La vida de Adèle

Se trata sólo de una historia de amor, perfecta por lo demás.

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Oscar Benassini 20/02/2014 00:00
La vida de Adèle

Este año tendrían que celebrarse 75 años del Festival Internacional de Cine de Cannes, cuya primera edición se inauguró el primero de septiembre de 1939, para clausurarse al día siguiente a consecuencia del inicio de la Segunda Guerra Mundial. El evento volvió hasta 1946, poniendo en duda cuántos años de historia deben concedérsele. El tardío estreno en México de la ganadora de la Palma de Oro en la edición 2013 de Cannes, La vida de Adèle (La Vie d’Adèle, Chapitres 1 &2) pasó casi desapercibido, y con más de tres meses en cartelera, la película francesa ha sido escasamente tomada en cuenta, para que los suspicaces de oficio sospechemos que la pública indiferencia pudiera tener que ver con que se trata de la versión cinematográfica de la novela El azul es un color cálido (La bleu est une couleur chaude), de Julie Maroh, que trata de los primeros años de vida romántica de una adolescente homosexual. Para muchos Cannes resulta el escaparte ideal para el cine de mayor calidad artística, y los triunfadores del festival pueden considerarse consagrados por ese sólo hecho. A nombres como el de Orson Welles, Luis Buñuel, Bergman, Fellini, o Antonioni, Polanski, Goddard y Truffaut, a los que se han sumado los de los maestros del cine estadunidense: Altman, Coppola, Scorsese y Gus Van Sant, debemos agregar ahora el del franco-tunecino Abdellatif Kechiche (Túnez, 1960), ganador de algunos prestigiados premios de cine europeo, ninguno del tamaño de la Palma de Oro que obtuvo el año pasado. Adèle Exarchopoulos (París, 1993), promesa del cine europeo de apenas 20 años de edad, la protagonista, se vuelve una sola evocación de la Brigitte Bardot de los años 50 y 60: rostro y figura, sonrisa, gestos, perseguidos de modo definitivamente obsesivo por Kechiche, justamente al modo en que Roger Vadim acosaba a la Bardot con su dirección y la cámara, para crear algunas de las escenas con mayor fuerza erótica que se hayan filmado, equiparables apenas a aquellas de Brigitte en Y Dios creó a la mujer (Et Dieu… créa la femme, 1956), para que esta vez el galán de entonces Jean Louis Trintignant, sea sustituido por Léa Seydoux (París, 1985) representando a Emma. La historia se lleva tres horas completas de un documento fílmico técnicamente inobjetable, que recuerda los fundamentos del movimiento cinematográfico europeo Dogma 95 de Von Trier y Vinterberg: Rodajes en locaciones reales, sin  crear ni decorar sets, música grabada en el mismo lugar en el que se filma, escenas obtenidas cámara en mano (¡que parece no abrir nunca en Adèle!), película a color sin luces especiales o artificiales, efectos ópticos o filtros, prohibición de la acción o el desarrollo superficial como tónica del filme.

De la obsesión del director por su estrella, del modo en que se acoplan Adèle y Emma, y de la aplicación de las normas del Dogma, surge la recreación perfectamente estética de un romance. Adèle la adolescente y Emma la experimentada exhiben la pasión de su enamoramiento, su vida en pareja y las complicadas confusiones de rol de género propias de tantas relaciones homosexuales, para que ambas, sobre todo Adèle, padezcan finalmente la tragedia de la ruptura. Al guión, al igual que al director y a la producción, no parece importarles si se trata de dos lesbianas y si la exhibición sin precedente que se hace de su vínculo erótico rebasa los límites de lo moral y culturalmente aceptable. El resultado redondea el trabajo de Kechiche: una historia romántica puede y debe contarse con la misma osadía, desenfado y fluidez que merece cualquier relato amoroso, no importa si en este caso se trata de amor entre mujeres, porque narrándolo así se pretende concederle absoluta naturalidad. No hay forma de saber si fue este mérito el que llevó al jurado de Cannes y a Steven Spielberg —su presidente en 2013, enemigo de la discriminación y la segregación cuando se trata de gays o de judíos, pero no cuando las víctimas son migrantes mexicanos en California— a otorgar el máximo galardón al filme. Tranquiliza al espectador que teme una película reivindicativa de lo gay, darse cuenta casi de inmediato de que se trata sólo de una historia de amor, perfecta por lo demás.

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