El cántaro al agua (II)

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Martín Espinosa 24/12/2013 00:51
El cántaro al agua (II)

En la entrega pasada argumentamos las razones por las cuales el subsidio de tantos años al Sistema de Transporte Colectivo de la Ciudad de México se convirtió, con el paso del tiempo, en el peor enemigo de los usuarios al generar distorsiones en las tarifas que hoy, los mismos usuarios, tienen que solventar “desembolsando” mayor cantidad de dinero de su salario, así como soportar una red sobresaturada, deteriorada e “inundada” de miles de vendedores ambulantes que, bajo el cobijo de la corrupción, han convertido al Metro en su “centro” cotidiano de trabajo.

Aun con el aumento al precio del boleto, el cual ya era necesario desde hace varios años, el gobierno tiene que seguir subsidiando la tarifa en alrededor del 60%, ya que el costo de mantenimiento anual asciende a 13 mil 200 millones de pesos y los ingresos por la venta de boletos no llegan siquiera a la mitad de lo necesario para operar, además de la gran cantidad de “cortesías” que a diario se utilizan por parte de quienes el gobierno ha llamado “población vulnerable”.

Le presento, estimado lector, más datos reveladores de la situación por la que atraviesa el Metro del Distrito Federal:

4.- Después del incremento a un peso en 1986, la tarifa del Metro ha aumentado en precios nominales, es decir, sin tomar en cuenta la inflación, hasta llegar a la tarifa de tres pesos. Sin embargo, si se toma en cuenta la inflación histórica de México, el precio del pasaje en realidad ha mantenido un valor real estable de entre dos y tres pesos (del 2010), bajo la mecánica de permitir una pequeña depreciación real para ajustarse eventualmente al alza. Esta política ha llevado a que, en términos reales, la tarifa haya descendido de un precio inicial de seis pesos, en 1969, a tres pesos, en 2010, y no aumentado, como parecería si no tomamos en cuenta la inflación.

5.- Debido a esta falta de ajustes, en los últimos ocho años los ingresos por pasaje sólo cubren en promedio el 42% de los gastos de operación. Por la presión financiera, el Metro ha diversificado sus ingresos mediante la renta de locales, venta de espacios publicitarios y de espacio aire para señales de celular. Estos ingresos, contrario a lo que piensa la gente, no superan el 7% del total de los ingresos en promedio en los últimos ocho años.

6.- El apoyo a la operación se asigna año con año de acuerdo con el Presupuesto de Egresos y la Ley de Ingresos del Distrito Federal. No obstante, estos recursos sólo se presupuestan para complementar el gasto de operación, dejando pocos recursos para inversiones y mantenimiento. Esto ha tenido como consecuencia que hasta el año 2010, exista una depreciación acumulada de 5 mil 195 millones de pesos no cubierta. El resultado es un obvio deterioro en la calidad de las instalaciones y los servicios que presta. Para ser cubierta esta falta, el precio del boleto debería de alcanzar aproximadamente los 10 pesos.

7.- La política de “cortesías”, la cual se implementó desde 2005 como parte de los beneficios de la Red Ángel y apoyada en la Ley de las Personas Adultas Mayores del DF, significó, hasta 2012, más de 910 millones de entradas “gratuitas”, lo que implica ingresos no recibidos por dos mil 730 millones de pesos. Tomando en cuenta que la población de México está sufriendo un acelerado envejecimiento, esta política puede ser inviable para el sistema en el largo plazo. Modificar esta política no debe implicar dejar de apoyar a grupos vulnerables. Bien se podría cobrar el pasaje a un peso (descuento del 75% del precio del boleto, más el subsidio que incluye) y obtener ingresos por más de 273 millones de pesos anuales para reinversión en el sistema (Nexos).

En conclusión, la lección de haber dejado “al garete” tantos años la “columna vertebral” del transporte del DF debe ser aprendida, tanto por usuarios como por las autoridades de las que depende la administración del sistema. Es excelente la decisión de transparentar e informar cada mes de los recursos que “entran y salen” del Metro, pero de nada servirá tanta “transparencia” si no mejora la forma en que funcionan sus finanzas y se establece, además, una eficiente política tarifaria que no “fomente” el hecho de mal acostumbrar al ciudadano a “regalarle” el servicio, ya que a la larga sale, como ya vimos, más caro “el caldo que las albóndigas”. Resulta revelador que en 44 años de existencia, sólo 11 veces se ha incrementado la tarifa.

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