El tema de rigor: el narco

En esta ocasión resulta imposible resistirse si lo sucedido marca.

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Oscar Benassini 27/02/2014 00:00
El tema de rigor: el narco

Los columnistas de Expresiones debiéramos desplegar recursos especiales semana a semana, diferentes de otros y bastantes como para justificar los propósitos de la sección que nos ofrece hospitalidad. Claro que hay una agenda cultural, nacional y local, que yo supongo se cumple día a día, mes con mes, de cuyas notas vamos a colgarnos los columnistas, muchas veces buscando cuál fue la más trascendente. No suele —¿no debe?— ocurrir que sea la nota de la semana en las noticias, la del mes o la del año en éste y en tantos otros medios, la que marque el sendero para hacerse una nota de arte y cultura. Sólo que en esta ocasión resulta imposible resistirse si lo sucedido marca el devenir de tantos asuntos y los más diversos personajes que a veces ejercen una presión enorme sobre la historia reciente. Los narcos. Innegable que en casi 40 años de historia en los medios, desde aquel 1985 y su affaire Caro Quintero-Don Neto-Enrique Camarena (el agente de la DEA secuestrado y asesinado), estos personajes nos han mostrado otro México, o quizá dicho de modo más preciso, otros mexicanos. Cárteles han ido y venido, han protagonizado y más tarde se habrán debilitado. El de Juárez con Amado Carrillo, el del Golfo con Juan García Ábrego, los hermanos Beltrán Leyva en Tijuana, Los Zetas primero en el Golfo, más tarde en el centro del país, y en Michoacán y los estados aledaños La Familia y Los Templarios. Brevísima secuencia de cuatro décadas que han dejado ver a un país distinto, una nación que parece poblada y sobrada de criminales alternando en su hegemonía que reta el Estado, le regatea poderes, lo corrompe por donde puede. Una entidad ha reiterado su papel protagónico en el fenómeno, hasta ser identificada por muchos como la simiente, la región de origen: Sinaloa. Uno antes y otro después de Joaquín El Chapo Guzmán Loera, este grupo ha dado batalla de manera intermitente a prácticamente todos los demás, para que la captura de su líder se convierta en la noticia que todos deberán recrear con cuantas modalidades de expresión existan. Viejísimo ya el corrido, tantos grupos han cantado las aventuras y el destino de los grupos criminales de la droga. Enseguida hay que considerar al cine y sus innumerables variantes con el mismo tema, partiendo del legendario Mario Almada, para llegar a Salvando al soldado Pérez (Beto Gómez, 2011), la parodia de Spielberg y su soldado Ryan, de Sinaloa, y Los Ángeles a Irak. Claro que también existe una plástica del narcotráfico y su violencia legendaria, extrema e inevitable, pero si consideramos las afinidades del columnista, tendremos que conceder que la captura del líder del cártel de Sinaloa, emblemático líder del narcotráfico mexicano, es un asunto especialmente inherente a la literatura, porque pretendo que de las bellas artes es ésta la que habrá tomado por tarea proponer una visión estética del México que produce, trafica, importa y exporta drogas. La novela policiaca, más tarde convertida en novela negra, ha resultado el género literario más socorrido, para que uno imagine a ese México ingenuo como para ser asiento de delincuentes filantrópicos como Chucho el Roto (Jesús Arriaga, 1885–1894), a criminales híbridos como Jesús Malverde, objeto incluso de culto religioso por considerársele el santo de los narcos, y más tarde a novelas como El complot mongol (Rafael Bernal, 1969) y su Filiberto García, sobrepoblado en el siglo XXI de autores y relatos que conforman una narrativa imposible de contener ante la proliferación delictiva que acompaña al narco. Habremos aprendido que la épica no es el camino, en tanto, no hay hazañas policiacas que narrar, podrida como ha estado nuestra fuerza pública, y la saña con que han sido asesinados miles ha impedido construir leyendas de los delincuentes. Con todo y eso tenemos que aceptar que este México de casi 40 años, este sesgo en todos sentidos de la historia nacional, de la política y la moral pública, merece contarse a partir de las más diversas interpretaciones. Tantas naciones que han vivido y viven tiempos trágicos, consiguen hallarles sentido desde que sus artistas son capaces de plasmarlos, en busca siempre de explicaciones históricas. Cayó El Chapo Guzmán, una parte de la historia concluye, arrancan nuevos episodios en tanto los grupos se movilizan en un juego de fuerzas distinto, para que algunos pensemos que todo eso tiene que narrarse. El arte tiene que ser nuestra memoria estética de los sucesos a los que debe hallarles sentido la cultura. 

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