El clientelismo político

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Martín Espinosa 11/02/2014 00:41
El clientelismo político

Ya lo advertía en su obra más reciente —Por una Democracia eficaz. Radiografía de un sistema político estancado, 1977-2012— el ex presidente consejero del Instituto Federal Electoral, Luis Carlos Ugalde, al preguntarse el porqué del desencanto y la frustración con los logros de la democracia mexicana: “El clientelismo es un sistema de intercambio de beneficios entre un ‘patrón’ y sus ‘clientes’, entre políticos que dan prebendas, cargos públicos y presupuestos a cambio de apoyo político o económico; un sistema de intermediación en el cual los patrones (el gobierno, el partido) dan dinero, puestos, beneficios laborales, contratos y concesiones a diversos clientes organizados (los sindicatos, las organizaciones campesinas, los grupos urbanos, los gremios empresariales y de profesionistas) a cambio de votos, de financiamiento para campañas o, simplemente, para que haya estabilidad y orden”.

La anterior definición encaja perfectamente para explicar muchos de los problemas que hoy nos estallan en las manos a los ciudadanos, que no a las autoridades, que todo lo pretenden resolver bajo este sistema de gobierno que lo único que ha hecho ha sido agravar los problemas y profundizar, aún más, sus consecuencias.

Desde el caso Michoacán hasta lo que sucede en el magisterio nacional, pasando por los grupos sociales que se acostumbraron a vivir de la mano generosa del gobierno, mucho tiene que ver el llamado clientelismo político.

Cualquier asunto que hoy reviente el orden y la convivencia civilizada entre los ciudadanos tiene como trasfondo ese viejo vicio, perfeccionado en sus años de esplendor por el PRI y heredado, en mayor o menor medida, al resto de los partidos que, con el paso de los años, se han sumado al espectro político del país.

Es sabido que, de siempre, en la política mexicana, el surgimiento de los “líderes políticos” se da a partir del peso específico que tengan en cuanto al número de movilizados que logren reunir en un mitin o marcha, aunque para ello tengan que regalar tortas, refrescos y hasta dinero, como lo hemos visto en contiendas electorales en todo el país.

Pero el fenómeno va más allá. Incide directamente en la vida de los ciudadanos cuando para obtener permisos, agilizar o realizar cualquier trámite, se requiere de la entrega de una dádiva a algún funcionario, muchas veces de menor categoría. En estos casos, el fenómeno se da a la inversa; producto del clientelismo surgen el moche, la mordida y el soborno, como el aceite que agiliza el movimiento de los engranes para que la maquinaria no se “oxide” y funcione mejor.

Si no, que lo digan —por ejemplo— los vendedores ambulantes que durante décadas se apropiaron de sitios en los que nunca, por ley, debieron instalarse: calles y avenidas de la Ciudad de México y de otras regiones del país, estaciones del Metro, etcétera, y que tiempo atrás fueron afiliados, primero, por el PRI, antes del surgimiento del Frente Democrático Nacional, y que, posteriormente, se los adjudicó la izquierda que surgió de la ruptura en 1987 del Revolucionario Institucional y que fueron “heredados” al PRD, una vez constituido, en 1989.

De ahí se fortalecieron grupos como los invasores de predios en la capital del país, taxistas pirata, tianguistas manejados por líderes de la izquierda, ambulantes, etc. Todos, baste decir, fuera de la ley, pero “regularizados” por los líderes políticos para su explotación política.

Por eso hoy que los ciudadanos escuchamos programas para incentivar que los vendedores ambulantes del Metro dejen de ser “informales” y se integren a la llamada economía formal, surge un sentimiento de desconfianza hacia quienes, desde sus orígenes políticos, se han aprovechado de la pobreza y la necesidad de la gente para incrementar su valor político y continuar con ese sistema clientelar que se niega a morir y del que han vivido toda su vida.

Ese es el punto fino de todas estas medidas: con el pretexto de subsidiar a los eslabones más débiles de la larga cadena económica, se trata de seguir manteniendo en condiciones de pobreza a dichos grupos, porque si no, ¿quién les da los votos para seguir en el poder?

Y para ello se utilizan recursos que son de todos los ciudadanos. Recursos que hacen falta en otras áreas  pero que —discrecionalmente y sin que las autoridades nos rindan cuentas a los ciudadanos— sirven para “engrasar” los engranes de un sistema que ya se pudrió.

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