Político… y si no, narco; drogas, mujeres y corridos

La industria de las drogas es un bosque poblado de hombres en régimen de casi exclusividad

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Opinión del experto nacional 11/03/2014 02:36
Político… y si no, narco; drogas, mujeres y corridos

Por Carlos Resa Nestares*

Primera de dos partes

 

¿Por qué hay tan pocas mujeres en los escalafones superiores de la industria de las drogas?

Por la misma razón por la que la Confederación Patronal de la República Mexicana se asemeja más a una fraternidad que a una maternidad.

¿Por qué los distribuidores de drogas confraternizan (y más) con mujeres físicamente atractivas?

Por el mismo motivo que entre idéntico target femenino tienen éxito Cuauhtémoc Blanco, Marc Anthony, el hijo menor de Isabel Pantoja o Flavio Briatore.

¿Por qué los narcocorridos son tan degradantes con la imagen de la mujer?

Por el mismo motivo que, con excepciones, lo son los corridos tradicionales que desconocen a las drogas como trama.

Podría ofrecerse una explicación más sofisticada a estas tres preguntas interconectadas. Pero no haría sino complicar artificialmente una evidencia universal: la industria de las drogas, como prácticamente cualquier otro apartado del mundo criminal, es un bosque poblado de hombres en régimen de casi exclusividad.

Entre 2009 y 2012, seis mil 400 mujeres fueron condenadas en México por delitos contra la salud. Una enormidad, sin duda. Representaban el 8,2 por ciento del total de convictos. Y bajando: del 9,8 por ciento en 2009 al 7,4 por ciento en 2012. Podría jugarse, a título de inventario, con la hipótesis de que las mujeres son más diestras (o más zurdas, si se invoca el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss) para lidiar con éxito con el sistema público de justicia. Pero eso llevaría a concluir en paridad que Elba Esther Gordillo es tan solo la punta del iceberg de una monumental corrupción política dominada por mujeres.

Incluso en las jerarquías más accesorias de la industria de las drogas y entre sus consumidores finales, las mujeres son exigua minoría. En Ciudad Juárez, cuna del “feminicidio”, los hombres eran asesinados en una ratio de diez a uno con respecto a las mujeres.  Entre 2002 y 2012 más de siete mil personas fueron juzgadas en España por importación de cocaína en vuelos comerciales (vulgo heteropatriarcal: mulas). El 26.8 por ciento eran mujeres, una proporción que se elevaba al 27.6 entre los mexicanos de nacimiento, incluyendo a cuatro azafatos y cero azafatas de Aeroméxico, una plusmarca sin igual entre las aerolíneas de todo el mundo.

Se podrá hacer una recopilación de las anomalías más sonadas desde María Ignacia Jasso González hasta Sandra Ávila Beltrán, como hace magistralmente Arturo Santamaría Gómez en Las jefas del narco. Se podrá creer como William Seward Burroughs II a un consumidor de heroína (reconocidos paradigmas de la sinceridad en el mundo) que “en la ciudad de México hay un monopolio, una mujer controla el mercado negro: [María Dolores Estévez Zulueta]. Sólo ella vende droga en la ciudad de México. Nadie más. Quien osa hacerle la competencia, por órdenes suyas, es de inmediato aprehendido por la policía”. Se podrán escribir docenas de artículos larguísimos y sesudísimos sobre narcocorridos (sorprendentemente la ficción ha generado más literatura académica que el fenómeno en sí) recalcando que Camelia la Texana fue la que dio el pistoletazo de salida.

Y podrán hacerse todos los esfuerzos imaginables para dar visibilidad a las mujeres, y aun así el rol femenino en la industria de las drogas estará mucho más cerca de lo que escribió Patricia Adler en Wheeling and dealing, la mejor monografía académica sobre distribuidores a gran escala, todos hombres: “quieren un bellezón que cuelgue de su brazo y que vaya con ellos a todas partes. Pero no quieren tener una relación con ellas. Prefieren que la tipa sea lo suficientemente tonta como para que le deje con un par de botellas de vino y le diga: me voy a trabajar, nos vemos mañana. Quieren una chica que acepte su lugar y que tenga el suficiente cerebro para saber cuándo callarse”.

El reportaje para la televisión francesa Talons aiguilles et gros calibres, de Stéphanie Brillant y Manon Querouil hizo corpórea este enfoque internalizado. Una escultural belleza sinaloense que se presentaba a sí misma como una estudiante de administración de empresas de veintidós años, hija de un político de relumbrón y novia durante dos años de un distribuidor de drogas con “mucho poder y mucho dinero”, definió claramente su papel: “No [sé el papel de mi novio en la industria de las drogas]. Yo separaba mucho mi relación con sus cosas laborales, con su trabajo. A mí no me interesaba mucho”. Y, como relata Henry Ford en su autobiografía, es muy probable que a su pareja tampoco le interesase ponerle al día sobre sus negocios: “Te involucras con alguien y luego le dices algo. No podía permitir que nadie se acercase tanto a mí”. Es un riesgo tan grave como innecesario.

*Académico de la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en estudios sobre crimen organizado.

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