Jazmín azul

Cada trabajo de Allen resulta invariablemente superior al anterior.

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Oscar Benassini 16/01/2014 00:00
Jazmín azul

Seguramente somos muchos ya los que con cada película de Woody Allen nos hacemos la misma pregunta: ¿Por qué el neoyorquino más famoso del mundo no cambia de fórmula? La duda ha resultado hasta ahora imposible de sostener y en cada entrega puntual nos resulta claro que no tiene ninguna necesidad de hacerlo. Jazmín azul (Blue Jasmine, 2013), su trabajo más reciente, se vuelve un compendio impecable de su modo de hacer cine: la historia puede ser cualquiera, tanto que él mismo es desde hace muchos años su único guionista, los actores deben someterse (materialmente) a su dirección perfecta y resistir al asedio de la cámara constantemente pegada a ellos buscando captar prácticamente todo lo que consigan expresar, las locaciones serán siempre ese cuidadoso muestrario de la ciudad escogida, con espacios interiores siempre en perfecta armonía, cuidadosamente diseñados para albergar los acontecimientos y hacer un relato de las debilidades humanas, la obsesión indudable del cineasta judío. Cada trabajo resulta invariablemente superior al que lo antecedió, para que nos sorprenda siempre lo que ya sabíamos que iba a suceder. Ese es el caso con Jazmín azul, llena de las constantes pretensiones y la simbología inmejorable de Allen, esta vez planteándonos y no su personalísima versión de Un tranvía llamado deseo, aunque una y otra vez insista en que nada que ver. En el drama para teatro de Tennessee Williams (1947), más tarde llevado al cine bajo la dirección de Elia Kazan (1951), la protagonista, Blanche Du Bois debe trasladarse de su natal Laurel, Mississippi, a Nueva Orleans, a vivir con su hermana Stella, ante el grave quebranto patrimonial que ha sufrido y el reciente suicidio de su esposo. Ahí conocerá a su cuñado Stanley, un polaco barbaján cuya interpretación inmortalizó a un joven Marlon Brando, y con quien sostendrá una relación plena de ambigüedades. El propósito del relato será siempre poner en evidencia la insania de Blanche y la tragedia a la que la conduce. En la película de Allen el personaje sobre el que descansa la historia no se llama Blanche sino Jasmine, aunque sea protagonizada por Cate Blanchett, ya puede uno imaginar el encogimiento de hombros del director y productor ante la casualidad. Jasmine se traslada de Manhattan (por supuesto) a San Francisco, a vivir a casa de su hermana Ginger, tras haber propiciado la quiebra financiera y el suicidio de su esposo Hal (Alec Baldwin). Ginger es una mujer divorciada pero sostiene un noviazgo con un sujeto que sustituye la brutalidad de Stanley con esa anodina estupidez que Allen consigue cada vez que quiere en tantos de sus personajes.  De nuevo el filme tiene el mismo propósito del drama que lo inspira: evidenciar la patología mental de su protagonista, y en ello el resultado del film es absolutamente magistral. Una Cate Blanchett como no se habrá visto en ninguna otra de sus ya de por sí excelentes caracterizaciones, combina la elegancia neoyorquina a la que le dio acceso su matrimonio con el fraudeador Hal —referente, de paso, de lo que se convirtió en vergonzoso modus vivendi, gracias al amparo de George Bush hijo, en EU del siglo XXI—, con la persistencia a toda prueba y ante cualquier evidencia, de su patológico modo de conducirse una y otra vez, sin rendirse nunca. Como sucedió hace más de medio siglo con Blanche en el drama y la película de Kazan, sólo que ahora por vía de la comedia y enfrentando ridículo tras ridículo Jasmine se convierte en la perfecta representación de la histérica de nuestro tiempo, con sus infalibles fármacos para la ansiedad y la depresión, y las constantes menciones —indispensables en el cine de Woody Allen— de siquiatras, terapias y categorías diagnósticas. Por mucho que se dude, la película no parece pretender la parodia de Un tranvía…, y se empeña —como tantos de los trabajos de Allen— sencillamente en exhibir el actuar de una mujer enferma y el relato que desde ahí pueda tejerse. Para mí consigue ubicarse al lado de las grandes historias con esa temática: Jasmine parece ser la Madame Bovary del siglo XXI, por obra y gracia de su autor, que conseguirá siempre dejar claro que su fórmula sigue vigente.

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