El genocidio de todas las épocas

Museo Memoria y Tolerancia. Magnífico proyecto que adorna a México

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Oscar Benassini 13/02/2014 00:00
El genocidio de todas las épocas

Claro que finalmente fuiste al Museo Memoria y Tolerancia, medio regañado por la penosa omisión que implicaba haber pospuesto la visita. Magnífico proyecto que adorna a México, más claro no puede ser el sentido de su museografía, del material exhibido en perfecto orden y con todas las aclaraciones que hagan falta, con un solo propósito en lo sucesivo: contribuir a la prevención de los genocidios. Así que saliste con tu personal cuota de humanitarismo ilusoriamente cubierta, para que sea ni más ni menos la justa de la paz, la amistad y la sana convivencia, los Juegos Olímpicos de Invierno Sochi 2014, el escaparate tan inesperado como injusto para exhibirte nuestra barbarie. Pena rusa se siente por todos los ciudadanos de aquel país empeñados en gestionar y lucir un escaparate así para una nación —economía emergente, le dicen los neoliberales— que lo requiere tanto. Los videos —la constante de este tiempo nuestro que nada permite disimular, ocultar— resultan de verdad indignantes, para ofrecernos un rostro de los rusos absolutamente contrario al espíritu de la contienda deportiva. Tal vez el de Human Rights Watch resulte el más claro y completo con sus apenas cuatro minutos y medio de duración: barbarie absoluta para vejar, atropellar y lesionar gravemente a quienes hoy día se suele llamar —porque somos buenos de hipócritas para esgrimir eufemismos— personas que viven en la diversidad sexual. Esos mismos cuyo exterminio sistemático por parte de los nazis denuncia el museo, homofobia vergonzosa en el siglo XXI, el más grave de todos los genocidios por su distribución mundial y su constante repetición en todos los rincones de la tierra, que ha elegido el foro de las Olimpiadas para pasarnos enfrente. Hombres y mujeres brutalmente golpeados, con absoluta impunidad para sus victimarios, dice Human Rights, humillantes juicios populares con denigrantes declaraciones de culpabilidad por parte de las víctimas, obligadas en consecuencia a lacerase el ano y el recto introduciéndose botellas de vidrio. Se proponen los mismos pretextos de siempre: la necesidad de presionar en la toma de decisiones acerca de la legislación relativa a la homosexualidad, o la pretendida protección de la infancia, nacida de la confusión absurda y absolutamente injusta entre homosexuales y abusadores sexuales, que tanto dan por cierta para justificar la perversidad de las agresiones, los crímenes que nadie parece perseguir. Rafael Salín (Diversos, No Perversos, Eros Ediciones, 2011), notable neurocientífico mexicano, se ha dedicado a recabar una robusta colección de evidencias científicas encaminadas a soportar el origen absolutamente natural de las afinidades homosexuales, para que su labor, como la de tantas otras agrupaciones e instituciones públicas y privadas, sea absolutamente pasada por alto cuando de promover de trata —como sucedió apenas por parte de una reconocida institución educativa mexicana— la “curación” de la condición homosexual. Algo similar puede decirse de los recientes esfuerzos regiomontanos para organizar y proponer la presencia y la promoción de pretendidos especialistas en semejantes curaciones. Yo no consigo más que reflexionar en el valor del conocimiento, en la cultura como expresión sencilla del saber, única vía que parece dejar la barbarie para curar la homofobia. Ahí está la estupenda labor cinematográfica de gran calidad artística: A four letter word, Raging sun, Raging sky, La mala educación, Judas Kiss, Seeing heaven, Shank, Patrick, Age 15, películas merecedoras todas de amplísima difusión. Lo mismo debe decirse de las letras, para destacar lo publicado por escritores como Arenas, Mishima, Brokey, Leavitt, Puig, Zapata o Renault, que sigue donde siempre, accesible sin resultados a todos aquellos que sin rubor exhiben una y otra vez su estupidez. Destaco dos cosas: la labor de Voces en tinta, inagotable difusora —desde la Zona Rosa, como debe ser— de ciencia y arte con el tema gay, y la cita de Rosseau que Salín utilizó como epígrafe en su texto: “Son nuestras debilidades las que nos obligan a socializar, son nuestras miserias comunes las que hacen girar nuestro corazón a la humanidad: no le debemos nada a la humanidad si no somos humanos. En cada vínculo hay un signo de insuficiencia que se compensa. No concibo cómo alguien que no requiere nada, que no requiere a nadie, pueda amar a alguien”.

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