Los comediantes

Jugar bien requiere una elevada dosis de virtuosismo

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Marcelino Perello 02/07/2014 00:36
Los comediantes

Hablemos de futbol. Si no ahora, cuándo. Pero hagámoslo desde una perspectiva distinta, poco habitual. Empezaré por dos hipótesis, que si no son verdaderas son por lo menos verosímiles.

La primera es la de que, a pesar de su popularidad y de su diseminación por (casi) el mundo entero, no creo que sea un deporte demasiado antiguo. Ya sabemos que su nombre y reglamentación, tal como hoy los conocemos, se los debemos a los británicos y no tiene una antigüedad mayor de siglo y medio. Sus antecedentes más lejanos presumo que proceden de la Alta Edad Media y el Renacimiento. Se habla de probables ancestros muy anteriores, entre los chinos y los japoneses, en Oriente, y entre los griegos y romanos, en Occidente.

Pero qué quiere que le diga, no me la acabo de creer, me parece una versión edulcorada, un tanto forzada, tratando de dotar al juego de un falso abolengo. En cualquier caso, es bien sabido que en la antigua Hélade, los deportes de alcurnia fueron los atléticos propiamente dichos, y de los que existen múltiples testimonios, literarios, artísticos y arquitectónicos. Los verdaderos juegos de pelota certificados, y practicados en el pasado más lejano, son sin duda los nuestros, mesoamericanos, desde el tlatchtli al ulama. Sin embargo, no podemos homologarlos como ascendientes del balompié, pues estaban lejos, y además hicieron trampa, pues ellos tenían caucho. Así qué chiste.

Por ahí he escuchado historias de que alguna vez, en Europa, los cruzados jugaban una especie de “role” con la cabeza de un hereje. Nunca lo vi, pero no me extrañaría. Así se las gastaban (y así se las gastan los cafres actuales, cuando encuentran el chance). En todo caso, ello nos recuerda que la prohibición de usar las manos debe ser relativamente reciente. En el calcio vechio de los italianos, que aún se practica en determinadas festividades de los pueblos y ciudades toscanos, sí se vale cachar y lanzar con las manos. De hecho se vale prácticamente cualquier cosa (mordiscos no, esos son más recientes). En este mismo sentido parece indiscutible que el rugby tiene el mismo origen. Un buen indicio de tal parentesco es que la variedad que juegan los gringos (y nosotros también) la llaman football, a secas, aunque aquí entre nos los pies tengan un papel más que secundario.

La cosa es que el futbol soccer, a pesar de su origen relativamente reciente, conserva una serie de reglas atávicas que lo convierten en la más sencilla y esquemática de las competiciones. Me refiero al reglamento, por supuesto. La práctica, la táctica y la estrategia, a pesar del carácter rudimentario del objetivo, pueden ser endiabladamente demandantes y sofisticadas. Jugar bien requiere una elevada dosis de virtuosismo. Gran parte del encanto, elegante, grácil e hipnótico, del juego de las patadas radica precisamente en esa simpleza, que le permite ser jugado en todo baldío, callejón o pasillo, sin otro equipamiento que cuatro piedras o chamarras a modo de porterías y cualquier objeto pateable. La testa de un sarraceno, por ejemplo, a falta de otro mejor. El juez o árbitro es obvia y perfectamente prescindible.

Sin embargo, esas mismas disposiciones, ya en los encuentros reglamentados, profesionales o no, se convierten en una ordenanza casernaria y absurda. Entorpece, deforma, crispa y encorseta el hermoso ballet-billar. Una de ellas es sin duda el carácter ora sí que arbitrario del árbitro. A diferencia de otros deportes de pelota, hay un solo juez en esa cancha enorme. Tiene un par de ayudantes, sí, pero no son sino eso, achichincles, de los que puede prescindir olímpicamente cuando se le hinchen.

El colegiado es un auténtico sátrapa. Pero es un sátrapa al que tienen corriendo de un lado a otro como hámster. Sus atribuciones de discrecionalidad serían inaceptables si no fueran de plano ridículas. Sus juicios son de una subjetividad, precisamente, medieval. Es él quien debe establecer qué tanta “intencionalidad” posee cada encontronazo, y castigarla según su muy personal y soberano criterio.

El problema se agudiza de manera crítica precisamente en la falta por antonomasia: la mano. Y más en particular aún, la mano dentro del área. El sacrilegio supremo. Parece mentira cómo hoy, siglo y medio de establecido el “futbol asociación” todavía no está claro cuál es exactamente el uso antirreglamentario de las extremidades superiores. ¿La famosa mano debe ser sancionada si está despegada del cuerpo, si “la mano va a la bola y no la bola a la mano” o si la mano se interpone “adrede” en el camino del balón? Cada árbitro lo considera y juzga a su manera, dando lugar a confusiones, conflictos y confrontaciones que van por mucho más allá de la cancha y del estadio. Parece mentira que algo tan sencillo los mandamás no hayan podido resolverlo. Cuando les conviene se convierten en mandamenos.

No lo estoy diciendo en broma. Es en esa ambigüedad patente, esa sí intencional del todo, que se basa el poder autócrata del silbante. Si la regla fuera clara, su decisión sería menos personal y su autoridad se vería mermada.

Exactamente lo mismo sucede con los fouls. ¿Cuáles son cometidos en buena onda y cuáles en mala? ¿Cuándo se emplea una fuerza desmedida? Que el todopoderoso correlón lo decida. Y, en la misma línea, los famosos “clavados”, tan de moda estos días, también legitiman que los árbitros del futbol establezcan auténticos “juicios de intención”, figura condenada por todos los sistemas éticos y de justicia en el mundo, desde el Código de Hammurabi para acá. La aparición de las proverbiales tarjetas, en México 70, no hizo sino agravar la cuestión y aumentar la potestad tiránica.

Todo ello no ha hecho sino favorecer el que los jugadores intenten todo el tiempo sacar provecho de tal aberración y finjan todo el tiempo caerse o sufrir dolores insoportables, gimen y se retuercen como torturados por la Inquisición o revuelcan por el suelo como chinicuiles.

Propiciar el recurso mañoso implica también admitir múltiples equivocaciones. Mostrarse indulgente valida insolencias, legitimando arbitrariedades flagrantes en las incidencias corrientes incluso totalmente obvias. Gradar engendra numerosas incertidumbres asaz limitantes.

Los jugadores profesionales de futbol se han convertido, gracias al arbitraje y a la aplicación abusiva de la reglas, en auténticas figuritas de porcelana. De mírame y no me toques. Es detestable. En ningún otro deporte pasa nada semejante. Ni siquiera en los femeniles. De hecho, ahí menos, téngalo por seguro. A lo mejor siguen siendo deportistas, mejores o peores. A lo mejor. Pero lo que es seguro es que, gracias al show de la gran carpa de la FIFA y a su califato indecente y prepotente, no pocos de entre ellos se han convertido en versados comediantes.

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