Garambullos, jícamas, cerezas y nomeolvides

Íbamos con el traje de baño en la mano pidiéndole a Dios que no hubiera un norte.

COMPARTIR 
María Luisa Mendoza 17/05/2014 01:39
Garambullos, jícamas, cerezas y  nomeolvides

Hoy cumplo 125 mil años y no me había dado cuenta. Cuando era chica mi mamá aceptaba  ofrecer una merienda a mis amiguitas, pero desde entonces me quedé sola en la mesa porque llovía y ninguna niña llegaba, así el día de mi primera comunión, nadie alrededor  y algo había en la organización familiar ni modo… ahora lo veo antes de morirme porque eso no fue gratis…. digo porque haciendo un esfuerzo enorme me levanto a escribir mi artículo yo que lo único que deseo es leer y morirme. En fin, se me antoja escribir, para no insistir en el horror que estamos viviendo los mexicas con esta situación crítica, la cual, no la ven los demás, qué dichosos… esa locura de Michoacán y de Tamaulipas solamente en los sueños verdes de la droga pueden visualizarse como normales… a mí me aterrorizan. Tampico, donde viven mis primas Romero Hinojosa, íbamos con el traje de baño en la mano pidiéndole a Dios que no hubiera un norte… mi prima Olga juraba una Semana Santa en paz… qué te pasa… llegandito empezaban los aironales  y fin… íbamos a la playa, sí, porque la de Guanajuato tenía la ilusión, pero aquella desolancia de nublados y frío no nos lo quitaba ni las oraciones… de cualquier modo mis primas eran las muchachas más bellas de la playa con unas piernas fantásticas, porque no somos las mujeres de ojos grandes de las Mastretta sino de piernas fabulosas… sobre todo Elsa Romero, es que ni la helada arena distraía la mirada de sus piernotas perfectas.

O mis guapas primas las de Manzanillo, hijas del más importante almirante de barcos de mi país, Federico Romero Ceballos, me las voy encontrando en Río de Janeiro, en Brasil donde mi tío era agregado militar y el mero mero en un país precisamente militar. Casa llena de ventanas a la playa donde hamaqueaba la niña de Copacabana,
ellas suaves, elegantes, yo en la plenitud de un amor imaginado, como de costumbre.  Qué decir de mis primas de Guanajuato, tan querendonas y dadoras de ricos dones comestibles, desde el atole con piloncillo en la mañana hasta los banquetes a medio día y las cenas pantagruélicas de caldos y rociaderas de vinos. Ésa era Gloria Ávila, diosa del buen recibir y de la cocina. Y mis primos los Boada del norte de la República, y mi primo José Luis Lámbarri de Hermosillo, y así, ir recorriendo la historia de la familia que me hizo y nos encontramos envejeciendo a lo largo de la patria, recordando la magnolia de nuestra infancia, los huerto de peras y manzanas en Semana Santa con los ataques de risa cuando oíamos  los nombres de San Cosme y Damián (que así se llamaba mi tío Cosme Ávila) que provocaba irremediables sacadas de la parroquia para caracajearnos en el atrio y esperar la verdadera regañada en la noche… y ahora me acuerdo de que Gloria y yo dormíamos en la cama grande y nos peleábamos en la noche porque de su respiración ella “me echaba el aire” en la cara hasta que decidimos pintar las sábana de abajo con una pluma fuente para dividir “mita y mita”… excuso decir el castigo del día siguiente… y tantas cosas de la infancia de provincia… los dorados días de la niñez de pueblo y ahora que quedamos tan pocos para recordar aquel florecimiento de nomeolvides y violetas, granadas, jícamas, garambullos, cerezas  y capulines.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamenoza@yahoo.es

Comparte esta entrada

Comentarios