Nostalgia

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María Luisa Mendoza 15/02/2014 02:24
Nostalgia

“Y la pitada del adiós se pone en pie...”

                Blanca Haro

 

Perdón por volver a mí, pero si escribo lo que ocurre en este tiempo de canallas no sobreviene la depresión asesina que a veces visita al ser humano, sino esa cosa lánguida y aflojerada, la nostalgia en la que nos educaron con esmero... La casa de Tresguerras, derrumbados los muros gruesos de altos techos por mi tía Angela y la nana Enedina, ayudadas sólo por respectivas cucharas... el patio interior y jardín, convertido en trincheras, todo en busca del tesoro depositado en ollas de barro que nunca encontraron, y cuando mis tías María y Aurora vendieron la maravilla arquitectónica como terreno, los compradores se volvieron ricos de antología, ellos sí. Las piedras fueron arrumbadas en la Alameda de Celaya, porque eran tesoro nacional. El asunto es la insistencia en que regresan los recuerdos contados a nosotros por Manuel Mendoza Albarrán, mi padre. Me hacen estar escribiendo todos los días la novela a la cual traiciono viviendo los últimos años de mi vida metida en la casa —a buena hora—, como y para lo cual fui educada, y no ese trote inclemente a fuer de ganarme la hogaza y comer con los míos. El caso es que vivo en el pasado y la existencia se encarga de recordármelo. Por ejemplo, en la computadora, a la cual nada más voy para mi necesidad de artículos periodísticos, de vez en cuando me llegan botellas echadas al mar con mensajes de antier —las amigas de mi madre— o cartitas tiernas de mis compañeras de la Universidad Femenina donde estudié, aquí, a tres cuadras, ¡cuándo me lo iba a imaginar, Tacubaya para mí!.. Ayer leí emocionada unas letritas de Josefina Rodríguez Jardón y me cuenta de una compañera mía de la universidad, su madre, quien ya murió, y me envía dos fotos que desataron mi llanto. Es en los patios de la universidad... todas las niñas en flor, riendo en el principio de nuestros días... y estoy retratada vestida de negro, porque llevo el luto de la muerte de mi papá, con velo y todo, como mis tías guanajuatenses (un año, luto completo; otro, sin velo y otro más blanco y negro). Luego estamos retratadas con la toga y el birrete de la Universidad de México, tal modelo de su fundación. En la primera estampa estoy viendo a la cámara sonriente, a lo más que dan mis 16 años, y mis compañeras, detrás de mí, ven ¿qué? ¿mis piernas de medias negrísimas?.. no lo sé, pero ellas también ríen. ¿Qué se hicieron tantas niñas? Mi destino me lo sé muy bien: un eterno largo camino de libros, pobreza, ansiedad, querencias vacías, viajes a costa de mí misma, de la decoración de interiores al periodismo guerrero, al teatro, al cine, a la literatura en Filosofía y Letras, a la amistad como comunión, a un cumplimiento del deber implacable y, en estos finales, pienso que todo fue bueno, aunque terrible en lágrimas y soledades. Esta oquedad me agobia desde la orfandad, el volver la cara para todos lados esperando encontrar el camino que quizá hallé, pero en el abrigo maravilloso de mi casa, lograda con tanta sal y empeño, pienso que bien valió la pena. Tengo techo, cobija, hogaza y libros, muchos libros, dos perros prodigiosos y siempre una esperanza, aunque se me haya ido mi hermanito Xavier, cuyo misterio espiritual me sigue ayudando cada hora de mi día. Entonces me digo, ¿para qué agobiar al lector, si lo tengo, cuando le puedo relatar algo de mi escritura?

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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