Peter O’Toole

COMPARTIR 
Oscar Benassini 19/12/2013 07:08
Peter O’Toole

Apenas cumplió medio siglo —en 2012— una de las mejores películas jamás filmadas, mientras Peter O’Toole cumplía 80 tras haber anunciado su retiro definitivo de cualquier actividad actoral, cuando se me apareció el tráiler de Catalina de Alejandría, producida por Columbia Pictures para ser estrenada en 2014. ¿La sorpresa? Peter O’Toole de nuevo en un papel estelar: Cornelius Gallus, bajo la dirección de Michael Redwood. ¿Supo de su muerte y quiso filmar una vez más? El fin de semana pasado, su hija Kate anunció el fallecimiento de quien tal vez haya sido el mejor actor en la historia del teatro y el cine, un irlandés autodidacta a no ser su carrera actoral, que cambió su vocación de poeta y el oficio de periodista por la actuación. Sesenta años en el teatro y más de cincuenta en el cine, que lo convirtieron en ese modelo de arrogancia sin igual, absoluta dignidad en mezcla justa con la sobriedad, para un hombre conocido en la intimidad por su sencillez y cordialidad. Lawrence of Arabia habrá sido su encuentro con la fortuna, el prestigio y el dinero, tras un casting que resultó absolutamente preciso para un papel que había sido rechazado por Albert Finney (uno de los mentores del propio Peter en la Academia Real de Arte Dramático) y por Marlon Brando: T. E. Lawrence, el teniente del ejército inglés famoso por liderar a las tribus de Arabia Saudita en su lucha contra Turquía, a principios del siglo pasado. La película dirigida por David Lean sigue siendo considerada un documento fílmico, histórico y estético único, de tal forma que puso a O’Toole en esa situación paradójica que el siguiente medio siglo han vivido tantos actores europeos: ponerse en la ruta de la fama y los millones de dólares a través de un Hollywood que les resulta vulgar e indecoroso. La situación en la película parece una sola metáfora de la vida del actor: el teniente Lawrence, en principio inglés, reniega de su identidad y el poder que lleva detrás para adquirir la identidad de sus tribus de árabes nómadas del desierto, indomables, libres. Peter O’Toole fue nominado al Oscar ese año (1962) y en seis ocasiones más a partir de entonces; nunca ganó la estatuilla. A cambio, la película se llevó siete premios en el año de su estreno, y en 2003 la Academia otorgó al actor irlandés un premio honorario a su trayectoria. Su carrera teatral se considera única, con su insuperable Macbeth de larguísimas y agotadoras temporadas y su trabajo en el género de la comedia con múltiples éxitos que sólo pueden atribuirse a su profunda ironía. Del cine queda una larga lista de películas, todas de tal calidad que no habrá quizá quien le haga sombra nunca: Beckett (1964), El León en invierno (1968), Adiós, Mr. Chips (1969), Lord Jim (1965), El último emperador (1987), Venus (2007), y hasta churros como Qué pasa pussycat o Casino Royale, a los que vestía su participación. Devoto de Shakespeare, no hubiera cambiado una temporada con cualquiera de las tragedias que representó, por los millones de una producción de Hollywood. Y lo que todo mundo sabe, a lo que hay que darle algún sentido: Peter O’Toole fue alcoholepto. Parrandero natural durante 50 años, se hacía acompañar nada menos que de dos gigantes de la actuación: Richard Burton, alcohólico también, y Richard Harris, y con frecuencia se enredó en el consumo de sustancias como la mariguana y los alucinógenos. Casi muere por la bebida a consecuencia de una pancreatitis aguda y un supuesto cáncer gástrico curado que nunca se comprobó, para prometer a sus cuarenta y tantos que habría de dejar la bebida. La promesa tuvo que esperar hasta sus 70 para repetirse, tan en serio o tan en broma de nuevo, que al parecer Peter nunca dejó de beber alcohol. Casado en dos ocasiones, tuvo dos hijas de su primer matrimonio (Kate y Patricia) y uno del segundo (Lorcan Patrick). El artista irlandés permitió siempre que su nacionalidad permeara en su forma de vivir: temperamento absolutamente rebelde, más que antimperialista, refinado, soberbio para tratar con quienes hubieran sido sus amos, y borracho siempre para contender con el dilema del triunfo que los gringos le brindan para regateárselo siempre. La banda sonora, los jinetes cabalgando por el desierto y la mirada fiera que nadie consigue sostenerle a un soldado inglés transfigurado en beduino obligan a ver Lawrence por enésima vez, de inmediato.

Comparte esta entrada

Comentarios