Las normas deben servir a la ciudadanía. Fuera las normas 30 y 31

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María Luisa Mendoza 30/08/2014 01:19
Las normas deben servir a la ciudadanía. Fuera las normas 30 y 31

Como me tengo que poner muy seria y huir de mi inclinación por escribir las memorias cargando en mi faltriquera —especie de novela como quien dice— había preparado una especie de carta magna sobre los peligros de las rigurosas normas que regulan construcciones de gigantes, no de molinos de viento, sino de verdaderos monstruos, o sea edificios de departamentos dizque baratos, normas que devienen desde la 26 modificada en 1999, y bailando el jarabe tapatío sobre reglamentos para número de pisos, amplitud, precios y sobre todo en un trabajo de campo de a deveras, es decir saber cómo se levantará el mamotreto y si echará abajo las normas de las colonias respectivas, las de la llamada “clase media” (rete media) y que hereda la tierra, o hace su residencia con o sin mil sacrificios de uno o dos pisos y clase castigadísima ahora hasta la devaluación de su patrimonio, porque nadie puede negar que un edificio de tales características de altura y amontonamiento no atenta contra la luz, el sol, el aire, el silencio, la privacidad, todo esto resguardado desde el primer deseo con el que se empezó a tejer la sagrada cobija que son cuatro paredes un techo, una ventana, y si es posible un pedacito de tierra para un arbolito o de perdida unas macetas en bloque perfumadas, verdes brillantes y alegradoras a morir de los habitantes agradecidos con Dios por tener ese refugio en donde nos metemos cuando llueve, nieva, tiembla o de plano la desdicha se abate sobre nosotros con el yugo de la soledad, la vejez, la pobreza y demás yerbas. No me digan que la desesperación de estar imposibilitados para detener el auto propio, el del médico que alivia el horror de vivir… que simplemente no hay lugar con tanto vecino… los desperdicios tirados en arroyos y calles, la Charrita del Cuadrante el día entero y los golpes a la esposa, a los hijos y al perro la noche sin fin… no me digan que no va a faltar el agua con tanto desperdicio del que deja abierta la llave porque nunca tuvo y llega a tener.

Esto ocurre por la carencia de una investigación real de lo adjunto, pero no es que se dé permiso, sino porque los chicharrones de los adquirientes sí truenan, es decir: de quien compra regalado el terreno, construye con saliva  mala fe y vende a precio de oro. Dicen que hay espías para saber qué ancianitas tembeleques están solas, a esas se les despoja de su vieja casa abuelística jurándoles regalarles un departamento al terminarla construcción… quiero saber dónde y cómo. Yo no quiero que nadie me dé nada, sólo respeto a lo único mío comprado con mi sudor, sueño, desmañanadas, humillaciones, fatiga y el pago por mi trabajo, es decir que la hogaza que me llevo a la boca es lo ganado sin pausa y con honradez, como me enseñaron en mi casa. Y sólo quiero la derogación de las normas 30 y 31.

Pero como se dan cuenta, Úbeda y anexas. Quise escribir algo consistente para no perder mi trabajo aunque reciba tantos emailes de lectores interesados en esa provincia de la escritura mía, de mi familia igual a la de los mexicanos en el destierro de la gran capital, en lo que como, lo anhelado, mi religiosidad, mis perros, y la gran memoria por mis hermanos varones que tuvieron a bien dejarme en éste páramo amenazado por la destrucción de mi colonia residencial.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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