Ciberromances

El amor en tiempos del gadget resulta una verdadera sorpresa en la cartelera.

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Oscar Benassini 06/02/2014 00:00
Ciberromances

Y es que no es lo mismo el cine con conocimiento de causa que las películas que te toman por sorpresa en vista del gusto standard y la maña de ver la que está por comenzar. Tramposa la película, mucho, baste considerar que tiene un pie en el género romántico y otro en el de las utopías.  El amor en tiempos del gadget o Ella (Her) resulta una verdadera sorpresa en la cartelera, para que ante la película que lo pone uno contra la pared sea posible moverse lo mismo en dirección de un “se trata de mero churro hollywoodesco” o de los pseudojipster calificativos “innovadora, seductora, aleccionadora”. No es para menos si se consideran los ingredientes: Spike Jonze (Maryland, EU, 1969), ex marido de Sofía Coppola y por lo mismo ex yerno consentido de un Francis Ford a la larga decepcionado, Spike el director y productor de videos, lo mismo impresionante director a sus apenas 30 (1999) de la estupenda Being John Malcovich que actor protagónico del Dwayne de El lobo de Wall Street, dirige ahora una historia de cuyo guión es también autor. Un Joaquin Phoenix (Puerto Rico, 1974) resurgido de la depresión bipolar, el consumo de sustancias adictivas y la muerte del hermano, River, por la misma circunstancia, casi irreconocible en una caracterización absolutamente distinta de todas las que le han merecido reconocimiento. Amy Adams, de princesita Disney a Lois Lane y a la cresta de la ola como perturbadora vampiresa en American Hustle (2013), consiguiendo hacerse pequeñita y coactuar un papel difícil de entender desde la ebriedad de éxito en su último protagónico. Impecable trabajo de producción, particularmente el diseño de sets y vestuario, así como la fotografía, asombrosa por sus agotadores acercamientos y su luminosidad. ¿Algo más? Scarlett Johansson dándole voz al cibernético objeto amoroso, virtual pero protagonista también. Theodore es un hombre en sus treinta y tantos, con un matrimonio roto y llevando a cuestas el oficio de escribir cartas, gracias a que puede ser todo lo empático que le demandan sus clientes imposibilitados para ello. Previa ruptura amorosa por su ineptitud para la intimidad, el escribano que vive en un utópico futuro de progreso cibernético adquiere un nuevo software auxiliar en todo y para todo, para desarrollar un romance con la voz, el pensamiento y el sentimiento femeninos que conlleva el programa. El nuevo vínculo sentimental, tan firme y poderoso que lleva a Theodore a admitirlo en público y defenderlo sistemáticamente, pasará por todas y cada una de las etapas de cualquier historia de amor, recreará cada cliché del enamoramiento en una secuencia precisa que consigue un ritmo y una intensidad inesperados, hasta poner al espectador a tronarse los nudillos al borde del asiento (así, no exagero, estaba Bárbara). Toda clase de héroes y villanos se habrán enamorado de cualquier variedad de villanas o heroínas en las más churriguerescas historias del cine, pero no contábamos con que Samantha se enganchara inicialmente con el dueño del gadget, superara todos los obstáculos que la torpeza afectiva de Theodore representara, lograra que ambos culminaran en el amor pleno con todo y erotismo masturbatorio, engañara a su amante con el filósofo británico Alan Watts (1915 – 1973), defensor de la necesidad de ajustar la conciencia a una realidad de naturaleza cambiante, por supuesto fallecido para el tiempo de la película, y terminara entregada a la promiscuidad en gigabytes con más de setecientos softwares como ello, obligada entonces a romper con Theodore. Más allá del amor y sus miles de ponderaciones, objeciones y discusiones, posibles todas en esta como en cualquier otra historia romántica, la esencia del relato la ofrece la nueva realidad, el software que nunca supimos en aptitud de cobrar vida hasta antes de la traición de Samantha y la decepción de Theodore, y la trágica soledad en la que deja a los amantes que incurren en la pifia de ser personas, para obligarse tras el abandono de sus amantes artificiales, a compartir abandono, desconcierto y desolación. Imposible decidir si la película es insufrible de tan mala o la travesura perfecta de un Spike Jonze que consigue tomarnos el pelo, apenas acepto que se disfruta y pasa a la categoría de obra de esas que hay que ver un par de veces más antes de juzgar.

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