Cultural augurio, regalo de Reyes

Las redundantes maniobras burocráticas respetaron hasta el calendario.

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Oscar Benassini 09/01/2014 00:50
Cultural augurio, regalo de Reyes

Al fin brotaba el humo blanco por la chimenea del arte y la cultura en el Palacio del Ayuntamiento. El relevo se había consumado y la Ciudad con Ángel ya tenía un nuevo paladín de las disciplinas estéticas. Las redundantes maniobras burocráticas respetaron hasta el calendario, para que con el advenimiento de 2014 pudiéramos saber a salvo nuestro patrimonio cultural, renuncia “por motivos personales” de por medio, porque asúmase universal precepto, en un régimen democrático a nadie se echa del puesto que se le había pedido desempeñar, y todos tenemos derecho a esperar ese rayito de luz que de repente anida en el corazón del mal funcionario para hacer que broten los personales motivos, el entendimiento de su ineptitud y la irremediable partida por propia voluntad. ¿Qué demócrata que se precie de tal corre al (la) que no funcione? Y si, doña democracia, esa piruja fea y falsa, absurda, teatral, hipócrita, se hizo presente de nuevo para hacer claro el camino del gobernante, sólo que esta vez no eligió la menos insultante y absurda de sus manifestaciones: la de los votos. Venía entonces con esa otra caracterización, al gusto, en este caso, de los intelectuales de oficio: la de las cuotas. El mismísimo Publio Virgilio Marón (70 a.C–19 a.C) hubo de poner por delante las loas esenciales a César Octavio Augusto para poder escribir su Eneida, imposible que en nuestro democrático tiempo no haya cuota consecutiva a cantar las alabanzas que merecen los iluminados. Al gobernante práctico, congruente con los usos de su tiempo, habrá tareas que le resulten esenciales, de tal manera que para que algún poder tenga en su cumplimiento debe ceder aquellas a las que no conceda importancia. Casi estoy seguro de que un pasaje al respecto se le pasó a Nicolás Maquiavelo en su Príncipe: “Y si lo del príncipe no son los asuntos culturales, hágase de cargos y puestos una prebenda a conceder a los modernos Virgilios”. ¡Pero si fueron ellos los que le dijeron que la pusiera! Será lo que sea, si no funcionó, para afuera y traemos otro, previa leyenda más que negra, mitad cierta mitad no como todos los mitos: que si le retiro su apoyo a tales y cuales proyectos, que si hablaba empleando palabras soeces, que si maltrataba a los empleados, que si sus proyectos no funcionaban, y que si quién mandó restaurar la estatua de El Caballito. La Secretaría de Cultura de la Ciudad de México opera cinco museos, dos centros culturales, seis escuelas de educación artística, tres teatros, cuatro fábricas de artes y oficios, y el Archivo Histórico. Cada delegación, a su vez, está facultada para manejar sus propios espacios, eventos y recursos. Y claro, las actividades y los centros de cultura que operan bajo la responsabilidad directa de Conaculta llevan a cabo actividades constantes en la capital del país. Entonces no es fácil distinguir los programas y eventos que fueron y son responsabilidad directa de la Secretaría, aunque en principio sus casi 500 millones de pesos de presupuesto la convierten en una posición más que atractiva para tantos como hay que piensan que sus gobiernos les deben y de alguna forma tienen que pagarles. Quede claro además para cualquiera, si no se es un estalinista de tiempo completo, que los artistas no están a la espera de la divina inspiración y el combustible financiero de los gobiernos (federal, citadino, delegacional) para hacernos la cultura. ¿Vientos de cambio en dirección a un proyecto y un movimiento cultural claros que forman parte de la política y el gobierno de la ciudad? ¿Son esos los augurios? O sencillamente un gobierno práctico que cede lo que no entiende, lo que no le interesa, a un grupo que ha llegado a hacer corporativista presencia hasta merecer ubicarse en primera línea cuando de repartir se trata. Considero incuestionablemente prodigiosas las letras de don Alfonso Reyes; nomás no vaya a resultar que no era porfirista y antirrevolucionario. Yo creo que ya no se acuerdan de aquella publicitaria maniobra en la que nos prometieron nada menos que a Elena Poniatowska —absurdamente— como titular de la susodicha secretaría.

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