Libros: asunto de estancamiento

El año pasado la industria editorial produjo 330 millones de ejemplares.

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Oscar Benassini 12/12/2013 00:00
Libros: asunto de estancamiento

Año con año la FIL le abre espacio al inagotable tema de los libros en México. En esta ocasión, la Cámara Nacional de la Industria Editorial (Caniem) ofreció algunos datos relativos a la producción de los susodichos artefactos, así como algunas consideraciones por parte de su vocero Antonio Aldo Falabella. La información corresponde al año anterior —2012— porque las cosas no fluyen en ese mundo como para contar con datos de lo que está ocurriendo ahora. Dándolos por bueno para hacer una columna, consignamos que el año pasado la industria editorial produjo 330 millones 700 mil ejemplares, sin que sepamos a cuántos títulos correspondieron. De ellos, 57% fueron publicados por instancias gubernamentales, llamadas “públicas”, y 43% por las editoriales llamadas “del sector privado”. La cifra total está 10% arriba de lo que se produjo en 2011. Falabella citó tres circunstancias que han complicado a la industria editorial: 1. El gobierno, desde siempre comprador importantísimo, adquiere cada vez menos libros producidos por editoriales privadas. 2. Cada vez hay menos librerías en México, donde vender lo que se produce. 3. La Ley de Fomento a la lectura y el libro ha resultado literalmente ignorada, “no puede entrar en funcionamiento”, dicen las notas de los periódicos, curioso, como si en México alguien respetara las leyes, ¡como si sirvieran para algo! A criterio de la Caniem, según su vocero, la industria editorial en México se encuentra estancada. Para mí en cambio ha resultado agradable noticia que exista todavía, en una circunstancia social y seudocultural que pareciera llevarla a la desaparición. Más o menos tres libros al año para cada mexicano, producidos, conste; imposible saber cuántos se vendieron y se leyeron. Consigno aquí que casi estaba seguro de que el peor negocio que podría uno abrir era una librería, hasta que conocí el mundillo de la producción librera. Así están las cosas para la mayoría de las editoriales: de cada 100 pesos que cualquier cliente pagó por un libro en algún establecimiento, la editorial dispone de 40, de los otros 60 la librería toma 20, y el distribuidor —indudablemente el cuello de botella del negocio— se queda con cuarenta. Casi la mitad del precio del libro se va en recibir tirajes de las editoriales, almacenarlos, inventariarlos, entregarlos a las librerías, recibir de regreso los que no se vendieron en un plazo generalmente absurdo de tan breve, y entregar —más que maltrecho— lo que no se vendió. Si a los 100 pesos originales restamos diez de regalías por derechos de autor, las editoriales tienen 30 pesos para producir un libro que nos cueste 100, y obtener de ahí alguna utilidad. Morir en el intento, destino común y casi inevitable, puede ser el resultado final de la osadía. ¿Qué dicen las editoriales, pequeñas y hasta medianas? Que en efecto, cada vez hay menos librerías y que las que existían van desapareciendo ante la competencia de cuatro o cinco enormes empresas que han monopolizado la venta y han hecho perder mercado a los buenos libros, a costa de ofrecer a la clientela los títulos que sí van a venderse, a criterio del comprador de la empresa —que conoce del mercado pero nada o casi nada de libros— por supuesto. Por si fuera poco, las reducciones en los precios propias de ofertas y otras promociones, afectan también al precio inicial que da la editorial. Nos dice la Caniem que cuenta con 222 editoriales afiliadas, y más allá de los consorcios grandes, habitualmente extranjeros, las editoriales mexicanas parecen hacer mucho más de lo que pueden con semejantes perspectivas de comercialización. Ya ni hablar de magníficos escritores que nunca son considerados por los editores en vista de que sus libros pueden resultar excelentes pero no van a venderse en un mercado en el que triunfan títulos más que malos, del tamaño, nada menos de quienes consumen. De nada vale que los escritores lo vean precisamente al revés: no van a venderse buenos libros mientras no haya quien los edite. ¿Y el libro electrónico, especie de Némesis del columnista? Bueno, de 2011 a 2012 creció casi 60% el número de títulos disponibles, que para ese año fue de dos mil 739, insignificante todavía, de acuerdo con la opinión de la Caniem. ¿Y qué se nos estaba pasando? Ah, los libros también son útiles para llenar las horas de ocio de los políticos en desgracia. Ahí está por ejemplo la autora del título aquel memorable: Dios mío, hazme viuda por favor (exquisitez literaria, imagino), ex candidata a la Presidencia que recién nos ha platicado que se le escondía a los reflectores porque estaba escribiendo ¡otro libro!     

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