José Emilio: eso y nada más

Ibas a poner que había muerto el mejor de los escritores de México.

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Oscar Benassini 30/01/2014 00:30
José Emilio: eso y nada más

¿Qué vas a escribir cuando se muera José Emilio Pacheco? Algo tienes que decir frente a la nada, al hueco que se queda ahí, imposible de llenar, al vacío que deja el que resulta indispensable, que se va y no parece permitirnos más luto ni más duelo que el silencio de los que sabemos que no hay nada que escribir que se acerque a lo apropiado, que medio cumplan las palabras en un trance así. Ibas a poner que había muerto el mejor de los escritores de México, y no te alcanzó el concepto porque hasta el domingo en la noche creías que era el mejor de los mexicanos. Anota que ya se le había muerto Monsiváis, el par imposible de sustituir, como le fueron faltando el médico Juan Vicente Melo, Sergio Galindo y Salvador Elizondo, su banda, la “generación de los 50”, medio siglo de nuestras letras al que pensábamos siempre que podían faltarle todos menos Pacheco. También apunta que se había muerto Paz y José Emilio hizo que la pérdida se sintiera apenas porque, poeta sobrado como era, ocupó sin alardes el sitio de nuestro filósofo de planta. Pero sobre todo consigna que sus letras fueron de todo porque recorrió los géneros con absoluta fluidez, para que lo menos que te salga apuntar es que a nadie más habrás leído con esa naturalidad del que reconoce cada texto desde la primera lectura. Admite que ni siquiera puedes estar seguro de que escribía en castellano, y que te gusta pensar que lo hacía en mexicano, desde El principio del placer (1972), lo primero que se te apareció en la preparatoria, la novelilla sobre la adolescencia nacional, que irrumpe y se ubica sin problemas en plena literatura de la onda, cuando José Agustín, Sainz y Parménides hacían de las suyas. Agrega que años más tarde, Las batallas en el desierto —que también fue película con guion de Vicente Leñero y canción de Café Tacvba— complementa a esos mexicanos que esbozaba en la primera. Las dos son indispensables, como nadie nunca podrá pasar por alto su trabajo periodístico, su Inventario publicado semana a semana, año tras año, sin que hayas leído una sola columna que no fuera excelente en la forma en que se hacían los textos a su México y el tuyo. Poco podrás aportar del trabajo lírico de Pacheco. ¡Qué no se ha dicho de su poesía!, sin duda el más acabado de sus modos de decir: Pacheco habrá sido poeta profeta al que resultaba esencial ofrecer la nada, la ausencia, el final con un solo vacío. ¿Nihilista? Nadie podría escribir eso, de tanta belleza que hay en sus versos y del modo en el que evadió siempre cualquier sesgo retórico que le impidiera simplemente decir. De premios y reconocimientos no tendrás mucho que anotar, los ganó todos, sin que —estarás seguro— haya pretendido nunca ninguno, hasta —sin afectación alguna— profetizar la desaparición de su trabajo una vez que se hubiera ido. “No creo que nadie recuerde mi obra”, declaró hace casi cuatro años. De todo lo que podrías seguir poniendo aquí porque se trata de José Emilio Pacheco, reconoce que lo que te conmueve profundamente es descubrir que vivió exactamente como escribió. De sencillez absoluta, artista que jamás pretende nada, volcado sobre las palabras y las páginas con la seguridad de que esa es su durísima pero inevitable tarea, Pacheco transcurrió en su propia dimensión sin permitir jamás que nada ni nadie lo sacaran de su espacio de expresión. Paralelo, colateral, ajeno sin igual al transcurrir de la política que nunca determinaba lo que decía, testigo fiel, perfecto, de los movimientos sociales y sus cambios, sabe siempre que debe dar fe, rendir ese testimonio perfecto para el que estaba dotado como ninguno, y nada más. Como sucede con los artistas grandes, siempre has sabido que no hay más modo de ofrecer el aval final a su trabajo que su muerte. Así se te murió José Emilio, para hacerle espacio a lo que escribió. Sus versos pueden —¡y deben!— leerse por cientos, hasta si se quiere sin orden ni secuencia porque todos dicen sin más. Una vez leíste La flecha, y supiste que las palabras armadas así —Pacheco, por supuesto— podían modificar del todo tu versión de la vida: “No importa que la flecha no alcance el blanco/ Mejor así/ No capturar ninguna presa/ No hacerle daño a nadie/ pues lo importante/ es el vuelo la trayectoria el impulso/ el tramo de aire recorrido en su ascenso/ la oscuridad que desaloja al clavarse vibrante/ en la extensión de la nada”. Eso y ya fue el poeta, y desde “La flecha” no tienes otra manera de entender la existencia y lo que tantos llaman el más allá. Eso y muchísimo más vas a deberle siempre a Pacheco, cuando se muera. 

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