Arturo Ripstein: el hullero

Arturo es desde la nacencia un hombre de cine... puesto que hubo de crecer en los estudios de filmación...

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María Luisa Mendoza 01/03/2014 03:44
Arturo Ripstein: el hullero

Yo le diría ¡te quiero tanto! Pero ya sé que habría una conmoción porque “ya ven cómo me pongo”... pues sí, en mi madurez final, pocos son los seres que amo... los demás se me han ido lenta pero inexorablemente —diría mi otro amado Julio Prieto—. Arturo Ripstein es uno de ellos, vivito y coleando... lo veo y mi corazón salta como pájaro. Está enclavado en un capítulo maravilloso de mi vida... mi estancia en la mina de sal de la publicidad, rodeados ambos de gente espléndida... José Carlos Becerra, mi hermaguito, Chaneca, Gabo, Eugenia Caso, Jorge Fons, en fin, era remontar el río de las horas para la libertad, lo restado del sol y ¡la vida!, la de antes, cuando éramos niños con mamá y papá y casa y colegio. Arturo ya era quien hoy es: adorablemente adusto, elegante y cineasta. Su papá, a quien yo denominaba “el hombre”,  cobijábalo con su manto y le dio la primera oportunidad de dirigir una película. Éramos todos jovencitos y nos escapábamos de nuestra hora de comer para irnos a los estudios Churubusco a ver a Ripstein dirigir, allá, trepado en el elevador para filmar yo creo que su primera película. Arturo es desde la nacencia un hombre de cine, su pasión, su vida,  puesto que hubo de crecer en los estudios de filmación y no vemos por dónde no iba a ser un director. Y qué director, entercado en sacar adelante a su patria, porque México es el país que su gente escogió para aquí hacerse, crecer, tener hijos y fundar, desde Polonia, la gran, hermosa, querible familia, con el corazón abierto para salvar a México usando su idioma fílmico. Arturo, ríspido y amoroso, no cejó en el empeño. La gente cree es un monstruo colérico y no, es así porque Dios le dio esa cara de hullero de las minas polacas saliendo ya de noche, después de dejar la vida en la oscuridad de la tierra explotada. Lo adoro, para mí es “el hullero” y el grandísimo director capaz de hacer la obra maestra de Cobos magistral en el papel de la Manuela de todos los límites. No hay un filme de Arturo que no me haya doblado y de eso, con su venia, sí sé. Hoy suma el montón de premios internacionales y no ríe, es la inteligencia en llamas realizando la mejor parte fílmica de nuestro país. Es mi amadísimo cineasta (y tengo a mi Fons en mi corazón); fui la madrina de bodas de su hermana Daniela, cargué a sus hijitos recién nacidos y es el momento de cantarle loas, espero que no el de despedirnos. Tan mal encarado mi muchachito que en un avión inglés la azafata le dijo “le doy diez chelines por una sonrisa”... Arturo se carcajeó y su preciosa compañera, Alicia, y todos los que lo conocemos en la intimidad, con su acerado sentido del humor y el disfraz de torturador para que nadie se le acerque y lo distraiga de la próxima película que ya cocina, filme doloroso, denunciante, desgarrador y perfecto. Enormemente respetado en el extranjero y, aquí, un tanto invisible, porque así somos los mexicas, negadores del mejor, del más grande, del que nos honra. Recuerdo al grandísimo escritor Ricardo Garibay, nomás por nombrar al eternamente ninguneado, excepción en el siglo pasado, y a quien nada más lo volteábamos a ver sus rendidos admiradores. Yo no sé cómo, en este tiempo horrible, alabar al cineasta Arturo Ripstein, mi compañero de la vida.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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