El mundo post-Guzmán Loera

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Opinión del experto nacional 28/02/2014 02:06
El mundo post-Guzmán Loera

por Carlos Resa Nestares *

Primera de cuatro partes
 

La jubilación de El Chapo

“Cuando un hombre ha estado en la cárcel una vez, vuelve. Es inevitable, las estadísticas lo demuestran.” 49 mil 740 días después de pronunciadas estas palabras en París y cuatro mil 872 días después de desertar de su primera estancia forzosa en Tonalá, Joaquín Archivaldo Guzmán Loera finalmente se ha alineado con el discurso del príncipe de Smolensk, Piotr Alekséyevich Kropotkin.

Que las cárceles son escuelas (de negocios) para delincuentes ha sido la única teoría imperecedera de la criminología desde que presume de ser ciencia y mucho antes. En realidad es una idea tan antigua como la propia existencia de las prisiones y la consecuencia lógica de agrupar en un espacio reducido la mayor concentración por metro cuadrado de información y know how sobre actividades criminales, abundante tiempo libre y enormes dosis de ambición personal.

Pero lo mismo que es seguro que las cárceles coparían los primeros lugares de la clasificación de Masters of Business Administration del Financial Times (especialidad: Criminal Business) por calidad y experiencia de sus “docentes”, igualmente es real que paralizan el ejercicio cabal y completo de esos conocimientos como Chief Executive Officer (CEO). Así que el drama de las drogas ilegales en México puede despedirse de Guzmán Loera en su papel de actor principal o secundario al tiempo que él puede ir preparándose para su jubilación profesional, si es que no lo estaba ya.

En principio, le sería posible movilizar los resquicios de información que le queden, sobre todo de sus contactos, desde prisión. El capital humano no entra en jubilación forzosa en paralelo a la inmovilidad de su propietario. Cualquiera puede dar órdenes para matar, para trasladar, para vender, para lo que sea, desde cualquier lugar. Que esas decisiones se transformen en hechos sólo depende de que las órdenes las respalde una cartera rebosante. Quien paga manda es una máxima vital que se cumple siempre. Y ese siempre incluye a las prisiones de máxima seguridad con restricciones máximas a la circulación de personas e información.

El primer vector de decisiones de Guzmán Loera en la cárcel será asignar responsabilidades por su detención. Como es improbable que acepte su propia impericia, se irá haciendo su composición de lugar (no monolítica, dependiente de la información disponible, en parte producto de fogosísimas ensoñaciones) sobre su forzoso cambio de domicilio. Cualesquiera que sean sus conclusiones individuales, habrá seguro tres esferas de responsabilidad: los que salieron en televisión presumiéndola, los que la practicaron sobre el terreno y los que facilitaron su arresto desde el sector privado.

Nunca puede descartarse una deriva paranoica a la Pablo Escobar Gaviria en una industria ilegal donde existe más que la justa proporción de imaginaciones calenturientas y problemas sicológicos. Pero los políticos y su entorno están fuera del rango de acción de los distribuidores de drogas, incluso de los más enérgicos, y quienes participaron directamente en la detención es imposible que los individualice como para represaliarlos. A lo más que llegará es a filtrar información perjudicial para la imagen de políticos y altos burócratas militares y policiales, que es gratis. Que sean verdaderas o falsas es indiferente a su objetivo punitivo. Lo importante es la visibilidad.

Esto deja como únicos potenciales objetivos de su desagravio a su entorno personal y laboral más cercano. La estupidez y la irracionalidad humana tienden a infinito, pero castigarlos implica dilapidar parte de sus ahora escasos recursos humanos y físicos, difícilmente manejables desde prisión, a un fin que es contradictorio con su único objetivo actual: acortar y acondicionar su estancia en prisión.

Más difícil que ordenar acciones violentas será la continuación de su vida laboral en la industria de las drogas. A diferencia de la extorsión o el asesinato, el negocio de las drogas no es coactivo sino consensual. Los beneficios no son el fruto de órdenes unilaterales sino de deseos sincronizados. No se obliga a nadie ni a venderlas ni a comprarlas. Las ruedas de su molino las mueve el deseo de las personas de consumir drogas o de revenderlas a beneficio propio. Y la evidencia planetaria de que los movimientos de Guzmán Loera están limitados por quienes amenazan con cercenárselos a cualquiera que se acerque a él con motivos pecuniarios son el mejor inhibidor de clientes del mundo.

Aunque en el mundo delictivo abundan la temeridad y la imprudencia en proporciones asombrosas, cualquiera con un mínimo de sensatez no necesitaría más pruebas de los formidables riesgos para la propia seguridad personal que se asocian a implicarse en negocios con Guzmán Loera. Cualquiera con un mínimo de juicio no necesita más evidencias de la nulidad profesional de Guzmán Loera, que ha sido incapaz de garantizarse lo mínimo para seguir en el negocio: su propia libertad de movimientos.

Obviando los ahorros que disfrutará Guzmán Loera en su seguridad personal, que han sido nacionalizados por la vía de su detención e inmovilización, los mismos que contrarrestarán los disparados costes de su defensa legal, la imagen de marca de Guzmán Loera en el mercado de las drogas ha sido herida de muerte. La sangría de clientes será inmediata. El cash flow se drenará en el cortísimo plazo y tendrá que aprender a vivir de sus ahorros, cualquiera que sea su tamaño. Pero esto ya lo conocía Guzmán Loera de su anterior paso por prisión. Y si no hubiese adquirido entonces suficiente capital humano en la materia, siempre puede pedir consejo a sus compañeros de alojamiento, que son especialistas de sobrevivir financieramente a la jubilación obligatoria.

                    *Profesor asociado de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid

                                                                                                                                         carlos.resa@uam.es

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