Se va extinguiendo mi generación

Mi esposo tomó un jorongo de la cama y corriendo se lo llevó a José Emilio para limar un poco el frío calando la noche en vela.

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María Luisa Mendoza 01/02/2014 01:14
Se va extinguiendo mi generación

                Donde duermen los lirios el estanque      apenas cambia de postura.

El moridero es un hecho doloroso para nosotros los mexicanos y en especial acecha a los escritores. Se está extinguiendo mi generación y cuesta entender lo inexorable. Las batallas empiezan y terminan. Hubo hace muchos años un hecho político, del cual soy incapaz de recordar la fecha. Ha de haber sido como en el 53 o algo así, el escenario, la Academia de San Carlos con sus estatuas europeas y el aire bohemio entercados en  imprimirle con sus bailes de disfraces, las leyendas ya afianzándose de los muchachos en el inicio, muchos de los cuales luego serían amigos. En uno de los pasillos estaba  José Emilio Pacheco sentado en el suelo con la espalda recargada en el muro y preparado junto a sus amigos, todos heroicos por la causa política en la pureza de la primera juventud. Mi esposo tomó un jorongo de la cama y corriendo se lo llevó a José Emilio para limar un poco el frío calando la noche en vela. El periodista reconocía al luchador, ambos en ciernes plenas y que José iba a ser hasta su muerte entonces inimaginable… cuando tienes tan pocos años no se puede, es imposible plantarse ese hecho villano esperándonos a la vuelta de la esquina.

Él fue el poeta que se nos anunciaba, el cegador periodista, yo diría que casi a diario intentó serlo, perfecto por su prosa límpida y valerosa, elegante, hoy  casi inexistente en nuestra desdichada profesión. Un sólo Inventario vale la carrera entera de muchos, como su transparente poesía, también inmaculada… y su vida… su mujer, sus hijas, su inagotable buen humor. Fuimos juntos a Chicago a dar conferencias y retomé las cascadas de la risa bajo tormentas reales de nieve y un frío de oso polar, ni modo que de todos los demonios encandilados. Reímos a mandíbula batiente sólo cerrada para comer ricos antojitos gringos  white chili según mi inglés de Katy Jurado y el entercado silencio de José Emilio para no hablarlo dejándome a mí arreglar todo y él callado… su fina humildad y elegante timidez lo hacían quererlo más, aún sabiendo de su vocación de puntilloso traductor. Es la única vez que no hablar cabal (como decía mi abuela) no hizo dolerme
el ridículo. Cuando lo estábamos velando en el Colegio Nacional apretujado de gente iluminada por famas perpetuas, envejecida “de su de por sí” como dicen en mi tierra, y muchos lectores de a pie, jovencitos haciendo guardia entregados a una seriedad de lecturas nocturnas y discusiones en neverías, entonces quienes lo amamos por su bonhomía de gente decente (como diría mi madre) supimos estremecedoramente en ese momento que lo perdimos para siempre. Yo, vuelve la burra al trigo, la risa, que se me fue con mis primos, con Ernesto de la Peña, con mis manzanas de oro de la juventud. Aquel álimo de agradecimiento cada vez que lo veía por la máquina de escribir ¡eléctrica!, regalándomela para que siguiera ganándome la hogaza, pues la mía mecánica me la robaron. Allá está esperándome con su bondad. Nomás que no se apure, me falta mucha Ciudad de México para amar a su nombre.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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