Blanca Haro y la poesía sagrada

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María Luisa Mendoza 07/12/2013 01:37
Blanca Haro y la poesía sagrada

Hace muchos años que bordábamos pequeñas loas completamente merecidas por la joven poesía de Blanca Haro. Todos parecíamos juncos, delgaditos, nerviosos, ansiosamente cultos, un tanto o un mucho esnobs, cuidadosos de la exclusividad de nuestra amistad y empezando a fundar familias. Nos identificaban muchas características hermosas, íbamos a clases, noviávamos, cada día significaba la oportunidad de reunirse a leer, a oír música, ir al cine y, principalmente, al teatro. Nos honraba ser parte esencial del grupo de Ernesto de la Peña, con quien rondábamos en la facultad de Filosofía y Letras, y Elezar Canale era el maravilloso traductor de obras teatrales, dueño de una sala que construyó la más bella esquina de la colonia Juárez, donde había sido su casa enorme, floreada, con la más espectacular biblioteca, herencia de su padre, el célebre doctor Canale y en la cual Ernest y nosotros tuvimos sesiones maravillosas de todos los temas cultos que se nos ocurrían y a las cuales ninguno faltaba, y eso que estábamos en la más inquieta juventud, asiduos bailarines de cuanto lugar público y privado se nos ocurría: bailábamos, cantábamos y con devoción mayor oíamos las traducciones de Ernesto y las inolvidables sesiones de Bach, de quien fue dilecto especialista. Allí estaba Blanca, muchacha muy bella, como de cristal, y llevando a cuestas su intocado talento. Pocos conocíamos sus poemas porque siempre fue elegantemente tímida, quizá discreta por convicción y, conociendo ambas, la crítica de estilete de aquella bola excepcional de muchachos de antes.

Mi dulce sobreviviente —somos— acaba de presentar su deslumbrante libro de poesía El amor y otros accidentes ante el cual he quedado trepidante de amor y de admiración. Libro sagrado, límpido, convertidor al estado de gracia que la gran poesía logra herir en lo hondo. De esas letras escritas con el dominio de la sencillez absoluta, casi monacal y, por ende, ejecutora del don del erotismo, como el Cantar de los cantares. A veces he detenido el vuelo de Rilke en los relatos de vida y entrega, como si estuviera cumpliendo una misión de misterio, como descubrir una orquídea en el alféizar de una ventana holandesa en pleno invierno.  Es alborada.  Blanca Haro Ulloa me fue deteniendo paso a paso en la fatiga de bajar la montaña hasta Ixtlahuaca, donde vivía Geles Cabrera, para enseñarme una brizna de yerba, tamaña florecita del campo, una insólita rana milimétrica junto a un charco, la lisura de picos y curvas art nouveau de hojas a la orilla del caminito. Era tiempo de frío y en el pueblo no había luz… nos bañábamos a jicarazos en la helada pueblerina en medio de un cuarto umbroso. Así sentí, en la lectura de su bellísimo puñado de poesía, que Blanca volvía a enseñarme un milagro de Dios en este final de nuestras vidas y la magnificencia de su obra tan perfecta y tan ocultada; es el clásico desperdicio de nuestra patria con los hacedores de arte, los salvadores. Pero ese encuentro con ellos no puede ser fortuito… Lo va haciendo uno en la subida y en la bajada de los años, riendo y llorando, con hijos y mis perros. Con nuestros muertos frente a nosotros, las calladurías y los alaridos inauditos del dolor.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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