Galarza dixit

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Marcelino Perello 02/09/2014 01:35
Galarza dixit

Con su habitual y pertinente agudeza, Gerardo Galarza, una de las más notables plumas de Excélsior y de toda la prensa actual de nuestro país, suele decir las cosas por su nombre. Cuando pone el dedo en la tecla, lo pone en la llaga. Para no ir más lejos, lo volvió a hacer en la edición de anteayer domingo en su columna “Mejor: puros pluris”.

El bello retruécano del título lo diría todo si no estuviera todo por decir. Y es eso precisamente a lo que se aboca Gerardo en el cuerpo del texto. Alude, obviamente, a la reciente propuesta priista de reducir el número de diputados y senadores plurinominales en ambas cámaras del Congreso de la Unión. Propuesta que viene acompañada del propósito de refrendarla mediante una consulta popular.

La presente coyuntura preelectoral se presta a tales alardes populistas y llamativos. Lo verdaderamente interesante es el fondo de la cuestión, esa sí harto interesante y significativa, al margen de cualquier maniobra propagandística, y es a él a cuyo análisis se aboca Galarza.

Está por demás decir, y sin embargo lo digo, que participo plena y rotundamente de la opinión de Gerardo. Es un tema que ya he abordado yo mismo en este mismo espacio en más de una ocasión, aunque no con el tino y el filo, con la contundencia y concisión con las que lo hace él. Lo discutí incluso, personal y públicamente con mi buen amigo Leonardo Valdés, entonces presidente consejero del metamorfoseado IFE, quien también se manifestó en el mismo sentido, pero al que su alta investidura y el complejo entrejuego político por el que estaba rodeado y maniatado, le impedían emprender el camino hacia una auténtica y radical transformación del sistema nacional de elección y representación.

En primer lugar, es preciso reconocer que dicho sistema es uno de los más onerosos del mundo, si no el que más. El baile de decenas de miles de millones de pesos con el que los mexicanos subvencionamos todo ese gigantesco y kafkiano artefacto, partidos incluidos, pone los pelos de punta. En este sentido, y al margen de cualquier otra consideración, la idea de reducir el costo del Congreso y, por ende, el número de parlamentarios que lo integran, parece del todo sensata.

En primer lugar padecemos de un problema de “sobrerrepresentación”. Como no sé encontrar los datos, me entretengo y me paso un buen rato haciendo cuentas. En México hay aproximadamente un diputado, uni o pluri, por cada 200 mil habitantes. Cifra muy por debajo y mucho más pretenciosa que las de otros países comparables con el nuestro.

En Brasil hay uno por cada 389 mil, en Colombia, a pesar de contar con una población menor a la mitad de la nuestra, uno por cada 265 mil. Yéndonos más lejos, constataremos que en Rusia, la Duma está integrada por un diputado por cada 311 mil habitantes, y en China, uno por cada 433 mil. Ya no hablemos de la India, en cuya Cámara del Pueblo, cada uno de sus 550 diputados representa a más de dos millones de personas. Únicamente los países más ricos del Primer Mundo, como Alemania o Francia, o de plano muy pequeños, como Guatemala o Panamá, pueden permitirse un índice de representatividad mayor (es decir menor, usted ya me entiende: menos ciudadanos por cabeza de parlamentario). Aunque en el mIsmísimo Estados Unidos hay un solo representante por cada 712 mil habitantes.

Así pues, más que razonable suena imprescindible reducir el número de nuestros parlamentarios. Para tal efecto no basta una consulta popular. Es preciso que el propio Congreso modifique la Constitución. Y que, aprovechando el viaje, se elimine de una vez por todas esa deformidad que nos hace tener diputados y senadores de primera y segunda clase. Como explica Gerardo, esa composición contrahecha surgió en la década de los setenta cuando se quiso dar una mano de barniz al carro completo de los priistas. Y se ha mantenido de manera absurda. Es, pues, igualmente imperioso y urgente transitar al régimen de  proporcionalidad estricta.

El sistema de asignación de curules debe en ese caso ser de una gran precisión, aunque mucho menos barroco y enredado que ese auténtico laberinto de los restos mayores y menores en los que se extravía la legislación actual. En casos de escrutinios muy cerrados el sistema debe funcionar con toda precisión, zonificando de manera racional el territorio y estableciendo los procedimientos de asignación con la mayor exactitud posible. Decisiones fundamentales pueden depender de una sola curul, y ésta, de algunas docenas de votos.

Procedimientos rigurosos indicarán mejor el reparto ajustando valores entre zonas. Variaciones insignificantes causan algunas nimias alteraciones variables engendrando grandes anomalías, juntando unas nocivas tendencias oscilatorias a modificaciones imperceptibles. Diminutos errores logran introducir considerables irregularidades atributivas.

Afortunadamente tales métodos existen y han sido probados con toda eficacia en medio mundo. La semana que viene hablaré de ellos. Si en nuestro país soplan vientos de renovación, dejemos que soplen también sobre esos viejos lastres empolvados. Todos nuestros parlamentarios deben ser de representación igual, transparente y proporcional. Galarza dixit. Y yo con él.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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