Hollywoodescas chocanterías

Eternamente autocomplacientes, el sello distintivo de la Academia.

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Oscar Benassini 06/03/2014 00:00
Hollywoodescas chocanterías

Big fan como es Bárbara del evento y todo lo que contiene, seudoadictos culposos ambos a las banalidades, a lo fancy con todo y las milenarias decepciones que inevitablemente produce, ahí estamos puestos y puntuales porque no en vano nos gastamos nuestros centavitos en boletos de cine (¡e infalibles versiones pirata!), bienvenidas las disonancias. La primera tiene que ser la conductora ostentando ese sangronsísimo humor gringo que nada más no puede fallar año con año, sello distintivo de tantas ceremonias de esa nación para las que yo sigo considerándolo amanerado e innecesario. En fin, nos vamos tragando los chistoretes de la Degeneres y a lo que sigue, para que más bien pronto un personaje de verdad raro que resulta de origen mexicano, es de raza negra, tiene el nombre de la guadalupana y apellido keniano —¡Lupita Nyong’o!— sea premiada como mejor actriz de reparto. Peculiar el merecimiento, según yo, pero prefiero no adelantar mi juicio acerca de su película. Siguen categorías diversas a las que el respetable habitualmente concede escasa o nula importancia a pesar de que algunas premian componentes esenciales del hacer cine. Destacan de ellas los premios para Gravity —confieso que me dormí dos veces y nomás no entiendo el sinsentido de una secuencia de espaciales torpezas, más que sesentera a no ser por lo feminista, con todo y el despliegue digital— que por supuesto movilizan la nacional sensiblería, previamente alborotada por Lupita, anticipando el triunfo del paisano, sin importar qué tenga que ver su trabajo con México y lo mexicano. Ni modo, a mí me gustó el guión de Spike Jonze (Her) con todo y su moralina, y amenazado con que la Academia premiara el (inexistente) guión de la aventurilla espacial, confieso que aplaudí ese Oscar. Algo tenían que darle a Gatsby si ya sabemos que no iban a premiar a Di Caprio, pecador por haber sido dirigido por Tarantino y Scorsese: inofensivos diseño de producción y de vestuario. Lo mismo debe decirse de Dallas Buyers Club, honrada por maquillaje y peinado nada más por no dejar, alimentando así mi sospecha de que a la Academia se le siguen atorando el SIDA y sus infectados cuando no lucen impecables como Tom Hanks en Filadelfia. Tuvimos buen saldo con los premios a los actores: Cate Blanchett, una Jazmín absolutamente fascinante, no debía padecer el desprecio de la Academia por haber sido dirigida por Woody Allen, eterno Pigmalión de tantos incuestionables productos, artífice sin competencia del mejor cine norteamericano contemporáneo. Consígnese, sin embargo, que la Blanchett puso la rodilla en el suelo y dio las gracias a prácticamente todo el mundo, a excepción del autor de su personaje, el propio Allen, eternamente vetado por filmar absolutamente lo que quiere, como quiere y donde quiere, sin que le hagan falta esos equipillos absolutamente democráticos que tanto gustan a las buenas conciencias hollywoodenses. Matthew Mc Conaughey y Jared Letto habrán de considerarse una dupla legendaria, y sus personajes contagiados de SIDA, desesperados, completamente inescrupulosos en su afán de conseguir los fármacos para su enfermedad, no podían cederle los honores a los protagonistas y actores de reparto de dos películas prácticamente ignoradas: Escándalo Americano y El Lobo de Wall Street, que también harán historia con sus personajes, con todo y el otro castigo constante de Hollywood, el que dedican a Scorsese. De por sí evidente el espíritu gringo con las distinciones a la absurda Gravity (la increíble y triste historia de la cándida Miss Congeniality y las desalmadas fallas de los cacharros de la NASA), nomás no podían privarnos de la cereza del pastel: su mejor película resulta la versión siglo XXI de La Cabaña del Tío Tom, sin que yo consiga entender por qué merece ser contada (y premiada) de tan trillada manera, la historia de un hombre que, habiendo sido libre, se asume esclavo en vez de coger camino para su tierra de libertos y ya. Exhiben el mismo eterno recurso: la insoportable hipocresía de denunciar el racismo, la recreación fílmica del maltrato, para que a todos nos sea claro que esas cosas ya no pasan en la nación que alberga a Hollywood. Los red necks de siempre —pido mil disculpas por la expresión— pretendiendo que uno les crea que han erradicado el racismo, que no lo ejercen a diario contra los migrantes mexicanos y que por ello se dedican un “Oscar”. Eternamente autocomplacientes, el sello distintivo de la Academia.

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