Entre los humos de la euforia

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Marcelino Perello 24/06/2014 01:45
Entre los humos de la euforia

Estalló la algarabía. Ayer, lunes, en la tarde, una ola de entusiasmo recorrió nuestro país. En ocasiones frenético y desmedido. Pero así son todos los entusiasmos de la historia. Está en su naturaleza el ser arrebatados e irreflexivos. Y el acarrear, a menudo, optimismos precipitados y exagerados.

De todos modos es definitivo que el regocijo ha lugar. Y que arrastra en su vorágine a tirios y troyanos, incluso a no poca gente a la que normalmente el futbol no le va ni le viene. La ocasión lo amerita. México acababa de jugar un partido auténticamente memorable. Más precisamente, un medio tiempo memorable, que no es poca cosa, de dimensiones históricas. Sin duda comparable únicamente a otro tres a uno, más de medio siglo atrás. Aquella legendaria victoria de 1962 sobre Checoslovaquia en Viña del Mar.

No faltará quien salga con su domingo siete y nos recuerde que no se trata más que de un juego. En efecto, los deportes son una forma específica de juego de competencia. Pero que ello no nos lleve a olvidar que no hay en este mundo nada más importante que el juego. Los juegos no son un juego. La formidable y avasalladora trascendencia del simbólico. Es él, el dominio del simbólico, el reino de los símbolos, el que rige la vida. La vida de los humanos, al menos.

Somos animales, cierto (unos más que otros). Y, como tales, precisamos comer, beber, mear, cagar. Y coger. Y cuidarnos. Defendernos y guarecernos. Hasta ahí, de acuerdo. Pero la vida, la auténtica vida, en nuestra especie, está en otra parte. Empieza a partir de ahí. Más allá de los constreñimientos orgánicos y materiales. Se encuadra en el registro de las vivencias, que no es simplemente el de las necesidades, sensaciones y satisfacciones. El goce no es el mero placer, lo sobrepasa y sobrevuela. Identificarlos es equivalente a confundir el deseo con las ganas, el amor con el sexo, el cubrirse con el vestir, el decir con el avisar.

Y al auténtico goce, tanto en la dirección del beneplácito y la realización, como en la del sufrimiento y la desolación, sólo se llega a través de los valles y las cimas del paisaje simbólico. La pasión es siempre e inexorablemente simbólica. Las ideas y las palabras son tan simbólicas como las banderas. Y por eso amamos y aborrecemos, morimos y matamos por una convicción, vibramos y languidecemos, cosemos y cocemos. Cantamos y escuchamos cantar. Jugamos y vemos jugar. Y nos adscribimos y apasionamos.

Y por ese símbolo que es el juego nos definimos y nos identificamos. Vamos, para bien o para mal, al encuentro del otro. Nos incorporamos con unos y nos enfrentamos a otros. Nos situamos e implicamos.

Todo eso sucedió la tarde del lunes, de manera especialmente intensa y aguda. Precisemos: le sucedió a muchos, no a todos ni mucho menos. Y fuimos muchos los que nos vimos presas del goce. Con toda la carga de emoción y fruición que comporta. Pero también con  su larguísima cauda de soberbia y de excesos. De exabruptos y desfiguros. Y sobre todo, sobre todo, con su ominosa, sombría y espesa niebla de olvidos y cegueras.

No es que quiera yo aguar la fiesta. Es que la voy a aguar. Tantito. De hecho, se trata de una fiesta que se agua sola. Pero en medio de los vapores de la amnesia, del desdén y el aturdimiento, resulta, más que aconsejable, indispensable, recordar lo indispensable.

En su simpleza, abolengo y contundencia, el futbol es un juego elegante y apasionante. Que ni qué. El futbol es un hermoso deporte. Sin embargo, todo lo que rodea el juego propiamente dicho no necesariamente lo es. Y, muy en particular, el negocio espectáculo que lo posibilita y utiliza —permítame informarle esclarecido lector— es una auténtica atarjea. Sé que usted lo sabe perfectamente, pero existe el riesgo de que los elíxires de la exaltación nos lo puedan hacer olvidar. Quién quita.

Nunca está de más recordar la célebre consigna latina panis et circensis. Tan choteada como desatendida. Aunque ahora no se ve por ninguna parte el panis. El montaje puesto en escena estos días en Brasil —lo he dicho y repetido— es una desvergüenza, una auténtica vergüenza. Y más vergüenza aún es que funcione. Que surta efecto. Es una vergüenza en Brasil y lo es en al menos 32 países del mundo. Lo que se llevó y se está llevando a cabo ahí, lo que se lleva y llevará a cabo en Rusia en 2018 y, en último y primer lugar, lo que rodea la designación de Qatar para 2022, es inmoral. La cantidad y naturaleza de pactos y alianzas, transas y cochupos de toda índole, es inconcebible.

Propician uniones lábiles gracias a múltiples intervenciones apócrifas. Vuelcan ingentes cantidades a entidades subrepticias mediante intermediarios postizos untando las garras adecuadas. Firmas inexistentes ejercen recursos apuntados a maquillar asignaciones decididamente abusivas.

Al día siguiente de la proeza y el éxtasis, piense un momento, esclarecido lector, en ese imponente estadio Maracaná, escenario principal del gran festejo, con su derroche fatuo, enclavado ahí, en el mismo corazón de una favela de uno de  los más extensos barrios miserables de Río de Janeiro. Intente evocarlo sólo un momento. Entre los humos de la euforia.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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