El deterioro de la patria

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María Luisa Mendoza 29/03/2014 02:40
El deterioro de la patria

Escribir de otra cosa. Sin desastres, deleitosa, mandar al lector a asomarse detrás de la barda a contemplar el arribo de la primavera como cuando era uno chico y creía en lo que publicaban los periódicos: cómo explotaba el sol en las fachadas de las casitas suavemente azules, apenas rosas, cremas, como era el paisaje guanajuatense cuando la infancia, una especie de San Petersburgo en pleno Bajío. Hoy se acabaron esos inicios prodigiosos de la verdadera vida vivida, diría Proust. Les contaba a los muchachos de cómo me persigno antes de encender la tele nada más del miedo de los horrores que me tiene preparados. Hemos atravesado el mar de los quejidos de tantísimas viudeces transcurridas en los años de muerto Luis Donaldo, un hombre hermético que por mis lecturas de sus compañeros de confidencias son legiones. Donaldo se ocupó de ir dejando frases contundentes, secretos absolutos, claridades en lo que iba a suceder si vivía o si moría. Era según ellos un revelador del futuro ¡qué raro!, a mí que estuve tan cerca por las circunstancias de la vida que nos tocó no me anunció nada. Ahora pasando los años y cuando tantísimos amados se me han ido, me doy cuenta de no haber sido receptora de ningún vaticinio o siquiera profecía, viajé en mi vida sin ningún pronóstico, simple como un caracol lento y si bien tuve gracias al periodismo la oportunidad de crecer junto a seres más tarde sobresalientes, finqué a sus veras una simple amistad.

Cuando mis aparentes cuates presumen de haber conocido a tal o cual personaje yo debo tragarme mi vida a su lado porque parecería casi una mentira. Los demás fincan historias ficticias de la nada y la avientan llenos de soberbia, con una cierta intención de sobajar, de minimizar al escucha que soy yo, claro. Silencia transcurro una vez más, que lástima no escribir mis memorias porque, si en la vida real a nadie le importan, se imaginan ya ustedes el desdén a priori para publicarlas, leerlas, rumiarlas, rendirse a sus pies como hoy ocurre ante “los de siempre”.

Digo estupefacta de tantos murmullos enjaretados a Luis Donaldo…“me dijo, me confió, me hizo saber etc. etc.” Yo no sé si sean vanidades, tarantelas (como decían mis tías provincianas) amasijos para de alguna manera humillar al que oye (no escucha, tal hoy suele decirse). He vivido a paso veloz los últimos días trágicos de mi país noticitas y noticiotas sin fin y las apunto. ¿Qué digo? la enorme intolerable vergüenza de lo que sucede desde hace años en el recinto Justo Sierra de la UNAM, jactancia vulgar que avergüenza a mi casa de estudios y a nuestro ínclito rector Narro, pero que antes lo hicieron con otros rectores otros pelados, y desde aquí me inclino ante el recuerdo intocado de Xavier Barros Sierra.

He vivido el bochorno de la sinvergüenzada en la línea ensuciada del Metro, la multlitud masacrada en las plazas, las rancherías, los estadios deportivos... es que la lista apena habiendo tanto que aplaudir como el recuerdo de don Gilberto Bosques, contar la heroicidad de Luis I Rodríguez en Francia, en fin, tantos hechos impecables como aquella haceduría del mural de Manuel Felgueres en el cine Diana inaugurado en 1962 por Alejandro Jodorowsky (¡Astrágalo! gritaban los actores continuamente como ritornelo) pero tenemos que detenernos frente al deterioro de la patria, las invenciones de los que nada tienen y la afrenta, la agresión, la injuria —diría Sor Juana— de los años.

                *Periodista y escritora

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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