairada como ha resultado su última exposición, empleitados los que debieran ver por él, viudo de la esposa madre dispuesta siempre a exonerarlo en sus veleidades, rodeado de sospechosos afanes patrimoniales más que mezquinos, hube de posponer mi texto un par de semanas porque sabía que no habría en lo que yo pudiera decir más ánimo que el que me dejó su show aquel de hace dos décadas. Ojalá pudiéramos todos quedarnos con aquel Cuevas manoteando, alardeando, carcajeándose o llorando conmovido por sus arrebatos de fe. Ese era mi personaje. La obra de todos modos seguirá ahí.

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