Las mentiras de Aburto

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Martín Espinosa 18/02/2014 00:56
Las mentiras de Aburto

Definido con una personalidad “narcisista”, proclive a buscar  reconocimiento social que lo llevaba a inventar historias y a convertirse en “héroe” (se dibujaba a sí mismo como Caballero Águila), Mario Aburto Martínez se convirtió de la “noche a la mañana” en el centro de la atención pública a raíz de aquella tarde del miércoles 23 de marzo de 1994, en Tijuana.

Conocí gran parte de su expediente de manos de su entonces abogado de oficio, el Lic. Héctor Sergio Pérez Vargas, quien le fue asignado en el penal de máxima seguridad, entonces llamada de Almoloya de Juárez por su ubicación en aquel municipio del Estado de México, muy cercano a la ciudad de Toluca. Y pude conocer varios de los escritos elaborados a mano, en hojas de papel tamaño carta, en los que Mario Aburto decía que quería ser “sacerdote para ayudar al prójimo”. Sin embargo, Aburto Martínez cambiaba con cierta frecuencia sus dichos y daba explicaciones diversas sobre el móvil que lo llevó a cometer el magnicidio.

Desde un principio se dijo que los “conspiradores” contra Luis Donaldo Colosio habían preparado muy bien la “coartada” de colocar en la “escena” del crimen a varios hombres muy parecidos a Mario Aburto, quien realmente fue el que disparó el revólver de fabricación brasileña, marca Taurus, calibre 38, vendido primero en San Francisco, California, y luego en Texas para —de ahí— entrar a México a través de la ciudad de Tijuana.

De hecho, esa hipótesis se analizó muy poco por los cuatro fiscales que tuvieron en sus manos el caso; primero, el Lic. Miguel Montes García, y posteriormente Olga Islas, Pablo Chapa Bezanilla (el fiscal del caso de la bruja conocida como La Paca) y Luis Raúl González Pérez.

Asimismo, un nombre resultó “clave” en aquellos días, pero hubo “intereses ocultos” que prácticamente lo borraron y lo desaparecieron de la investigación: José Antonio Sánchez Ortega.

Su parecido con Mario Aburto era sorprendente. Estaba aquella tarde en Lomas Taurinas cuando Aburto accionó el arma con la que hirió de muerte al entonces candidato presidencial priista. Llegó a ser detenido durante algunas horas por tener sangre en la chamarra que llevaba ese día. Se llegó a concluir que pertenecía al Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) y que recibía órdenes directas del entonces asesor del presidente Carlos Salinas, el siempre “oscuro” José Córdoba Montoya.

Años después, Sánchez Ortega reapareció en el gobierno de Humberto Moreira en Coahuila. Pero por cuestiones hasta hoy “incomprensibles” nunca más fue “molestado”.

Hay otro nombre que Mario Aburto llegó a mencionar en sus “escritos” hechos en la celda que ocupaba en Almoloya. Se trata de un funcionario de Gobernación que siempre “se ponía” a las órdenes de Aburto y que de vez en vez acudía a su celda para “ofrecerle” algunos tratos a cambio de que no “revelara” nada del caso y al que identificó con el nombre de Romeo. Esa línea tampoco se investigó. Lo que se supo es que años después ese funcionario, que sí existió, murió cuando intentaron “asaltarlo” en el barrio bravo de Tepito, asesinato que quedó consignado en la prensa policiaca.

Lo cierto es que desde el principio todo fue “confusión”; desde ese “extraño” lugar al que el entonces candidato priista fue obligado a recorrer hasta quienes participaron en la “logística” de aquel trágico mitin e incluso las primeras versiones que se dieron a conocer por parte de las autoridades de la PGR y las contradicciones en que cayeron posteriormente los investigadores. Hoy, a casi 20 años de distancia del crimen que conmovió al país, la pregunta ya no es: ¿quién mató a Colosio? Sino ¿de qué forma ha afectado a la legalidad en México el que nadie crea en las versiones oficiales que se difundieron una vez que se decidió cerrar la investigación del homicidio?

El propio Aburto ha contribuido a crear más confusión debido a las múltiples versiones que ha dado desde el principio. Y revisando su perfil sicológico, es evidente que un individuo con sus características es incapaz de presentarse como la “fuente” más confiable para desenmarañar la madeja que aún hoy representa hurgar en el magnicidio que cambió la presidencia de México en 1994. Las pistas están en otro lado.

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