Entelequias televisivas

Mensaje más alentador hubiera sido que consideraran la difusión cultural

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Oscar Benassini 13/03/2014 00:00
Entelequias televisivas

La historia de los medios de comunicación en México, irremediablemente vinculada al avance de la tecnología, nos cuenta que una primera etapa que arrancó a principios de los años 50 con el nacimiento de los primeros canales de televisión y culminó con su fusión en un monopolio, Telesistema Mexicano, se prolongó hasta 1969, 1970, para que esos años fueran marcados por la aparición de dos señales más, la del canal 8, Televisión Independiente de México, que Telesistema adquiriría también ante la competencia que empezaba a hacerle, y canal 13 que más bien pronto fue propiedad del gobierno y desde entonces su señal non en sustitución de la previa y extraoficial, el canal 11 del IPN. El monopolio de Telesistema, que había mutado ya a Televisa, se prolongó, en una segunda etapa, hasta 1994, año de la licitación y venta del canal 13, que se transformó en TV Azteca. Tras casi 20 años de duopolio, esta semana se ha hecho el anuncio oficial de las restricciones que la Comisión Federal de Telecomunicaciones impone a las dos cadenas que han explotado los canales de televisión abierta durante los últimos 20 años, particularmente a Televisa, así como de la esperada licitación de dos cadenas más, también de televisión abierta que deberán competir con las existentes, dueñas de capitales y recursos que les conceden clara ventaja en años para los que las reglas del juego han cambiado en tanto la televisión por cable y vía satélite ha ido reclamando su tajada del negocio, en claro detrimento del negocio de las empresas que pretenden las cadenas en licitación. Del mismo modo, la historia de la televisión —al igual que la de la radio, el cine, y más recientemente la señal de internet— se ha visto poblada, eventualmente, de personajes que han considerado que sus alcances y la amplísima difusión que siempre ha representado podrían contribuir de manera decisiva al desarrollo cultural de nuestro país. Más bien escasas y de muy poco impacto, las producciones que en más de 60 años de historia han intentado aprovechar la televisión para fomentar la cultura, y que han ido de muy poco a nada de plano en los años recientes. Puede citarse como ejemplo la llamada telenovela histórica, que recreaba pasajes, etapas y personajes decisivos para México, hoy extinta. Si finalmente se trata de cómo difundir el arte y la cultura aprovechando los alcances de los medios, parece esencial considerar el cambio brutal del llamado formato del conocimiento, que han propiciado la propia televisión en un principio e internet más adelante. El formato tradicional se explota todavía, y consiste en conocimientos e imágenes impresos en libros que difunden las letras o las artes plásticas, así como en diversos medios de grabación de sonidos e imágenes para recrear la música, la cinematografía o la danza. El formato contemporáneo consiste siempre en una pantalla, cuya precursora fue la televisión, que nunca es estática como los libros, los discos o las cintas fílmicas, que por lo tanto es absolutamente dinámica, y que lo mismo contiene texto que luces, colores, imágenes y movimiento constante. Aludo a la licitación que ha sido noticia esta semana, porque a mí —a muchos, espero— me habría gustado ver una de aquellas cláusulas que hoy nos suenan atávicas y que señalaban la obligación de los concesionarios a dedicar una proporción del tiempo de sus señales al aire a la difusión de la cultura. Mensaje más que alentador hubiera sido que quienes licitaban consideraran a la difusión cultural como una obligación que tendrían que asumir quienes recibieran las concesiones. Igual hubiera topado en nada, es posible, pero finalmente se trataba de una nueva oportunidad histórica para inaugurar una nueva etapa con la antigua consideración de difundir el conocimiento. Imposible olvidar el legado del sindicalismo magisterial: generaciones de mexicanos cuasi analfabetas, víctimas de un sistema educativo que fue puesto al servicio del poder para comprometer la tarea educadora del Estado. Baste recordar a Vicente Fox y su vergonzosa entrega de la tradicional cuota de tiempo aire dedicado a la cultura, de regreso a las televisoras. Desesperante: medios, recursos, cadenas, licitaciones van y vienen sin que nadie recuerde que cumplimos 65 años desperdiciando las ventajas de los medios en la difusión del arte, la ciencia y la cultura. Arranca una etapa nueva y la vergüenza es la misma: entretenimiento sin conocimiento, cual sentenció hace ya décadas Azcárraga Milmo disertando sobre los jodidos.

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